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domingo, 16 de enero de 2011

Ya soy crítica teatral -versión recortada por el editor-


Existen dos clases de hombres en el mundo, los que se pasan toda la vida en busca de un sueño y los que lo consiguen. Yo, Irene Ochoa, vine a llevarme el mundo por delante y hasta hace poco tiempo pertenecía a la primera clase, sin embargo, ahora me arrepiento de ser una más del segundo taxón humano. Alguien dijo, sino permítanme que sea yo misma quien lo aclare, que las cosas se disfrutan cuando las piensas y no cuando las tienes, he aquí nuestra eterna paradoja y la raíz de todas nuestras desdichas.
De niña siempre quise pertenecer al mundo del teatro, eso lo tenía claro desde que mi padre me llevaba a ver las obras infantiles de Caja Burgos, así que después de estudiar Filosofía y Letras, carrera que te permite dedicarte a cualquier cosa menos a lo que estudias, decidí labrarme un prometedor futuro como crítica teatral y no se equivoquen ustedes, yo no quería ser crítica en sí sino la mujer que hace las críticas, ¡tiranía del lenguaje!
Bien sigamos, puesto que para librar semejante batalla tuve que desembarcar en la capital del espectáculo: Madrid, ciudad eterna de oportunidades, donde no cuenta el talento aunque sí su prima hermana la suerte. Muchos y suficientes fueron los dimes y diretes hasta que dí con mi objetivo, triquiñuelas que el lector inteligente puede imaginar y que dudo que puedan ser de interés si aquí se repiten, por lo que las dejo voluntariamente para ocasión más propicia.
Grandes fueron las dosis de teatro en vena, donde tarde sí y tarde también nos abría sus amables y refinadas puertas para acabar en el café de enfrente con grandes lagrimones en los ojos y que Valerio dijese

      – ¡Qué bonito es el teatro, Irene! ¡Qué bonito!
¡El teatro, ese esplendor! 
 
Pasado el tiempo de esperar y de desesperar, un día cualquiera, por fin: ¡ya soy crítica teatral! y todo porque me oyeron hablar en un bar, no crean otra cosa más extraña. Mi sueño, mi nuevo grupo, ahora estaban flotando en la palma de mi mano, había ascendido de una vez por todas a la cima de la montaña.
Quizá comparar al crítico con el escritor pueda parecer algo desproporcionado, pero este ejemplo servirá al ávido lector para arrojar tenues rayos de luz sobre mi caso; jóvenes editoriales golpean la puerta del escritor de renombre para que escriba prólogos de libros de aspirantes de provincias a cambio de un ínfimo jornal, ínfimo y necesario jornal, y prólogos de frases bonitas y llamativas que reproduzca la prensa y reseñen las revistas.
Ahora cambien escritor por crítico y libro por montaje de teatro, basta con saber manejar el léxico del estudiante: proscenio, telón, actor, atmósfera, réplica, dramaturgo, drama, tragedia, griego, tradición y un pequeño puñado de palabras más. Imposible mayor complejidad.
Hoy en día cada vez que acudo a los teatros la gente cuchichea a mi paso, entro gratis, pero ¡a qué precio!, me señalan con el dedo e incluso alguno deja su pie muerto en forma de zancadilla, ¡ya soy crítica teatral! Tampoco he vuelto al bar del enfrente, me persiguen los compromisos de trabajo. No veo lo que quiero y escribo lo que necesitan. Mis amigos son actores, ¡ya soy crítica teatral!
¡Qué bonitas las obligaciones de la vida de aquellos que han conseguido sus sueños! ¡Qué esplendor vivir sabiendo lo que tienes que hacer! ¡Y los sueños, sueños son!

Irene, hay que ser correcta. Este final lo tenemos que cortar.

¡Qué bonito es el teatro! ¡Ya soy crítica teatral!


Irene Ochoa

miércoles, 5 de enero de 2011

¿Ya soy adulto? -segunda versión-

¿Qué significa ser adulto?. Seguro que cada uno de mis queridos lectores tiene una brillante respuesta para una pregunta tan existencial. ¿O no? Algunos dirán que no tiene nada que ver con la edad, otros hablarán de las responsabilidades que conlleva o a lo mejor algún listillo tratará el tema desde un punto de vista antropológico. ¡Qué maravilla!. La adolescencia es una época convulsa. Un servidor pasó por ella sin mas pena que gloria, todo estaba en efervescencia. Lo mejor estaba por llegar o eso creía yo. Cuando cumplí la mayoría de edad, a diferencia de otros, no ví en esa cifra algo trascendental, no es que sea muy fan de festejar los cumpleaños, pero chico, a uno siempre le hace ilusión tener algo que celebrar. Lo que en un principio parecía ser una época de mayor libertad significó una adoración al w.c. Sí, el water, el inodoro, el excusado o el retrete. La ingesta de alcohol era tal que las mañanas de domingo eran todo un suplicio. La resaca fue mi mas fiel compañero. ¡Qué maravilla ser adulto!

Hice muchos amigos durante esos años: Absolut, Ballantines, J&B y un largo etc. ¿Cómo iba saber lo que realmente me gustaba sin haber probado todos los productos del mercado?. No todo iba a ser jarana y alegría. Para recordarme esto ya estaba mi santísima madre “Si quieres ser un hombre de bien, buscate un trabajo”. Las madres no se equivocan, eso lo se hoy, pero en aquel entonces solo pensaba en acumular experiencias como quien acumula amigos en el facebook. Dicho y hecho, ya estaba preparado para mi primer contrato basura. Hablar ahora sobre el estado del mercado laboral en España sería tan inapropiado como hablar de física cuántica. Así que a otra cosa mariposa. ¿Independiente? No. Aún sigo viviendo con mi madre. ¡Ojo! Mi madre es una señora y cocina como dios, pero es mi madre. Podría marcharme lejos, dejarlo todo, plantar un árbol, escribir un libro o quizás tener un hijo. ¡Qué maravilla ser adulto!

Si decido firmar un contrato no será  con un banco. Uno llega a ser. Uno espera ser. Ser adulto es ser en un perpetuo caminar por la arena. La arena está bien en vacaciones. Cuando uno tiene a alguien al lado. Pero por regla general caminar por la arena constantemente debe ser tedioso y prácticamente imposible si los tipos de interés no paran de subir y las facturas no te dan respiro. Dame langostinos pero dámelos en Navidad. Si me atraganto es cosa mía. Uno no se enamora porque quiera, uno se enamora por que no le queda otro remedio y sin darte cuenta estas de mierda hasta el cuello. Amores que trastocan noches impestuosas en busca de un amanecer. Uno se enamora en el atardecer, soñando que el verano llega o que el invierno comienza y de repente sucede algo nuevo. ¿Querer? Querer es ser adulto, es el dominio de una Venus prostituida. Amar en cambio es propio de niños que no saben quienes son, niños que toman la inteligente posición de la sinrazón. Al fin y al cabo todo se reduce a una posibilidad, a un juego de azar. Un juego al que no hemos puesto las reglas.

  • Deberías abrirte un plan de pensiones.
  • ¿Yo?
  • En el Banco Santander te regalan una Wii si eres menor de 25 años y contratas uno.
  • ¡Qué maravilla ser adulto!

Me siento perdido en un mar de cuestiones y al parecer todo el mundo tiene la respuesta correcta para cada una de ellas. ¡Qué maravilla!. Y lo mejor de todo es que resulta que aún no soy adulto. Según la antropología (teniendo en cuenta la edad que tengo) resulta que soy un postadolescente. Entonces, ¿debería cambiar el título de esta entrada? ¿Ya soy postadolescente?. Supuestamente la postadolescencia se sitúa entre los 17 y los 25 años, osea se, que aún me quedán un par de años para disfrutar de la edad del pavo.  Otro claro ejemplo de como el síndrome "peter pan" se ha apoderado de la sociedad. Todos conocemos la anécdota del madurito que por revitalizar cuerpo y mente compra un ferrari o de aquella mujer con poder que fija su mirada en un yogurín, nada que reprocharles. Viven una juventud que creen perdida y que se diluye con la facilidad que tiene todo lo material. ¿Qué maravilla ser adulto?.

ZIGMAT

domingo, 2 de enero de 2011

Ya soy aceptado.



De pequeño mi padre me apuntó a jugar a fútbol, era la ilusión de su vida. Su hijo pequeño se podría convertir en un gran futbolista. Yo no me podía imaginaba ir vestido de corto y menos correr detrás de un balón. Mi ilusión era totalmente opuesta a la de mi padre. Yo prefería ponerme unas zapatillas de ballet o subirme a un escenario para fantasear siendo un pirata, un astronauta, un campesino o el chico guapo de la protagonista. ¡Yo quería ser aceptado!
Más tarde otro dilema, cuando ya había conseguido tener una novia formal de repente uno va y se fija en el vecino de enfrente. En estos momentos te das cuenta de que las reglas o normas que te han inculcado no sirven para nada. Nos forman en una sociedad donde no nos enseñan una guía para ciertas situaciones. Aunque ahora desde hace unos años supuestamente han implantado nuevas leyes para igualar estas situaciones. De repente, ¡Ya soy aceptado!
A veces deseé ser heterosexual y actué como si lo fuera, no era porque mi homosexualidad me hiciera infeliz sino porque creí que era la única manera de sobrevivir en medio de los prejuicios de la sociedad. Me dañaba ver como a muchos niños de mi edad algunas personas se sientan con el derecho de burlarse, despreciarlos e incluso agredirlos tan sólo porque eran diferentes de ellos.
En la actualidad en nuestro país ya nos podemos casar e incluso podemos adoptar niños. Un nuevo avance para la normalidad. Incluso ya podemos ser militares tranquilamente en los Estados Unidos, ya me puedo imaginar a todos vestidos de soldaditos. Y que se piensan que ahora todos los soldados gays Americanos van a ir con pelucas o se van a poner tetas.
Pero con la iglesia hemos topado. No tienen suficiente con el apoyo a la vida y a la familia que su cacique Benedicto XVI al visitar la ciudad de Barcelona declaró “El amor generoso e indisoluble de un hombre y una mujer es el marco eficaz y el fundamento de la vida humana en su gestación, en su alumbramiento, en su crecimiento y en su término natural". Aquí viene mi gran duda:
¿No puedo proporcionar amor generoso?
¿No soy Natural?
Una cosa es que digan que los homosexuales en general son superficiales o promiscuos, y otra que nos tachen de artificiales o de no naturales.
Mientras que aún en ocho países pueden ser condenados a cadena perpetua, en Polonia está prohibida la promoción de la homosexualidad o cualquier otra desviación en los centros educativos. Pero, yo ya soy aceptado.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Ya soy español


Ya soy español


Habaguanex


Cuando se nace en un país del tercer mundo, desde que tienes uso de razón oyes por todos lados que eres considerado un ciudadano de segunda, ante esto tienes dos opciones: Conformarte, o luchar por dejar de serlo. A la inmensa mayoría de la gente que conozco le suele ocurrir lo primero, pero los hispanoamericanos tenemos la complicada y bendita posibilidad de adoptar la nacionalidad española si nuestros antecesores inmediatos han nacido en la madre patria, y de este modo muerto el perro se acabó la rabia. En el caso de los cubanos el poder hacerte con cualquier nacionalidad ajena, tiene una connotación aún más amplia. Te permite salir de esa idílica y florida jaula, o sea largarte.

Por suerte para mi españoles eran mis abuelos, el uno gallego y el otro asturiano, Quirino y Joaquín. Ante esta realidad busqué la forma de hacerme con la documentación que acreditara mi parentesco. La tía Marta que era quien la tenía en su poder nunca nos la quiso dar, mi padre un día no se anduvo con miramientos y me dijo: Mira hijo, no te hagas más ilusiones, mi hermana se niega a darme información sobre tus abuelos, quiere dice, que la herencia en tierras que tenemos allá tiene que ser recuperada por ella. Además se propone ser la primera de la familia en hacerse española. Esta noticia me dejó estupefacto, pero de ningún modo me hizo amilanarme, continué mi búsqueda como un auténtico sabueso, no podía renunciar a la única posibilidad que tendría en mi vida.


Al saber que iría contratado a Mónaco con la compañía Tropicana para actuar durante un mes, vi más cerca la posibilidad de conseguir el mapa del tesoro como narrara Robert L. Stevenson, incluso antes que mi querida tía. España estaría muy cerca de Montecarlo, al menos se podía con calma ir andando. Entonces me vino a la mente la idea genial de ir directamente al cementerio de Colón en La Habana donde supuestamente estaba enterrado Joaquín, el asturiano. Allí con ayuda y escarbando entre montones de papeles apolillados, pude encontrar lo que parecía ser y fue el certificado de defunción del abuelo. Imagino que el pobre hombre nunca recibió en vida el interés de encontrarlo que ahora yo le profesaba, ya que según las malas lenguas huyó con una negra joven y abandonó a mi pobrecita abuela, por lo que nadie de la familia quiso saber más de él.


Teniendo ya la llave para iniciar el proceso, era necesario entonces viajar. Con los pies del otro lado del charco y cumplido el mes de contrato previsto en el principado, burlé la vigilancia de la organización de la compañía y tomé rumbo a España, vamos que me escapé. Dejé mi maleta llena con papeles y de cuanta porquería encontré en la calle llevándome mis cuatro trapos en una bolsa para despistar y no fueran detrás de mí al verla muy vacía en mi habitación. Estaba seguro de que sería español y ya nada tendría que temer.


En agosto del 2000 llegué a Pamplona y fue allí donde comenzó la segunda etapa del decatlón para lograr mi objetivo. Desde la tierra de “Los San Fermines” encontraría como sus protagonistas andando o corriendo, el modo de llegar a la plaza, abriría una pequeña mirilla desde la que podría planear hacerme con el pedigree de mis abuelos, y dejar de ser tratado como un chucho. Muchos avatares tuve que sortear por el camino, y dediqué tanto tiempo y esfuerzo como el que supongo empleó Ulises para llegar a donde la Penélope. Cierto es que en el intento perdí el tacón cual Cenicienta, pero un buen día llegó el príncipe, mejor dicho el rey de España y jurándole fidelidad a él y a la Constitución, tuve por fin en mis pies el ansiado calzado.


Festejé con mis mejores amigos en una ceremonia en la que el mantón, las castañuelas, las paella, y la tortilla española fueron por fin legalmente mías. Lo pasamos muy bien, todos me decían: Ahora por fin te has librado de los Castro, ahora ya eres español, de los nuestros. Otro gritó después de tener varias cañas en sangre: No quiero desilusionarte, pero te tratarán igual de mal que a mí que he nacido aquí. Con estas palabras mi alegría no encontraba donde almacenarse, y las palabras de este último amigo salieron por la puerta acompañando al humo de tabaco.


Respiré entonces con alivio, uff Al fin ya soy español. En este punto solo quedaba probar el antídoto que ahora tenía en mis manos, era necesario estrenar mi nueva condición. ¿Y qué mejor manera de hacerlo que volver como turista a La Habana? Al fin podría ser tratado como un señor, me hospedaría en un hotelito con mi familia, no tendría que pagar por segunda vez las tasas de la aduana, y no me tratarían como un traidor.
Las ansiadas vacaciones llegaron y cuando me dispuse a comprar el billete…


Su pasaporte por favor.


Aquí lo tiene.


(Lo analiza, y después de unos minutos), Pero usted nació en Cuba


Si.


Ah pues usted tiene que viajar con el pasaporte cubano, ¿lo tiene en regla?


No, yo soy español, no necesito el cubano.


Se equivoca usted, las leyes de Cuba establecen que si es usted nació allá, de nada le vale el pasaporte español. Tiene usted que tener el cubano en regla con un permiso de entrada, y el español lo puede dejar aquí. Le aseguro que no le hará falta.


Pero… Ya soy español.


Nada, son las leyes de Cuba.


(Montado ya en el avión a punto de aterrizar en la Habana, la azafata anuncia por los altavoces)
Todos los pasajeros que no sean españoles deben rellenar un formulario, así lo exigen las autoridades cubanas.


Oiga señorita, pero yo soy español, he traído mi pasaporte.


Guárdeselo usted, aquí no le vale


¿Cómo, y para qué entonces me hice español?


Usted sabrá, pero hágase a la idea de que aquí es como si no lo fuera.


No creo tener que contarles que de hotelito nada y no me libré de pagar las tazas aduanales por segunda vez, ni obviamente de las demás torturas comunistas.


De vuelta a Madrid me entero de que en se estaban haciendo las primeras audiciones para el concurso “Operación Triunfo”. Como estudié la carrera de canto inmediatamente llamé, era la oportunidad de darme a conocer.
Hola llamo para inscribirme, quiero hacer las audiciones para el concurso.
Una señorita me responde en catalán. Yo Continúo hablando en castellano entre otras cosas porque es la lengua de mi nacionalidad y sinceramente de catalán bona nit y poco más. Ella continuó hablando sin darse por enterada de que no hablaba su idioma. Mi insistencia hizo que diese su brazo, o mejor dicho su lengua a torcer y finalmente me hablara en español
¿Pero es usted español?


Sí, claro


¿Está usted seguro, dónde ha nacido usted?


En Cuba, pero soy español, me dieron la nacionalidad por mis abuelos.


Ah, pero no nació en España. Mire las normas de televisión española es que el concurso es para nacidos aquí, ¿me entiende?


Oiga…oiga…


Tuh..tuh…tuh…


Al llegar a Chicago en el 2006 para realizar una gira artística, ya en la aduana.


Oiga, usted pase por aquí.


¿Qué?, Perdone pero vengo con una compañía para un espectáculo, son esos mis compañeros.


Sí pero usted debe esperar, es cubano.


Si, lo soy, pero también ya soy español.


(Con voz inquisitiva y acento puertorriqueño)
Los cubanos no son fiables, su gobielno es enemigo de Estado Unido.


¿Y qué culpa tengo yo? Me fui de Cuba hace años, no tengo nada que ver con el gobierno.


Le repito que ha nacido usted allí, y debe someterse a un interrogatorio y a la revisión de su equipaje.


(En un cuarto)
¿Oiga, pero es necesario que me desnude también?


Es usted cubano, señor.


(Probé entonces con el mejor acento cubano que pude sacar, para congraciarme) Pero mi helmano Puelto rico y Cuba siempre fueron yuntas, allí se fueron desde Cuba la Lupe y Olguita Guillot.


Ellas eran puertorriqueñas señor, continúe y cuidado por donde anda.


¡Vaya! y eso que ya soy español

El último episodio en el cual casi creí mi batalla perdida, fue cuando, Mª Lurdes una mezzosoprano cubana y negra, nacionalizada española como yo, preparamos un concierto en el Centro catalán de Madrid.


El director nos dijo:
Tenéis que poner en el programa la “Mazurca” de Luisa Fernanda, eso a la gente le vuelve loca.


Sin problemas, la pondremos. Le respondí.


El público nos recibió muy bien hasta que cantamos el dichoso dúo.


A la sombra de una sombrilla de encaje y seda con voz muy queda canta el amor…
Yo soy un caballero español…
Yo no soy extranjera


El público muerto de risa daba gritos, y un señor fue a más, con un gran berrido gritó: ¡Anda que no se les nota que no son españoles!


(Al señor lo sacaron de la sala, pero esto no impidió que el resto no parara de reírse, el concierto acabó lógicamente, terminamos el dúo como pudimos y nos fuimos con el rabo entre las piernas)


Imagino que fue difícil creer que esa negra inmensa fuese castiza, pero es lo que hay. ¿Y ahora qué, debía cargar con el estigma de ser un pato que no llegó a ser cisne? Nada de eso colega, Ya soy español, y aunque me vaya a la Conchinchina lo seguiré siendo. Por eso cuando España ganó el mundial, salí por toda la Castellana hasta Cibeles envuelto en mi bandera de España gritando con todos: YO SOY ESPAÑOL, ESPAÑOL, ESPAÑOL, ESPAÑOL. YO SOY ESPAÑOL, ESPAÑOL, ESPAÑOL, ESPAÑOL.
FIN

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Ya soy mayor

Yo, Fabricio, fui un niño tímido. Y siempre me quedaba asombrado al contemplar la soltura de los mayores para desenvolverse en todas las situaciones y conversaciones posibles. Les miraba y me decía “quiero ser mayor para hablar así y para hacer esto y lo otro”. No obstante, me parecían de lo más absurdos todos los problemas políticos y sociales que estas pacientes y diligentes personas ponían en juego. Así que me entretenía buscando soluciones sencillísimas, que siempre se basaban en la buena fe natural del hombre. Era un anarquista. Cuando llegaba a casa, pensando en estas cosas, mis oportunos padres me recibían con alguna tarea: “debes hacer esto” o “debes hacer lo otro”, entonces yo bajaba la cabeza y pensaba “qué ganas tengo de ser mayor de edad”.
  Luego estaban los profesores. No dejaban de mandar deberes que yo no comprendía. Además me resultaba muy extraño tener que pasar la mitad de mi vida en un edificio en el que se me enseñaba a vivir. Yo quería decidir por mí mismo, pero es que sólo pensaba en los derechos y no en las obligaciones.
  El tema del tabaco es una metáfora perfecta sobre esta cuestión del decidir. Como quería ser mayor y libre, viendo que todos los libres fumaban, un día decidí encender un cigarrillo. Recuerdo aquél día: aspiré mi primera bocanada de humo y tosí. Pero luego… que maravilloso sabor, y no es que el humo deje una sensación particularmente agradable en la boca, lo emocionante es el sabor de la madurez. Ahora fumo un paquete diario y tengo que decir que cada cigarro es como el primero. Y la tos también. Que sea decisión personal no está tan claro. No toso al aspirar el humo, es más bien una cuestión crónica. Y últimamente se han puesto de moda los puritos Reig, pero mis pulmones ya no son los que eran. ¡Ay de mí! Ojalá volvieran a estar limpios para poder ensuciarlos y sentirme mayor.
  De pequeño ayudaba a cocinar en casa, y pensaba “¡qué placer!, de mayor quiero ser cocinero”. Luego me dediqué a actividades más serias. Y ahora, que soy independiente, pienso: “hacer la comida todos los días pasa de ser una obra de arte vanguardista a ser una rutina”, ¡qué placer todos los días!.
  Una de las costumbres de mi generación era la de ir a las discotecas light a bailar o a fumar cigarros y compartir esas dudas acuciantes en tan inocentes años. Cuando entraba a un estanco para comprar tabaco me decían “por favor, el carné de identidad” y salía sin tabaco y pensando “qué ganas de ser mayor”.
  Luego, en la discoteca pensada muy moralmente para ese grupo de niños, dentro del que uno nunca se sentía incluido, a decir verdad, porque se consideraba muy maduro, había que conformarse con bebidas sin alcohol como el azul con mora. Lo de la mora lo comprendía, pero nunca me hice a la idea de tener que beber azul, un líquido con nombre de color. Así que utilizaba todo el carisma de mi brillante madurez para convencer a mis acompañantes de alternar la discoteca infantil con un sórdido bar, donde bebíamos whisky y jugábamos mal al billar, mientras se nos hinchaba el pecho de adultos que éramos.
  Ahora sería mejor para nuestra salud que en el estanco y en el bar nos tomaran por niños. Pero, ¡qué digo!, son los gobiernos los que, oportunamente, se preocupan por nuestra salud. Si ya me lo dice mi esposa:
-          Fabricio, el tabaco te va a matar.
-          No digas esas cosas – le suplico yo–, que luego se cumplen.
-          Deberías dejarlo.
-          ¡Ay! Qué recuerdos.
  Y es que la fórmula del oráculo consejero es muy habitual. Como buen anarquista, siempre había sido partidario de inmiscuirme lo justo y necesario en los hábitos y principios morales de mis allegados, pero cuando te haces mayor debes aconsejar, si no te toman por un lobo estepario o un niño. Y yo quiero ser mayor, así que cuando mis amigos tienen algún problema, ahí estoy. Un día tomaba algo en un tugurio, disfrutando de la inactividad en esta época de crisis, juzgando quién tendría la culpa del colapso aéreo del país, en definitiva, exponiendo mi madurez. Respecto a lo de beber, ahora ya puedo tomar alcohol legalmente, pero su efecto es cada vez menos euforizante y más depresor. El ambiente estaba un poco cargado, mis compañeros callados. Uno de ellos pasaba una mala racha, despedido del trabajo, tragedia sentimental, divorcio… no encontraba un piso para compartir y estaba viviendo en una pensión. Como somos mayores, le recomendamos que llamara a un nuevo conocido que buscaba compañero. Parecía un poco oscuro el tipo, pero había que aconsejar. La cosa se animó, nos lo pasamos en grande, acabamos bailando encima de la barra del bar. Pero para mi amigo no habían terminado las desgracias, acabó viviendo con el oscuro y a los dos meses, éste le robo 300 euros que el pobre creía a buen resguardo. Si es que… -le dije yo- eres un inocente.
  Menos mal que al final encontró un buen trabajo. Y es que esa es otra. Un buen trabajo es simplemente uno en el que no tengas que vender la mitad de las horas de tus días. Porque ser mayor no consiste en beber whisky y jugar al billar. Se basa en llevar a cabo esa rutinaria actividad que es comer todos los días. Y para ello, generalmente, trabajar en algo que no permite ningún tipo decisión trascendente.
  ¿Y si recupero la costumbre de pensar con sencillez y valentía? Sólo se trata de divertirse. Volver a ser inocente, como el niño de Heráclito, jugando junto al mar. Pero ¡no!, dicen los adultos, ¡qué tontería la poesía!, la vida es muy dura. Y yo ya tengo una edad, así que seriedad… je, je, je. ¡Que somos mayores!

Fabricio Barreiro

Ya soy una mujer sensata



Ya soy… una mujer sensata


Poseo la única certeza de haber nacido en el momento oportuno. ¿Qué por qué? entre otras cosas porque no encuentro rival que me demuestre lo contrario. Mi estructura mental y anarquista, propia de una inmejorable educación indisciplinada, me conduce a una postura que no quisiera que fuese, al menos… aparentemente pesimista. Y para no caer en este error in extremis, citaré algunos pormenores de éste, mi carácter.

Así, a simple vista y como nacido en la estructura de mi persona … el espectáculo sería la palabra clave, entiéndase siempre, según mi acepción sobre dicho término, como algo factible que de tan factible raya lo inverosímil y lo ridículo , por huevos, o sin ellos, debo escribir sobre el mundo del espectáculo, de donde me siento adoptada… partiendo de esta sólida base, pueden… si quieren ustedes…hacerse una idea de lo que supone…escribir sin conocer la técnica, o dirigir sin saber la dirección… claro que… advirtiendo mis entusiásticos ojos lo que advierten…aún tengo cabida en ésta, a mi juicio, completa sociedad artística.

En mi vida casi nada es premeditado. Tampoco mis estudios de Dramaturgia

Desde la lejana infancia hasta hoy día, en la RESAD, “escuela de acción” en la que me posé empujada por una extraña fuerza o por los vientos alisios, yo, que ya soy una mujer sensata… recorro mis días entre héroes, mitos, estructuras, rusos… a veces también…entre bambalinas, perspectivas y espacios invisibles… hechos visibles… y es entonces cuando comprendo… que la mayoría de los días, estoy mejor dentro, que fuera de la escuela.

Y es, en estas idas y venidas donde me suelen ocurrir cosas tan sorprendentes…tanto que termino en no pocas ocasiones, recluida en un rincón de mi cama. Dentro de mi estructura anárquica, yo como todo el mundo tengo dos hemisferios. ¿Qué quieren que les hable de ellos? No. No voy hablar sobre ellos. Eso sí, uno de los dos tiene la osadía de regocijar su interés por todos los descerebrados y descerebradas de la ciudad y entiéndase este término en una forma cariñosa. Para mi hemisferio… siempre ha sido más importante que un desgraciado le diga “cuídate bonita, que la vida es muy bonita” a que un con techo discretamente o no…mire la calidad de sus zapatos.

Esta predilección por ciertas causas, que por tener la costumbre de ser pobres, escupen dentro… en el ascensor… algo que tampoco me cuadra…es por llamarla de alguna forma la síntesis de mi vida fuera del espectáculo… es donde… a ver… cuando el libro que leo no se adapta a mí, y yo a él, aún menos, me voy a dar una vuelta, esto ya lo hacía Larra, seguramente por otros motivos, en uno de sus artículos, pero… como a mí también me ocurre… pues lo cuento.

En esa excursión que me doy por Madrid, por citar alguna ciudad, mis airados ojos no buscan el Fénix de la Gran Vía, ni la majestuosidad de sus edificios, sino que de nuevo una extraña fuerza me dirige la mirada hacía el chico siempre ignorado que reparte publicidad, así que, imagínense… cuando vuelvo a casa suelo sentirme algo más aliviada de lo que salí. Por tanto… yo digo, supongo que porque lo digo yo, que vivir en la ciudad, a mí… no me compensa. Y eso se debe probablemente, a que ya soy… una mujer sensata…

Y una de las cosas, a parte de mis extras como redactora y que de verdad encuentro excitante en la totalidad de mi vida y en mi vida… en su totalidad, es la de ser madre… ser madre es… sin pretensión de pedantería gratuita…conocer el amor …pero ser madre soltera, urbanita y pobre… es… …tan… ¿se entiende pobre como escasez de recursos de algún tipo?… tan… completo…que por supuesto no necesitaría ser modificado, entre otras cosas porque cuando algo o alguien es tan completo que lo comprende todo…

! Qué bien…ya soy… una mujer sensata!

…¿Que pinta Dios en mi vida, o, más bien; yo en la vida de este buen señor? Esto me lo pregunto cuándo por equivocación entro en una iglesia. Definitivamente uno de los dos está fuera de lugar, o quizás los dos, por la compasión con la que nos miran las señoras. Debo arrastrar una cruz o algo así . Lo invisible hecho visible.

Y dejando a un lado los antecedentes y pormenores que atañen mi vida y la de mis hemisferios, y porque hablar de… ¿hombres?... ¿con todo el trabajo que tengo acumulado?…no. No es propio de mí… no Olvido, me digo a mi misma… ya soy… una mujer sensata…

No. no puedo dejar este artículo… al menos sin reflejar , pero sin entrar en detalles…una de las características, pero no la más trascendente de los hombres que han pasado por mi vida ¿Qué no les interesa? ¿De verdad que no queréis saber nada sobre mis amantes? No. Vale.

Yo recuerdo uno de ellos, que no era amante… era instructor medio ambiental, amigo del monte, de los animales, con una barba de chivo acojonado y dientes de conejillo, que me invito a conocer algunas especies dignas de contemplar… yo… que soy una mujer sensata… entendí inmediatamente que se trataba de algún animalito… y accedí—escucha—exclamó barbita de chivo—Sí. Asentí. De repente siento un escalofrío desagradable por mi cuerpo, mis hemisferios se bloquearon, como si de un animal se tratase… comenzó a morder apasionadamente mi cabeza…bueno… no se me había ocurrido nunca… morder la cabeza de alguien… es algo que… nunca estuvo dentro de mis fantasías…eso es todo ¿Qué es una tontería? Si. Mucho más que una tontería. Tienen razón, no voy a perder mi tiempo ni ustedes el suyo…creo que soy una mujer sensata…pero… ¿muerden ustedes las cabezas de sus parejas?...

Me llaman con urgencia de la redacción en la cual, cuando se produce una baja, me avisan para sustituir a esta persona, que nadie conoce, ni siquiera ella misma…

¿Qué debo escribir un artículo sobre la dramaturgia contemporánea? – Esto no es conmigo –exclamé.

¿Es usted osada?... ¿Qué no le importa…?

En absoluto. Digo… que me acaba de entrar otra llamada…

Sí… estoy trabajando…

Bueno señor, quiero decir que me interesa tanto…que encontraré hueco para elaborar una columna que le impresione…


No me hables con esta especie de actitud


Si. Lo que tú digas mi vida…

Olvido… ¿lo has entendido?


Qué te esperes coño… que estoy hablando con mi jefe…

Para mañana

¿Si me diese usted la oportunidad de escribir sobre la ópera, de la cual no tengo ni idea…?


¿Para mañana a las doce de la noche…supongo…?

No. No. Del mediodía… no me jodas Olvido…


Si no sabes de dramaturgia…haz literatura… pero escribe, escribe palabras…

Sí… si pudiera escribir otra cosa… escribiría símbolos, una columna llena de símbolos.

Hablaba por el otro teléfono…


De acuerdo.


No pretendo defraudarle.

¿Cómo?

Lo siento… ¿Algo más para mañana a las doce del mediodía?

Más nada Olvido. Llámame si te surge alguna duda. Pero a ver… a qué horas me llamas.

A la hora que me surja la duda lo más probable.


¿Cómo?

Eres obstinada Olvido, eres obstinada.

¿Yo? … yo ya soy una mujer sensata…

…hasta mañana al mediodía.


Olvido. Estás despedida.

¡Ah…! No sabía que estuviese contratada. ¿No le ha gustado mi artículo? lo he sacado de primera mano.

…es de un surrealismo impropio del periodismo.

Podría haber empezado por ahí…

¿Cómo?

Ya le dije que el teatro no era lo mío…

Claro…y escribe sobre ópera ¿se puede saber… que ópera es ésta? no la oído en mi vida…

Algo de razón hay en ello. Está por concluir…yo…

Concluyamos…concluyamos mañana a las seis.

¡Oh Dios! acabo de perder mi único empleo. Surrealismo…, creo que escribiré un más sensato surrealismo…solo ha sido una pequeña desviación del espectáculo, tampoco tiene tanta importancia, son géneros del teatro… y tan… objetiva que he sido, lo más objetiva, creo… que jamás haya sido en toda mi vida… bueno Olvido no desfallezcas. No.
¡ Y tú… no me hables con esta especie de actitud!


Ya soy… una mujer sensata…


Ya soy adulto

¿Qué significa ser adulto?. Seguro que cada uno de mis queridos lectores tiene una brillante respuesta para una pregunta tan existencial. ¿O no? Algunos dirán que no tiene nada que ver con la edad, otros hablarán de las responsabilidades que conlleva o a lo mejor algún listillo tratará el tema desde un punto de vista antropológico. ¡Qué maravilla!. Desde esta humilde atalaya, que es la blogosfera, hablaré de mi, de ti y por supuesto de mi. La adolescencia es una época convulsa. Un servidor pasó por ella sin mas pena que gloria, todo estaba en efervescencia. Lo mejor estaba por llegar o eso creía yo. Cuando cumplí la mayoría de edad, a diferencia de otros, no ví en esa cifra algo trascendental, no es que sea muy fan de festejar los cumpleaños, pero chico, a uno siempre le hace ilusión tener algo que celebrar. Lo que en un principio parecía ser una época de mayor libertad significó una adoración al w.c. Sí, el water, el inodoro, el excusado o el retrete. La ingesta de alcohol era tal que las mañanas de domingo eran todo un suplicio. La resaca fue mi mas fiel compañero. ¡Qué maravilla ser adulto!

Hice muchos amigos durante esos años: Absolut, Ballantines, J&B y un largo etc. ¿Cómo iba saber lo que realmente me gustaba sin haber probado todos los productos del mercado?. No todo iba a ser jarana y alegría. Para recordarme esto ya estaba mi santísima madre “Si quieres ser un hombre de bien, buscate un trabajo”. Las madres no se equivocan, eso lo se hoy, pero en aquel entonces solo pensaba en acumular experiencias como quien acumula amigos en el facebook. Dicho y hecho, ya estaba preparado para mi primer contrato basura. Hablar ahora sobre el estado del mercado laboral en España sería tan inapropiado como hablar de física cuántica. Así que a otra cosa mariposa. ¿Independiente? No. Aún sigo viviendo con mi madre. ¡Ojo! Mi madre es una señora y cocina como dios, pero es mi madre. ¡Qué maravilla ser adulto!

Uno llega a ser. Uno espera ser. Ser adulto es ser en un perpetuo caminar por la arena. La arena está bien en vacaciones. Cuando uno tiene a alguien al lado. Pero por regla general caminar por la arena constantemente debe ser tedioso. Dame langostinos pero dámelos en Navidad. Si me atraganto es cosa mía. Uno no se enamora porque quiera, uno se enamora por que no le queda otro remedio y sin darte cuenta estas de mierda hasta el cuello. Amores que trastocan noches impestuosas en busca de un amanecer. Uno se enamora en el atardecer, soñando que el verano llega o que el invierno comienza y de repente sucede algo nuevo. ¿Querer? Querer es ser adulto, es el dominio de una Venus prostituida. Amar en cambio es propio de niños que no saben quienes son, niños que toman la inteligente posición de la sinrazón. Al fin y al cabo todo se reduce a una posibilidad, a un juego de azar. Un juego al que no hemos puesto las reglas. Otra de las fantásticas ventajas de ser adulto...

Me siento perdido en un mar de palabras y resulta que aún no soy adulto. Según la antropología (teniendo en cuenta la edad que tengo) resulta que soy un postadolescente. Entonces, ¿debería cambiar el título de esta entrada? ¿Ya soy postadolescente?. Supuestamente la postadolescencia se sitúa entre los 17 y los 25 años, osea se, que aún me quedán un par de años para disfrutar de la edad del pavo.  Otro claro ejemplo de como el síndrome "peter pan" se ha apoderado de la sociedad. Todos conocemos la anécdota del madurito que por revitalizar cuerpo y mente compra un ferrari o de aquella mujer con poder que fija su mirada en un yogurín, nada que reprocharles. Viven una juventud que creen perdida y que se diluye con la facilidad que tiene todo lo material. ¿Qué maravilla ser adulto?.


ZIGMAT

martes, 30 de noviembre de 2010

Ya soy crítica teatral -versión recortada por el editor-




No es cierto que de niños queremos ser cosas que de mayores detestamos. No, en mi caso. De niña mi padre me plantaba dos coletas e íbamos juntos al teatro municipal para ver las obras infantiles de Caja Burgos. Desde ese instante supe que me dedicaría a la escena. ¡El teatro, ese esplendor! 
Aunque debido a mi ciego e intelectual empeño por estudiar Filosofía y Letras, carrera que te permite dedicarte a cualquier cosa menos a lo que estudias, decidí labrarme un futuro prometedor como crítica teatral. Con la idea entre ceja y ceja hice las maletas y desembarque en Madrid dispuesta a comerme el mundo.
Por culpa del escaso interés que despertaba el hecho escénico en mi pequeña ciudad de origen, acabe acudiendo ansiosa, tarde sí y noche también, a las más diversas salas y teatros de la capital como una espectadora más. Sin llamar la atención entre las avalanchas y las largas colas de los vestíbulos. Después de disfrutar de la función convenientemente elegida tomaba un nimio aperitivo con mis compañeros; hablando de los diálogos, la escucha y los decorados se nos pasaba la noche con la buena y animada charla. Entonces yo escribía unas insignificantes críticas que repartía por las escuelas de tan elevado arte y, gracias a la mediación de un amigo adulador, acabé haciendo una página web donde colgaba mis textos.
  • ¡Qué bonito es el teatro, Irene! ¡Qué bonito!
  • ¡El teatro, ese esplendor!
Así pasaba mis días de urbanita con estrecha economía, ¡tanto teatro! ¡tanto dinero! Una vida feliz e incompleta sin mayores sobresaltos. Hasta que... sonó en mi teléfono móvil la llamada de un periódico de tirada nacional: ¡ya soy crítica teatral! ¡seré conocida! por fin mi existencia se redondearía pasando de mandarina a naranja valenciana.
Pensaba que a partir de ese momento podría disfrutar de la entrada gratuita en los teatros, colarme en los pasillos, enterarme de comidillas y estar al corriente de todos los saraos, visitar los camerinos y, lo más importante, conseguir el respeto de los que yo ya consideraba mis compañeros. Entraba por la puerta grande y a mis pies se desplegaban espléndidas alfombras rojas. ¡Ya soy crítica teatral! como Don Mariano y encima cobrando,  con la posibilidad de  sanear mi débil economía.
Pero pasado un mes mis cuentas bancarias seguían igual de dañadas, las ojeras ya ocupan la mitad de mis mejillas y mi teléfono no paraba de sonar. ¡Ya soy crítica teatral! Entraba en los teatros gratis, sí, pero veía funciones que jamás pensaba ver.
  • Irene, no seas tan dura. Han pagado por una buena publicidad. No podemos publicarlo así.
  • Lo siento, no me había dado cuenta de que era publicista.
Ahora cada vez que entro en un teatro la gente me señala con el dedo, se levantan de sus asientos, se cuadran y me saludan como a un sargento ¡Ya soy crítica teatral!
Ahora soy yo la representación, incluso alguno gira su butaca, se ocultan: bostezar, toser... la importancia de los gestos. ¡Ya soy crítica teatral!
Ahora al salir del teatro voy corriendo hasta mi casa: escribo, corrijo y envió. Lo nimio se ha convertido en nulo y la buena charla y compañía ha mutado en ordenador portátil, más silencioso y sin tanto humo. ¡Ya soy crítica teatral!
Ahora mis amigos son actores. ¡Ya soy crítica teatral!
Ahora me invitan al tentempié los sábados y los domingos, aunque luego una se entera -fíjese- de que con la izquierda coge el cuchillo y con la derecha el tenedor ¡incluso de que no sabe sorber la sopa!
  • Irene, hay que ser correcta. Este final lo tenemos que cortar.
¡Qué bonito es el teatro! ¡Ya soy crítica teatral!


jueves, 25 de noviembre de 2010

Ya soy español

Ya soy español Habaguanex


Cuando se nace en un país del tercer mundo, desde que tienes uso de razón oyes por todos lados que eres considerado un ciudadano de segunda, ante esto tienes dos opciones: Conformarte, o luchar por dejar de serlo. A la inmensa mayoría de la gente que conozco le suele ocurrir lo primero, pero los hispanoamericanos tenemos la complicada y bendita posibilidad de adoptar la nacionalidad española, si nuestros antecesores inmediatos han nacido en la madre patria, y de este modo muerto el perro se acabó la rabia. En el caso de los cubanos el poder hacerte con cualquier nacionalidad ajena, tiene una connotación aún más amplia. Te permite salir de esa idílica y florida jaula, o sea pirarte.
Por suerte para mi, españoles eran mis abuelos, el uno gallego y el otro asturiano, Quirino y Joaquín. Ante esta realidad busqué la forma de hacerme con la documentación que acreditara mi parentesco. La tía Marta que era quien la tenía en su poder nunca nos la quiso dar, mi padre un día no se anduvo con miramientos y me dijo: Mira hijo no te hagas más ilusiones, mi hermana se niega a darme información sobre tus abuelos, quiere dice, que la herencia en tierras que tenemos allá tiene que ser recuperada por ella. Además se propone ser la primera de la familia en hacerse española.
La información de papá me dejó perplejo y desilusionado, mi sueño dorado y mi única oportunidad de ser un ciudadano del llamado primer mundo, se desvanecía sin poder hacer nada para remediarlo. Pasado un tiempo un día el optimismo me volvió a visitar, cuando supe que iría contratado a Mónaco con la compañía Tropicana para actuar durante un mes, vi de nuevo cerca la posibilidad de conseguir el mapa del tesoro como narrara Robert L. Stevenson, incluso antes que mi querida tía.
España estaría muy cerca de Montecarlo, al menos se podía con calma ir andando. Entonces me vino a la mente la idea genial de ir directamente al cementerio de Colón en La Habana donde supuestamente estaba enterrado Joaquín, el asturiano. Allí con ayuda y escarbando en montones de papeles apolillados, pude encontrar lo que parecía ser y fue el certificado de defunción del abuelo. Imagino que el pobre hombre nunca recibió en vida la satisfacción de un interés tan grande de encontrarlo como el que ahora yo le profesaba. Esto lo deduzco porque según las malas lenguas, huyó con una negra joven abandonando a mi pobrecita abuela, por lo que nadie de la familia quiso saber nunca más de él.
Teniendo en mi poder la llave para iniciar el proceso, restaba solo viajar. Ya con los pies del otro lado del charco, y de cumplir el mes de contrato previsto en el principado, burlé la vigilancia de la organización de la compañía y tomé rumbo a España, vamos que me escapé. Dejé mi maleta llena con papeles y de cuanta porquería encontré en la calle llevándome mis cuatro trapos en una bolsa para despistar y no fueran detrás de mí al verla muy vacía en mi habitación. Estaba convencido de que sería español y ya nada tendría que temer.
En agosto del 2000 llegué a Pamplona y fue allí donde comenzó la segunda etapa del decatlón para lograr mi objetivo.
(En el registro civil)
Hola buenos días, estoy interesado en acogerme a la nacionalidad española.
Tiene que presentarnos una documentación expedida en España que acredite el parentesco, ese certificado de Cuba no nos vale.
Busqué incansablemente la finca del abuelo en Asturias, pero en la nueva distribución político administrativa, la dirección no coincidía, y ni la iglesia donde había sido bautizado aparecía en el mismo lugar del mapa. Finalmente gracias a ella, a la santísima madre iglesia que se encargó de registrarlo, el alumbramiento del abuelo en la península ibérica no quedó sin rastro.
Tras varios años de hacer colas, viajes y recaudar documentaciones, conseguí finalmente presentar todos los papeles solicitados que equivaldrían a 10 árboles del amazonas. Me aprendía la Constitución controlándola de la A, a la Z, incluso los capítulos de la monarquía, olvidando con ello mis ideas republicanas para ser coherente con mi juramento. Ya solo era cuestión de paciencia.
El ansiado día por fin llegó, debía ir a jurar la bandera al registro civil. Era un día grande, así que me acicale como una novia para la ocasión. Sabía que sería muy emotivo con una gran ceremonia. Me duché con más minuciosidad que nunca, me compré un traje agotando mis ahorros; y cámara fotográfica en mano salimos para el evento. Me acompañaba un gran amigo que soñaba con ese momento en que el mantón de Manila, las castañuelas, las paella, el jamón ibérico, y como no la tortilla española fueran por fin legalmente mías. Pero al llegar, cual fue mi sorpresa, en la sala se encontraban más de 80 personas, y 100 más esperaban el turno siguiente en la calle. Fue entonces cuando me pregunté: ¿Dará tiempo a que juremos todos hoy?, la respuesta no se hizo esperar. Un funcionario con cara de pocos amigos salió y gritó: ¡Voy a llamar a los que están para las nueve!, comprendí que las cosas no iban a ser exactamente como las imaginé, pero iba a ser español y el mundo sería mío. Al nombrarnos pasamos los primeros 80 a otra sala bastante pequeña con los asientos desvencijados. Estábamos chinos, negros, moros, latinos y hasta creo había un esquimal. Muchos habían ido con los trajes típicos de sus respectivos países de origen.
Después de media hora de espera salió lo que parecía el juez con una toga vieja junto a una mujer que traía los expedientes, parecía algo así como su ayudante. Efectivamente, sacó un gran cartón donde estaba escrito el juramento y nos dijo: Todos leer conmigo, los que no leáis español repetir detrás de mí. En este momento sufrí una gran confusión, no sabía si estaba en la iglesia en la lectura de un salmo o en aquel sitio. Todos hicimos lo que se nos dijo, yo por si acaso leí y repetí, quería que a mi ceremonia no le faltara nada. Estaba dispuesto a toda costa a disfrutar del gran momento a pesar de todo.
Terminada la lectura la mujer se dirigió nuevamente a nosotros: Pasar por orden a firmar vuestros expedientes. El caos a la hora de conseguir llegar a la mesa fue muy parecido al inicio de las rebajas en el Corte Inglés. Mi amigo cual Sancho acompañando al Quijote contra los molinos me gritó mientras la marea multirracial me arrastraba: ¡tienes que hacerte la foto firmando junto a la bandera y al retrato de los reyes! ¡Claro, sin falta! le respondí.
No os quiero agobiar, porque la falta de aire que sentí en aquel momento me ha vuelto nada más recordarlo. Pero necesariamente no puedo pasar por alto los empujones para apartar a los chinos, negros y hasta al esquimal para realizar las dichosas fotos. Hoy ni siquiera sé donde las puse, no creí conveniente encontrarme con ellas cada vez que abriera el cajón, y revivir aquella batalla, que me recordó cuando en el 94 en la Habana nos matábamos en las colas para conseguir un cacho de pan. De más está decirles, que en la foto apenas salgo yo, excepto algún ojo, o dedo. El que supuestamente sería el gran recuerdo, se desveló como el Guernica de la ONU.
Mi amigo y yo salimos como pudimos a la calle, iríamos a comer para celebrarlo con el resto de colegas que no pudieron ir a la ceremonia por tener que trabajar. Lo pasamos muy bien, todos me decían: Ahora por fin te has librado de los Castro, ahora ya eres español, de los nuestros. Otro gritó después de tener varias cañas en sangre: No quiero desilusionarte, pero te tratarán igual de mal que a mí que he nacido aquí. Con estas palabras mi alegría no encontraba donde almacenarse, y las palabras de este último amigo salieron por la puerta acompañando al humo de tabaco. Entonces pensé, ahora cuando vaya a Cuba a ver a mi familia no me podrán volver a pesar el equipaje dos veces para que pague, no me agobiarán a preguntas, ni me tratarán como a un traidor, podré hospedarme en un hotelito en la playa, seré un señor. Pero mis sueños duraron poco, muy pronto comenzó mi aventura. Ni con mi DNI como amuleto pude evitar la hecatombe. Las ansiadas vacaciones llegaron y cuando me dispuse a comprar el billete…

Su pasaporte por favor.

Aquí lo tiene.

(Lo analiza, y después de unos minutos), Pero usted nació en Cuba

Si.
Ah pues usted tiene que viajar con el pasaporte cubano, ¿lo tiene en regla?

No, yo soy español, no necesito el cubano.

Se equivoca usted, las leyes de Cuba establecen que si es usted nació allá, de nada le vale el pasaporte español. Tiene usted que tener el cubano en regla con un permiso de entrada, y el español lo puede dejar aquí. Le aseguro que no le hará falta.

Pero…

Nada, son las leyes de Cuba.

(Montado ya en el avión a punto de aterrizar en la Habana, la azafata anuncia por los altavoces)

Todos los pasajeros que no sean españoles deben rellenar un formulario, así lo exigen las autoridades cubanas.

Oiga señorita, pero yo soy español, he traído mi pasaporte.

Guárdeselo usted, aquí no le vale

¿Cómo, y para qué entonces me hice español?

Usted sabrá, pero hágase a la idea de que aquí es como si no lo fuera.

No creo tener que contarles que de hotelito nada y no me libré de pagar las tazas de equipaje por segunda vez, ni de las demás torturas comunistas.


De vuelta a Madrid me entero de que en se estaban haciendo las primeras audiciones para el concurso “Operación Triunfo”. Como estudié la carrera de canto, inmediatamente llamé; era la oportunidad de darme a conocer.

Hola llamo para inscribirme, quiero hacer las audiciones para el concurso.

Una señorita me responde en catalán. Yo Continúo hablando en castellano entre otras cosas porque es la lengua de mi nacionalidad y sinceramente de catalán bona nuit y poco más. Ella continuó hablando sin darse por enterada de que no hablaba su idioma. Mi insistencia hizo que diese su brazo, o mejor dicho su lengua a torcer y finalmente me hablara en español

¿Pero es usted español?

Sí, claro

¿Está usted seguro, dónde ha nacido usted?

En Cuba, pero soy español, me dieron la nacionalidad por mis abuelos.

Ah, pero no nació en España. Mire las normas de televisión española es que el concurso es para nacidos aquí, ¿me entiende?

Oiga…oiga…

Tuh..tuh…tuh…


Cierto día trabajando en centros culturales como profesor, unas alumnas debaten sobre la política de Zapatero respecto a la inmigración. Yo escucho aunque no participo, de repente una alumna.

Oye ¿Por qué todos os habéis puesto de acuerdo para venirse?

¿Qué?

Si , ¿Es que no os dais cuenta de que aquí no caben? Nosotros emigramos para un continente muy grande, pero esto es un país.

Señora, Cuba es una isla.
¡Ah!


Al llegar a Chicago en el 2006 para realizar una gira artística, ya en la aduana.

Oiga, usted pase por aquí.

¿Qué?, Perdone pero vengo con una compañía para un espectáculo, son esos mis compañeros.

Sí pero usted debe esperar, es cubano.

Si, lo soy, pero también ya soy español.

(Con voz inquisitiva)
Los cubanos no son fiables, vuestro gobierno es enemigo de Estados Unidos.

¿Y qué culpa tengo yo? Me fui de Cuba hace años, no tengo nada que ver con el gobierno.

Le repito que ha nacido usted allí, y debe someterse a un interrogatorio y a la revisión de su equipaje.

(En un cuarto)
¿Oiga, pero es necesario que me desnude también?

Es usted cubano, señor.

El último episodio en el cual comprendí que era inútil aferrarme a seguir pasando como español, al menos de los auténticos, fue cuando, Mª Lurdes una mezzosoprano cubana y negra, nacionalizada española como yo, preparamos un concierto en el Centro catalán de Madrid. El público nos recibió muy bien hasta que cantamos el dúo de las Mazurca de la sombrilla de la zarzuela Luisa Fernanda.

A San Antonio como es un santo casamentero pedirle matrimonio le agobian tanto… A la sombra de una sombrilla de encaje y seda con voz muy queda canta el amor…

Yo soy un caballero español…

Yo no soy extranjera ...

El público muerto de risa daba gritos, y un señor fue a más, con un gran berrido gritó: ¡Anda que se les nota que son españoles!

(Al señor lo sacaron de la sala, pero esto no impidió que el resto no parara de reírse, el concierto acabó lógicamente, terminamos el dúo como pudimos y nos fuimos con el rabo entre las piernas)

Imagino que fue difícil para aquella gente creer que esa negra inmensa fuese castiza, pero fue tan cruel, que en ese mismo momento puse el punto final. Fui como nunca antes consciente de que debía cargar con el estigma de ser un sudaca, un pato que no llegó a ser cisne. Caí en la cuenta de que la herencia del abuelo valió para poco. Ya soy español, pero aunque me vaya a la Conchinchina como diría mi abuela: La mona aunque se vista de seda, mona se queda.