sábado, 23 de junio de 2012

Mondadientes y sueños




El deseo de ser infierno. De: Zo Brinviyer. Dirección: Antonio Laguna. Elenco: Borja Floü, Eli Zapata, Francisco Ortiz, Ángel Peraba, Manuel Moya, Jaime Moreno, Juanma Rocha. Coach: Carlos Silveira. Ayudante de Producción: Gloria Abálate. Escenografía: Alberto Desiles, Beatriz Solís. Vestuario: María Arévalo. Espacio Sonoro: Mario Mocanu. Iluminación: Pau Ferrer. Sala Valle Inclán, RESAD.

Hay una polémica que debería ser reavivada en la hoguera de la asamblea teatral: como mantener la tensión entre dos aspectos de la recepción artística, el intelectual y el emocional. En el caso que nos ocupa, la complicidad intelectual con el público estuvo presente sin duda. Pero un espectador que comprende y se identifica con los personajes queda atrapado. Sucede como si el autor hechizara al público, la emoción hechiza. Y aunque el teatro tenga que cargar y lidiar con ello, es un hecho que la exageración crea una distancia nada favorable. En este aspecto, pudimos sentir que, en algunos momentos, los actores pasaban al terreno de la excesiva afectación. Aunque en otros nos sobrecogieran.
       El texto, de la dramaturga Zo Brinviyer (Madrid, 1982), El deseo de ser infierno, resultó ganador del premio Calderón de la Barca 2010. La pieza recoge la existencia de una institución penal infantil a finales del siglo XIX, en la ciudad francesa de Mettray. Pero esta es solo una de las dimensiones del texto. Uno de los internos del centro penitenciario se encuentra con Calamity Jane y con Billy el Niño, debido a una gira europea del circo de Buffalo Bill.
       Estos ecos del salvaje oeste nos hacen recordar aquel género americano, el western, y algunos filmscélebres del más europeizado spaghuetti western, con el El bueno, el feo y el malo Pat Garret y Billy el Niñocomo bandas sonoras. Digo bandas sonoras porque, literalmente, el telón se levanta con Billy silbando las famosas notas que nos traen a la mente, de forma automática, la imagen de una bola tumbleweed rodando por el desierto. Estos referentes, ya de entrada hacen atrayente el espectáculo. Pero además se nos presenta una historia de violencia, en la que el único modo de proteger el derecho a soñar es caminar por el desierto con un mondadientes en la boca.
       La escena ha sido inteligentemente dispuesta, creando un espacio fijo que sirve para los interiores, la cárcel, lugares de encuentro, etc. Un bello y sencillo lienzo de fondo en el que figura el desierto. Y el piano en un lateral, donde Billy the Kid observa y ameniza con canciones al más puro estilo tasca del far west, mezclado con un aire punk. Este interactúa con el resto, escurriéndose meta teatralmente entre escena y escena como un espectro omnisciente. Tal vez hubiera sido necesario un nexo escénico entre dimensiones, un recurso que marcara el punto de encuentro espacial entre los personajes. Esto daría más sensación de totalidad al montaje, que dura dos horas largas y en algunas ocasiones invita a la distracción.
       No debemos olvidar que estamos ante el proyecto final del estudiante de dirección de la Resad, Antonio Laguna, ante un texto exigente por su elevación poética y su arriesgada propuesta temática. En este sentido, la puesta en escena deEl deseo de ser infierno se revela como feliz comienzo de año 2012, retando al duelo de mantener la solidez escénica en sucesivos montajes. Y dejándonos la promesa de leer y ver más obras como ésta, profesionales y humildes, divinas y entretenidas.
 
Fabricio Barreiro

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