jueves, 28 de abril de 2011

No ver ni un pito


Los huesillos, las roscas, el azúcar quemado y crujiente, las torrijas, el aroma a canela, ralladura de limón y anisetes. El laurel y las palmas trenzadas, los tambores y las cornetas, el sonido delator de los gallos. El chirriar de las cadenas y los maderos arrastrados por el suelo. El palio y el incienso. Los cirios encendidos llorando lágrimas de cera. Los oficios. Las flores blancas, los mantos verdes. La última cena, el huerto de los olivos, el beso de Judas. Los nazarenos. Las saetas. ¡Al cielo con ella! La sangre, el Cristo amarrado a la columna, los látigos. El ángel custodio. Las espaldas en carne viva, las lanzas en el costado. La Virgen y sus siete puñales clavados en el corazón. El Vía Crucis. Los nudillos destrozados en Calanda, el sermón de las siete palabras. El Cristo de la Buena Muerte. La legión. Los Picaos de San Vicente de La Sonsierra. Las mantillas, las bolas de los rosarios resbalando entre los dedos. Los pies descalzos. Los Empalaos en Valverde de la Vera. Las Crucifixiones en Filipinas. La Semana Santa.
El pueblo de Medina del Campo, Valladolid, le encargo este año a Ricardo Flecha una nueva talla para sus procesiones, las más antiguas de España. El escultor, basándose en la imaginería española de los siglos XVI y XVII, esculpió un Cristo desnudo en brazos de la muerte. Desnudo, como todos a la hora de enfrentarnos con la muerte. Desnudo, sin circuncidar, solo... y al final, ruborizados, le pintaron coloretes en las mejillas: ¡lo vistieron con un paño de pureza para no escandalizar a sus fieles! ¿qué pensarían, si no, todos aquellos niños? ¿qué preguntarían a sus padres, todos aquellos niños que pueden ver litros y litros de sangre, pero no pueden ver ni un pito?


Irene Ochoa


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