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jueves, 3 de febrero de 2011

La nochebuena de 1836

Análisis de “La noche buena de 1836”. Yo y mi criado. Mariano José de Larra

Habaguanex
En este artículo, una anécdota se convierte en el vehículo para conseguir que reflexionemos de temas profundos, paradójicos de la propia existencia.
Es lo que Alfred Hitchcock llamaría en cine"MacGuffin", el pretexto para contar algo realmente serio, mediante una excusa argumental que motiva a los personajes al desarrollo de una historia que en realidad carece de relevancia por sí misma, pero encierra verdades contundentes, que el autor necesita compartir.
No es extraña esta estrategia en Larra, que en sus artículos no transmite directamente denuncias, quejas o ideas, sino que las envuelve en recursos retórico literarios a modo de papel de regalo. Con esto consigue precisamente hacer un llamamamiento a los que nos acercamos a sus textos, propiciando que reparemos en lo que realmente quiere mostrarnos. Conduce nuestra atención al sitio que le interesa de una manera mucho más eficaz e interesante.Este ingenio aplicado por él a artículos periodísticos hace que cada uno de ellos se eleven a la categoría de obra artística.
El comienzo de "La Noche vieja de 1836", el autor nos muestra un Larra cansado, sumido en un profundo pesimismo, se refiere a su existencia de forma negativa, considerándola un fracaso. Es incapaz de crear por no tener el suficiente ánimo, siendo víctima de la pereza y de la crisis inspirativa. También nos hace cómplices de sus fracasos o decepciones amorosas dejándolas patentes. Aprovecha para de la forma más inesperada y sutil, entrelazar un tema divergente de otro de manera magistral. De este modo nos habla del Estado, de la censura hacia los escritores, la frustración de comprobar que lo escrito ha valido para poco, o en el peor de los casos para nada.
El mal estado del alma y su gran tristeza, se nos revela en pasajes del texto cargados de recursos líricos que rozan la poesía, aun siendo prosa. El juego de comparaciones y metáforas, al equiparar el llanto, su llanto, con los cristales sudorosos, y con el sufrimiento de un hombre que no estereotipa su dolor.
Profundamente inductor a la reflexión, realiza una mirada externa e introspectiva en lo que respecta al comportamiento de los seres humanos dentro del sistema social que le tocó vivir. Establece comparaciones y denuncias, basándose en el funcionamiento de las reglas y tradiciones que la propia sociedad ha establecido. Larra nos habla de la hipocresía y de la incongruencia entre la espiritualidad y la fe excelsa que profesa el hombre, su contradicción con su forma de festejarla y representarla, mediante el saciar necesidades tan básicas como el beber y el comer. Ese mismo hombre supuestamente piadoso comete excesos que contrastan con las carencias y con la explotación a la que se ven sometido otros.
No por azar escoge el 24 de diciembre, fecha en la que todas las familias, más creyentes o menos, se reúnen supuestamente para intercambiarse amor y solidaridad. ¿El amor quizá que han negado el resto de los días del año? Temas manidos, pero dichos de una manera que parecen renovados.
Nos plantea una realidad terrible donde la falsedad, la insensibilidad, la superficialidad y la desigualdad campean impunemente. Nadie queda exento de la reflexión y de la crítica mordaz. Larra se detiene también ante la dureza de la vida y el implacable sorteo de escollos que el hombre debe traspasar para seguir en ella.
Por último el autor se desnuda, arremete contra sí mismo, para mostrarnos la falsa creencia en la superioridad por parte de los "cultos”, “eruditos" respecto a las clases más elementales intelectualmente hablando. Se sienta en el banquillo como acusado, aceptando el juicio, en el que a penas emite réplicas, y cual criminal confeso inclina la cabeza. La paradoja de que precisamente esas clases que llenan su espíritu conectado a los placeres fisiológicos y a las satisfacciones más primarias, son más felices porque hasta ahí llega el horizonte de sus preocupaciones y aspiraciones. Irónico y curioso es precisamente que por boca de un ser supuestamente más simple, es que llega esta reflexión.

lunes, 31 de enero de 2011

Dos artículos de especial interés sobre Larra

Ilustración y nihilismo en los artículos de Larra.
(Pincha en la imagen para acceder)



La reescritura de Madrid: de Mesonero Romanos a 
Ramón Gómez de la Serna.
(Pincha en la imagen para acceder)





ZIGMAT




domingo, 30 de enero de 2011

¿Quién es el público y dónde se encuentra? -ANÁLISIS-

Mariano José de Larra



Artículo aparecido el 17 de agosto de 1832 en El Pobrecito Hablador, revista satírica de costumbres.

ESTRUCTURA


  1. Presentación del autor y justificación del tema.
  2. El tema en cuestión es de naturaleza problemática y requiere una solución.
  3. Descripción de hábitos populares/colectivos. Recorrido de los personajes por las avenidas, café y teatro.
  4. Una Conclusión que se podría sintetizar en: Siendo el público “injusto y parcial”, “maligno y mal pensado”, “rutinario y novelero”, se le utiliza interesadamente como “el pretexto , el tapador de los fines particulares de cada uno”.


ESTILO


«¿Qué alicientes traen al público a comer a las fondas de Madrid?». Y me contesto: «El público gusta de comer mal, de beber peor, y aborrece el agrado, el aseo y la hermosura del local». Desdoblamiento discursivo, por un lado la creación de un locutor ingenuo y bobalicón y por otro la mirada de un autor serio y cabal. Ambas formas planean sobre todo el artículo en pro de la ironía, por tanto, de la evaluación crítica del público. El contraste de ambos locutores favorecen la dinamicidad del texto. Mordaz, incisivo y tajante.


Y en todas partes muchos majaderos, que no entienden de nada, disputan de todo” y que, “por lo regular siente en masa y reunido de una manera muy distinta que cada uno de sus individuos en particular”. Larra manifiesta su acritud y misantropía a través de la observación de la masa como un grupo conglomerado de personas con casi (o ninguna) diferencia entre sí ya que el pensamiento individual se disuelve en una tontuna colectiva.

Y esa opinión pública tan respetable, hija suya sin duda, ¿será acaso la misma que tantas veces suele estar en contradicción hasta con las leyes y con la justicia? ¿Será la que condena a vilipendio eterno al hombre juicioso que rehúsa salir al campo a verter su sangre por el capricho o la imprudencia de otro, que acaso vale menos que él? ¿Será la que en el teatro y en la sociedad se mofa de los acreedores en obsequio de los tramposos, y marca con oprobio la existencia y el nombre del marido que tiene la desgracia de tener una loca u otra cosa peor por mujer? ¿Será la que acata y ensalza al que roba mucho con los nombres de señor o de héroe, y sanciona la muerte infamante del que roba poco? ¿Será la que fija el crimen en la cantidad, la que pone el honor del hombre en el temperamento de su consorte, y la razón en la punta incierta de un hierro afilado?”


¿En qué consiste, pues, que para granjear la opinión de ese público se quema las cejas toda su vida sobre su bufete el estudioso e infatigable escritor, y pasa sus días manoteando y gesticulando el actor incansable? ¿En qué consiste que se expone a la muerte por merecer sus elogios el militar arrojado?¿En qué se fundan tantos sacrificios que se hacen por la fama que de él se espera?” Ejemplos del procedimiento de preguntar a un interlocutor que al parecer también estaban presentes en el artículo del escritor francés Jouy.


ZIGMAT

ZIGMAT

jueves, 20 de enero de 2011

El Día de Difuntos de 1836. Fígaro en el cementerio


El escritor costumbrista ha de tener la habilidad de mostrar los defectos de la sociedad, corregirlos y desterrarlos de una vez para siempre.
Enrique Rubio



Larra en una carta que escribió a sus padres, fechada el 8 de enero de 1836, les comunicaba el contrato ventajoso que acaba de firmar con el periódico El Español; 20.000 reales, algo inusual para los tiempos que corrían. Se trataba de una publicación de prestigio a la que tenía que entregar dos artículos por semana. En este periódico se imprimirán los artículos considerados preludio del fin de Larra: el que nos ocupa, Fígaro en el cementerio y Necrología. Exequias del conde de Campo-Alegre.

El día de Difuntos de 1836 se publicó por primera vez en El Español, el dos de noviembre de 1836. Larra tenía aceptación por parte del gremio periodístico, gozaba de una buena posición, pero no era algo que a él le interesase especialmente. Su compromiso político le acabo llevando a la muerte. La desazón de no observar ningún mínimo cambio.
Desde la primera línea se nos muestra un artículo de corte claramente pesimista, con el uso de la paradoja y la ironía, pero menos mordaz que sus artículos anteriores. Un artículo menos crítico y más derrotista. Larra ha tirado la toalla.
Ya no hay posibilidad de cambio en una sociedad llena de grietas, no hay tiritas tan grandes para unir las heridas. Todos sus artículos anteriores se los ha llevado el viento y sus palabras han sido utilizadas en vano.

La memoria. No tener memoria, no querer acordarse de lo que hicimos y de lo que pensamos es un mecanismo físico que nos permite vivir con mayor felicidad. Vivir en la ignorancia significada acarrear con la tareas cotidianas, no reflexionar sobre las circunstancias en las que vivimos, ir sobreviviendo y ser más felices; sin pensar en la posibilidad del cambio, en la realidad de las utopías.

En atención a que no tengo gran memoria, circunstancia que no deja de contribuir a esta especie de felicidad que dentro de mi me he formado...”

Larra puebla su texto de múltiples referencias, alusivas, que dan un rasgo de color al artículo, como la que hace a la obra de teatro El Califa de Bagdad (obra criticada negativamente por Larra en La revista Española).
Después de un primer párrafo de corte pesimista e introductorio continúa su artículo, como otros de los suyos, con una duda. La duda le permite poner en marcha el mecanismo de la reflexión -como a Descartes- y le acaba llevando a la melancolía. La intranquilidad hogareña le hacen salir de casa para encontrarse con el mundo y alegrarse, pero se da de bruces con la realidad.

Volvíame y me revolvía en un sillón de éstos que parecen camas, sepulcro de todas mis meditaciones, y ora me daba palmadas en la frente, como si fuese mi mal mal de casado, ora sepultaba las manos en mis faltriqueras, a guisa de buscar mi dinero, como si mis faltriqueras fueran el pueblo español y mis dedos otros tantos Gobiernos...”


Larra sitúa el artículo el Día de Difuntos, lo que le permite desarrollar de forma paradójica el corpus principal de su artículo. La gente se dirige al cementerio a visitar a sus muertos y para eso han de salir de la puertas de Madrid, ir a las afueras, pero -se pregunta el autor- ¿dónde está el cementerio? ¿fuera o dentro? Una pregunta cuya respuesta le conduce a la iluminación:

(...) y comencé a ver claro. El cementerio está dentro de Madrid. Madrid es el cementerio. Pero vasto cementerio donde cada casa es el nicho de una familia, cada calle el sepulcro de un acontecimiento, cada corazón la urna cinerario de una esperanza o de un deseo”

Se puede observar en la construcción de los artículos de Larra un clara raíz dramática. Va poblando todo el texto de antecedentes que va retomando una y otra vez, de pequeñas referencias que dan unidad y coherencia al texto. También apreciamos el uso de la ironía y un lenguaje más enfurecido, crítico.

¡Fuera, exclamé, fuera! -como si estuviera viendo representar a un actor español-”

¡Qué insolentes son los que ponen letreros en las paredes! Ni los sepulcros respetan”

Se plantea una mirada al nosotros mismos, al estatismo, como raíz del mal social, como posible motor de cambio que ha dejado de funcionar. Larra no se excluye, aunque, a veces, se sitúe en una posición de superioridad.

¡Necios! - decía a los transeúntes- ¿Os movéis para ver muertos? ¿No tenéis espejos por ventura? (…) ¡Miraos, insensatos, a vosotros mismos, y en vuestra frente veréis vuestro epitafio! ¿Vais a ver a vuestros padres y vuestros abuelos, cuándo vosotros sois los muertos? Ellos viven, porque ellos tienen paz; ellos tienen libertad, la única posible sobre la tierra, la que da la muerte; ellos no pagan contribuciones que no tienen; ellos no serán alistados ni movilizados; ellos no son presos ni denunciados; (…) ellos son los únicos que gozan de la libertad de imprenta, porque ellos hablan al mundo.”

Larra plantea imágenes en sus artículos: la gente saliendo de Madrid, en masas, y él avanzando en dirección contraria. Él frente a la multitud. La metáfora hermosa. La vida real.

Los muertos son los que viven porque tiene paz y libertad: paradoja ilustrativa. La única libertad sobre la tierra... construcción muy cuidada e hilada en todo el texto. En la crítica a las instituciones enlaza su artículo con las referencias dadas en el segundo párrafo.
La mayoría de sus referencias críticas se hayan latentes, no de forma explícita; consigue así no alejar al público menos especializado. Artículos con varios niveles de compresión.
Crítica a la religión y al fanatismo religioso.

Después de haber establecido las reglas de quién está vivo y quién está muerto realiza un juego de espejos y contrarios.

Imágenes lúgubres, románticas.

Pero ya anochecía, y también era hora de retiro para mi. Tendí una última ojeada sobre el vasto cementerio. Olía a muerte próxima. Los perros ladraban con aquel ladrido prolongado, intérprete de su instinto agorero”

El corazón de Larra ha albergado tiempo atrás ilusiones, deseos y vida.

Quise salir violentamente del horrible cementerio. Quise refugiarme en mi propio corazón (…) También otro cementerio. Mi corazón no es más que otro sepulcro”

Ni siquiera le queda la esperanza. También ha muerto. Todas sus esperanzas de una nueva Constitución, libertad, opinión nacional, etc., no se cumplen. Se da por vencido. Descanse en paz.



Pincha aquí para acceder al artículo, aquí

Pincha para acceder a un artículo sobre Larra y el suicidio, aquí

Irene Ochoa

martes, 18 de enero de 2011

Yo quiero ser cómico.

Yo quiero ser cómico, fue un artículo publicado en la Revista Española el 1 de marzo de 1833, bajo el seudónimo de Fígaro. Dicho artículo nos hace una crítica a los actores teatrales con poca profesionalidad artística. Esto nos llega a pensar que el autor rompe con los artículos costumbristas que había escrito hasta el momento. Y nos presenta un artículo más crítico y dramático. Se ve claramente que el autor desea modificar y renovar el teatro que existía en su época.

Larra a través de un diálogo con un muchacho que desea ser actor que viene a pedirle consejo nos introduce su crítica hacia el teatro de ese momento. A través de las preguntas que le hace como el dice al “mancebo” descubrimos en la ironía de sus preguntas como el desearía que fuese un actor y como debería comportarse.

Nos enseña lo que debería saber y hacer un actor: (Nos lo hace llegar negando todas estas virtudes para un actor).
  1. Gramática y propiedad.
  2. Saber de latín, clásicos y literatura.
  3. Saber pronunciar con afectación.
  4. Saber de historia. Trajes, épocas...
  5. Tener buena figura.
  6. Saber de modales (normas de cortesía, protocolos).
  7. Conocer el mundo y el corazón humano.
  8. Tener memoria.


Desgraciadamente han pasado más de un siglo desde que Larra escribió este artículo. Muy a pesar nuestros si miramos a nuestro alrededor, aún nos preguntamos por qué muchos de los actores de nuestro país que están en activo, no se aplican un poco el cuento e intentan reproducir estos ocho puntos que cita Larra.

Revista Española, nº 34, 1 de marzo de 1833. Fígaro.

domingo, 16 de enero de 2011

Comentario de "Mi nombre y mis propósitos"

En el siguiente artículo vemos como Larra da nacimiento a la figura de Fígaro; a su forma de pensar, sus propósitos y singularidad. En este texto, que se publico el 15 de Enero de 1833, en el vigésimo primer número de La Revista Española, nos encontramos con sus deseos y dudas reflejadas en cómo sería aceptado, si le entenderían y, con ironía, si le agradecerían su intención.

Sobre el teatro, anuncia, que éste será el objetivo principal de su labor. Desea renovarlo y develar sus defectos, pero no tiene la seguridad de si sus habilidades están a la altura del propósito. Con un juego de paradojas relata como un amigo le convence. La idea de decir y no ser oído se transforma en si alguien, que espera escuchar, no tiene quien le hable. Esto le da fuerza para enfrentarse a la labor.

Ahora solo le queda una última traba ¿Cómo llamarse? Su amigo, otra vez, le da la respuesta: Fígaro; un personaje hablador, espinoso y curioso. Fígaro, una idea que se corporiza en él. Ahora no importa si molesta, ahora puede decir lo que en realidad piensa y sacar de quicio a todos los que considera como ignorantes.

Desde este punto, solo le queda dar algunas pinceladas de lo que será su labor de desmenuzar todo lo malo en el teatro y comienza por esos que llama malos actores, tanto nuevos como viejos, sin darle importancia a su jerarquía. Dos historias sirven de ayuda para realzar su pensamiento acerca de la inaceptable labor que se realiza en las representaciones. Las historias son usadas como refuerzo irónico en el texto, tomando estás connotaciones incluso de parábola, que cohesionan perfectamente su estructura final.

El artículo termina con una nueva historia, la del pintor que pacta presentar un cuadro con mil vírgenes y que con ingenio termina diciendo a su pagador, que solamente se ven las que salen de la iglesia, las demás aún están a la espera. El hombre que contrato al pintor decide pagarle solo una parte de lo acordado. El resto se lo dará cuando salgan de la iglesia las restantes vírgenes. Larra, cual pistolero del Lejano Oeste, deja a sus enemigos en el punto de mira lanzando una amenaza sin descaro. Fígaro esperará a los errores, tanto sociales como en el teatro, de la misma forma que el pagador del cuadro aguarda la salida de las vírgenes que le fueron prometidas.

P. Ugrumov


Párrafo
Otras dudillas tenía, además: la primera, si me querrían oír; la segunda, si me querrían entender; la tercera, si habría quien me agradeciese mi cristiana intención y el evidente riesgo en que claramente me pusiera de no gustar bastante a los unos y disgustar a los otros más de lo preciso.
En esta no interrumpida lucha de afectos y de ideas me hallaba, cuando uno de mis amigos (que algún nombre le he de dar) me quiso convencer no sólo de que tenemos teatro, sino también de que tengo habilidad: más fácilmente hubiera creído lo primero que lo segundo, pero él me concluyó diciendo: que en lo de si tenemos teatro, yo era quien había de decírselo al público; y en lo de si tengo habilidad para ello, que el público era quien me lo había de decir a mí. Acerca del miedo de que no me quieran oír, asegurome muy seriamente que no sería yo el primero que hablase sin ser oído, y que como en esto más se trataba de hablar que de escuchar, más preciso era yo que mi auditorio. «Ridículo es hablar, me añadió, no habiendo quien oiga; pero todavía sería peor oír sin haber quien hable.» Acerca de si me querrían entender, me tranquilizó afirmándome que en los más no estaría el daño en que no quisiesen, sino en que no pudiesen. Y en lo del riesgo de gustar poco a unos, y disgustar mucho a otros, «¡Pardiez! -me dijo- Que os embarazáis en cosas de poca monta. Si hubiesen cuantos escriben de pararse en esas bicocas, no veríamos tantos autores que viven de fastidiar a sus lectores: a más de quedaros siempre el simple recurso de disgustar a los unos y a los otros, dejándolos a todos iguales: y si os motejan de torpe, no os han de motejar de injusto».

Fígaro
Revista Española
, n.º 21, 11 de enero de 1833.

jueves, 13 de enero de 2011

Comentario

" En este país"

Este artículo fue publicado en La Revista Española del 30 de abril de 1833, bajo el seudónimo de Fígaro। Nos refleja las costumbres de la gente principios del XIX। La queja sistemática de los habitantes de un país que a pesar de estar atrasado tecnológicamente en comparación al resto de Europa, ha avanzado hacia la modernidad a pasos agigantados en las últimas décadas। En el escrito prevalece la autocrítica social y la ironía.


A modo de introducción, el artículo hace una reflexión sobre esas frases, que aparecen y se instalan en el acervo popular sin que se pueda detectar ni su origen ni su significación। En estepaís… es la frase que sirve de muletilla para excusar la pereza o dejadez propia, echando las culpas fuera. Larra reflexiona barajando distintas hipótesis sobre el origen de esta frase, hasta dar con lo que es para él “la causa verdadera de esta humillante expresión”.


Para ejemplificar la utilización de esta frase, recurre al diálogo con su amigo Don Periquito, que hace patente todas las posibles situaciones propicias para su uso। Por otra parte enriquece el diálogo añadiendo sus pensamientos internos que calla hacia don Periquito pero comparte con el lector.


Larra hace una dura crítica hacia todo ese sector de la sociedad, que por ignorancia y necedad, no valora el patrimonio nacional y cree que todo es mejor en el extranjero a pesar de no haber viajado nunca. Finalmente nos alecciona sobre una actitud negativa que debe erradicarse para comenzar a ser un país que mire hacia el porvenir con dignidad.


Párrafo

“¿Lo ve usted, Fígaro? -me dijo-: ¿Lo ve usted? En este país no se puede escribir. En España nada se vende; vegetamos en la ignorancia. En París hubiera vendido diez ediciones.
-Ciertamente -le contesté yo-, porque los hombres como usted venden en París sus ediciones.
En París no habrá libros malos que no se lean, ni autores necios que se mueran de hambre.
-Desengáñese usted: en este país no se lee -prosiguió diciendo.
«Y usted que de eso se queja, señor don Periquito, usted, ¿qué lee? -le hubiera podido preguntar-. Todos nos quejamos de que no se lee, y ninguno leemos.»
-¿Lee usted los periódicos? -le pregunté, sin embargo.
-No, señor; en este país no se sabe escribir periódicos. ¡Lea usted ese Diario de los Debates, ese Times!
Es de advertir que don Periquito no sabe francés ni inglés, y que en cuanto a periódicos, buenos o malos, en fin, los hay, y muchos años no los ha habido.
Pasábamos al lado de una obra de esas que hermosean continuamente este país, y clamaba:
-¡Qué basura! En este país no hay policía.
En París las casas que se destruyen y reedifican no producen polvo.
Metió el pie torpemente en un charco.
-¡No hay limpieza en España! -exclamaba.
En el extranjero no hay lodo.
Se hablaba de un robo:
-¡Ah! ¡País de ladrones! -vociferaba indignado.
Porque en Londres no se roba; en Londres, donde en la calle acometen los malhechores a la mitad de un día de niebla a los transeúntes.
Nos pedía limosna un pobre:
-¡En este país no hay más que miseria! -exclamaba horripilado.
Porque en el extranjero no hay infeliz que no arrastre coche.
Íbamos al teatro, y:
-¡Oh qué horror!- decía mi don Periquito con compasión, sin haberlos visto mejores en su vida- ¡Aquí no hay teatros!
Pasábamos por un café.
-No entremos. ¡Qué cafés los de este país! -gritaba.
¡Se hablaba de viajes:
-¡Oh! Dios me libre; ¡en España no se puede viajar! ¡Qué posadas! ¡Qué caminos!”.

Revista Española, n.º 51, 30 de abril de 1833. Firmado: Fígaro.

miércoles, 12 de enero de 2011

Comentario de "Vuelva usted mañana"

Fue publicado en El Pobrecito Hablador el 14 de Enero de 1833 y es de los últimos artículos de este periódico, que dejó de imprimirse en Marzo del mismo año. A la etapa que se inicia en esa época pertenecen un grupo de conocidos artículos de costumbres que ironizan sobre el castellanismo, desvelando vicios nacionales.
  Después de El Pobrecito Larra empezó a colaborar en La Revista Española, que pudo tener una orientación liberal gracias a las tendencias de la regencia de María Cristina, cuando el rey Fernando VII cae enfermo en 1832. Este dato histórico es importante, ya que en "Vuelva usted mañana", Larra alude al gobierno del momento como liberal y como un posible empuje para la modernización de la sociedad española, refiriéndose así a la regencia. En ese corto gobierno se creó un Ministerio de Fomento que impulsó el desarrollo de las infraestructuras españolas. Y precisamente el atraso de éstas y la incapacidad para mejorarlas es un subtema del artículo de Larra.
Museo Nacional del Romanticismo Vuelva usted mañana de Mariano José de larra 2 279x300 El Museo Nacional del Romanticismo presenta Vuelva Usted mañana de Larra
  El tema principal es la pereza como vicio nacional. Larra utiliza como excusa para su artículo una anécdota ficticia: un extranjero francés acude a él buscando consejo, tiene previsto investigar su ascendencia española e invertir en alguna empresa del país. Y quiere resolverlo todo en quince días. Esta situación le permite transmitir la dejadez de los españoles mientras relata sus intentos de ayudar al señor Sans-délai. Satiriza sobre la pereza española sirviéndose de la ingenuidad del visitante.
  "Permitidme, monsieur Sans-délai ... permitidme que os convide a comer para el día en que llevéis quince meses de estancia en Madrid"
  Los diálogos con el francés y con otros personajes forman parte del relato, en el que se resumen todas las visitas que debían hacer para solucionar los negocios del nuevo amigo y hacer cómoda su estancia en Madrid. Tiene una estructura episódica, pasando de oficio en oficio, con idéntico resultado: “vuelva usted mañana”. En dos casos se desarrolla el diálogo cómico, en los demás se hace una enumeración: “un sastre tardó veinte días en hacerle un frac, que le había mandado llevarle en veinticuatro horas; el zapatero le obligó con su tardanza…”. La repetición de una la frase que titula el artículo es otro recurso, condensada en la parte central del texto.
  La relación de los españoles con los extranjeros es otro subtema del artículo, junto al atraso en las infraestructuras. Por un lado, dice Larra, la vagancia conduce a no cuidar a los extranjeros cuando pretenden hacer algo por el país. Y se alimentan así las malas ideas sobre las costumbres españolas, creando una imagen caricaturesca. Reflexión presente en la pequeña introducción del artículo. Respecto al tema de las infraestructuras, se encuentra fundamentalmente en el diálogo con un “un personaje muy grave y muy patriótico”, al que Larra cuenta su anécdota, encontrando en él complacencia por el vicio. Por último, hay que señalar la gracia de Larra al realizar autocrítica, sumándose a los españoles perezosos. Y la alusión directa al lector: “¿Tendrá razón, perezoso lector (si es que has llegado ya a esto que estoy escribiendo)…?”.
Fragmento:
"Amaneció el día siguiente, y salimos entrambos a buscar un genealogista, lo cual sólo se pudo hacer preguntando de amigo en amigo y de conocido en conocido: encontrámosle por fin, y el buen señor, aturdido de ver nuestra precipitación, declaró francamente que necesitaba tomarse algún tiempo; instósele, y por mucho favor me dijo definitivamente que nos diéramos una vuelta por allí dentro de unos días. Sonreíme y marchámonos. Pasaron tres días: fuimos.
-Vuelva usted mañana -nos respondió la criada-, porque el señor no se ha levantado todavía.
-Vuelva usted mañana -nos dijo al siguiente día-, porque el amo acaba de salir.
-Vuelva usted mañana -nos respondió el otro-, porque el amo esta durmiendo la siesta.
-Vuelva usted mañana -nos respondió el lunes siguiente-, porque hoy ha ido a los toros.
-¿Qué día, a qué hora, se ve a un español?
Vímosle por fin, y "Vuelva usted mañana -nos dijo-, porque se me ha olvidado. Vuelva usted mañana, porque no está en limpio"
A los quince días ya estuvo; pero mi amigo le había pedido una noticia del apellido Díez, y él había entendido Díaz, y la noticia no servía."