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sábado, 23 de junio de 2012

Un grado superior





Nosferatu. De: Francisco Nieva. Dirección:  Ernesto Caballero y Ana Sala. Escenografía: José Luis Raymond. Elenco: Nosferatu Pitiflauti, Javier Carramiñana Moya. Reina Kelly, Santiago Tocarruncho. Maestros de ceremonia. Irene Díaz de Mera y Paco Lindón. Gran Marcial, Chemi Moreno. Aprendiz, Alejandro Mendicuti. Otilia, Rebeka Brik. Azul, Nerea Gorriti. Greta, Marta Cobos. Fiacro, Victor Manuel Coso, entre otros. Pianista: Nerea Gorriti. Diseño de iluminación: Aristeo Mora. Sala Valle Inclán. RESAD

El otrora, Real Conservatorio de música y declamación de Madrid, fundado en 1831 por la reina María Cristina de Borbón, se propuso desde sus inicios dotar a todos y cada uno de los atraídos por el arte del teatro en España, de las herramientas necesarias y profesionales que sirvieran para pulir el talento del artista. Esta profesión sugiere muchas veces a los neófitos, la idea, de que detrás de esta manifestación artística solo hay divertimento y alegrías. En definitiva, pasa tiempos....Pero, ¿será que el muy duro bregar para alcanzar su desarrollo, perfeccionamiento y respeto, durante siglos, no forma parte de un trabajo serio? Es preocupante pensar que a día de hoy y por ese pensamiento, es que aquel conservatorio, actualmente llamado, Real Escuela Superior de Arte Dramático, vea puesto en tela de juicio e incluso en peligro su categoría académica.
     Más de un siglo y medio ha pasado desde que en Madrid se creara una escuela donde, la lírica, el canto, la danza y la declamación, se dieran cita para conformar una pedagogía del arte teatral, que para satisfacción de todos aún sigue viva. Una muestra irrefutable de su vitalidad, es la obra de la dramaturgia española. Nosferatus, de Francisco Nieva, que en la sala Valle Inclán de la RESAD, hubo de representarse el día 9 de marzo del presente mes de marzo. Para este hecho se dieron cita los alumnos del nivel 4º de especialidad de interpretación textual, que bajo el asesoramiento de un claustro de profesores especializados, pusieron de relieve el trabajo que en este centro de enseñanza se realiza. La representación fue concebida por una escenografía única. El escenario estaba cerrado en sus tres caras visibles dejando solo tres aperturas a cada lado a modo de arcos de puerta por donde la evolución de los actores, sus entradas y salidas, se hacían factibles y fluidas. La pared de fondo se presentaba rematada con una puerta central por donde desarrollaban sus apariciones triunfales los personajes protagonistas. A nivel del púbico, a su derecha y muy cerca de este, el piano vertical terminaba de conformar el espacio. Las paredes aforadas en una simulación de lamé rojo, representan una especie de hades o basurero de las miserias humanas de la vieja Europa y una plataforma central de superficie reflectante a modo de trampantojo, imita espejos. En ella y metafóricamente, se reflejan los personajes en sus defectos, actitudes y comportamientos. Este es el contenedor físico de la historia personal y colectiva de un grupo de personajes que representan una serie de prototipos humanos y esferas sociales, que llevados al extremo en el desenfreno de sus instintos, nos hacen reflexionar sobre nosotros mismos. Desde la escena en todo momento emanó un torrente imaginativo, humorístico e irónico que nos promovió a la autocrítica. Con estas armas su autor toca nuestras conciencias de forma más que acertada, pero sobre todo entretenida. Los actores en su concepción polifacética y coral, adoptan varios personajes alternativamente. Todos, en momentos estratégicos hacen las veces de coro, solistas vocales e instrumentistas. Sus desempeños en los sentidos vocales, musicales, histriónicos e interpretativos, demuestran un nivel de madurez y versatilidad dignos de encomio. La fisicidad en toda la obra juega un papel crucial y la coordinación de movimientos en la escena, conforma un engranaje que como una maquinaria, acciona la biela que proporciona dinámica y apoyo al texto teatral. Queda patente el trabajo de entrenamiento al que han de ser sometidos los actores para cumplimentar esta partitura propia de un teatro gestual. 
     La dirección de escena y de actores proveniente de las manos de Ana Sala y de Ernesto Caballero, fueron efectivas. Juntos evidenciaron el dominio de gran variedad de técnicas teatrales y del conocimiento en la guía escénica aplicada a la persona del actor. Los lenguajes teatrales narrativos significados; en las luces, música en vivo y el espacio sonoro, no fueron menos y como sendos protagonistas lucieron en extremo. La conexión platea-escenario llegó a un nivel empático tal, que permitió que el público compartiera con continuas exclamaciones de agrado el resultado artístico que provenía de la escena. No podríamos hablar de la particularidad interpretativa del elenco actoral ya que funcionaban como una única pieza en la que todos eran vitales para que el mecanismo no desfalleciera. Al finalizar, las expresiones para aclamar a los artistas fueron el catalizador que evidenció que el arte ofrecido y recepcionado, en definitiva vivido, es una evidencia insoslayable del nivel superior que posee la enseñanza artística que se fragua en las aulas y talleres de la Real Escuela Superior de Arte Dramático.

Habaguanex

Un ser complejo‏



La hostería de la posta. De: Carlo Goldoni. Dirección: José Gómez. Elenco: Antonio Lafuente, Javier Lago, Borja Luna, Ana Mayo, Julián Ortega, Chema Rodríguez. Vestuario: Vicenta Rodríguez. RESAD. 20 de Abril de 2012.

El humano es un ser complejo que oculta su identidad bajo diferentes teorías que manipula y maneja a su antojo. Ninguna persona es un solo ser. Somos muchos dentro de uno e incluso, en ocasiones, estas partes pueden llegar a ser contradictorias en su fin, pero ¿quién puede decir que esto no hace más exquisita la vida?
La hostería de la posta con la dirección de José Gómez, nos señala que al igual que la vida dos tipos diferentes de interpretación pueden coexistir en determinados momentos en escena e incluso en un mismo personaje. De esta forma, observamos actuaciones cercanas a la comedia del arte y en otros momentos a una naturalista, transformando al personaje según la necesidad y pensando tan solo en su fin como eje de acción.
Un agradable espectáculo fue sin duda lo realizado por el estudiante de dirección José Gómez. Una historia de amor que se desarrolla en una posta. Lugar en donde los viajeros descansan y reponen sus fuerzas para continuar su camino. En esta posta un hombre y una mujer se conocen y de inmediato se enamoran, pero él oculta su identidad con la intención de conocer los sentimientos de ella ya que el matrimonio entre ellos está concertado previamente, pero él no quiere forzar de esa manera su relación. Naciendo desde aquí el conflicto que recorrerá todo el montaje.
Las actuaciones sorprendieron por el desenfado en el uso de diferentes códigos y amenizaron el desarrollo de la acción con humor. Los silencios, al igual que los  movimientos de los actores en escena, estuvieron tratados de una forma correcta logrando mantener la atención del público durante todo la obra. Otorgando por ende, una limpieza y precisión a un montaje donde el cuerpo y la palabra fueron los protagonistas.
La escenografía marcada por el espacio vacío fue trabajada en el suelo, en donde se veía una franja de una tonalidad blanquecina, y que con efectos de luces marcaban los diferentes espacios. Al fondo de las escenas se encontraban unas sillas en donde los actores esperaban su turno a la vista del espectador.
El vestuario, semejante a los del siglo XVIII, fue unos de los aciertos del montaje y que se trabajó de forma minuciosa desde las pelucas a los zapatos. Cada uno de estos elementos nos ayudó a entrar en los conflictos y convenciones de la época, sin provocar ningún problema de correspondencia con la obra y ayudando a los espectadores a alejarse del conflicto que vivían los personajes, que para la actualidad y en esta cultura, son poco probables.
Aunque la obra transcurrió entre risas y aciertos, al final, tras un largo silencio nos encontramos con un desprecio realizado por el personaje femenino a su futuro marido, a su padre y a todos los que estaban presentes. Ella salió dando un portazo que de inmediato nos recordó a la Nora de Casa de muñecas. Rompiendo todo lo que se había construido hasta el momento. Este fue un recurso que introdujo el director. Algo que en búsqueda de un colofón final creó dudas en los espectadores y que no encajó con el planteamiento de la obra. Remarcando, de esta forma, una actitud innecesaria y sin ninguna justificación dentro del montaje.
P. Ugrumov

El peso de los nombres



Hamlet versus MedeaDe:· María Velasco. Idea y dirección: · Diego Domínguez. Elenco: · Yayo Cáceres, · Nuria de Luna, · Richard Collins Moore, · Sol López, · Jorge Mayor, Paula Ruiz López, · Elena Lombao, · Sergio Milán. Escenografía: · Miguel Ruz.Iluminación: · Juanjo Llorens. Sala Valle Inclán. RESAD.

Si Shakespeare levantara la cabeza no pararía de querellarse por sus derechos de autor. Y es que bajo la etiqueta de teatro posdramático se han sucedido espectáculos que se acercan a textos y héroes clásicos desde las más diversas ópticas; versiones, reescrituras o llamadores de musas, como es el caso de Hamlet versus Medea escrita por la burgalesa María Velasco y llevada a  escena por Diego Domínguez.
El texto se articula a partir de largos monólogos cargados de ironía, ocurrencias pop y suaves píldoras de reivindicación política, por medio de los cuales se nos muestran la vida y los conflictos de estos dos héroes trágicos en la actualidad. A través de una visión personal y de escenas casi autónomas se narran las diferentes relaciones familiares: madre e hijo, hombre y mujer.
Diego Domínguez plantea un espacio sobrio, de colores neutros, donde adquieren importancia la cuidada iluminación y los juegos escenográficos: bajadas y subidas de telones, una  lámpara e, incluso, una lavadora de la que nacerá Hamlet. El aire de pastiche es reforzado por una puesta en escena que alterna registros como el clown y el musical.
Demasiadas palabras, lastradas por la actividad cotidiana: comer, fornicar o visitar el retrete, hacen que el público pierda el sentido del relato; además, el peso de los grandes nombres, una y otra vez revisitados, consigue que el espectáculo no alcance todo su vuelo y los personajes no se muestren claramente autónomos.
La interpretación actoral está marcada por un elenco desigual, no beneficiado por el uso de micrófonos, del que destacan Sol López en el papel de Gerturdis, madre del Príncipe Danés, y Richard Collins Moore que en un inicio muy prometedor recita los monólogos de Shakespeare como un spoken word. A veces ocurre que los personajes secundarios se convierten en protagonistas.
Hamlet versus Medea es una obra donde se reflejan las nuevas prácticas de la escena y que intenta no perder de vista el legado de teatral; aunque, en ocasiones, el mito y sus nombres pesan demasiado.

Irene Ochoa

Teatro de instintos




Ligazón. De: Ramón Ma del Valle Inclán. Dirección: Matilde Rambourg. Dramaturgista: Javier Hernando Herráez. Espacio escénico:María Carvajal. Elenco: Haizea Águila Mingues, Javier Carramiñana, Pablo de la Chica, Elena Esparcia Pinar. Diseño de luces: Rodrigo Alonso Miranda. Vestuario: Antonio Jiménez. Música en vivo: Facundo Devitto Mokotoff. Sala García Lorca, RESAD. 

La teoría de La evolución de las especies, de Charles Darwin, nos abrió un camino en el que nuestro emparentamiento con los animales no dejaba lugar a dudas. Aún así, con el paso del tiempo y con la vorágine evolutiva en marcos más avanzados, socialmente hablando, hemos olvidado un poco esta realidad. Pues bien, de vez en cuando hay fenómenos que nos refrescan la memoria, y queramos o no, nos sorprendemos de lo que aún somos en materia genética, a pesar de los esfuerzos por alejarnos de este vínculo. Una de esas experiencias vitales que nos hacen reconocernos en esta faceta, es el teatro, sobre todo, en aquel que conserva ese aspecto ritual que en sus orígenes tuvo. Este tipo de teatralidad, donde el componente del rito pervive, es sin duda la historia que nos cuenta la obra, Ligazón, de Ramón Mª del Valle Inclán. Con ella su autor nos hace reencontrarnos con esa parte menos humana que todavía guardamos en el inconsciente, vinculada a ese modo de expresión escénica que hunde sus raíces en ceremonias ancestrales. Este hecho, fue constatado una vez más el pasado 18 de Mayo a las 13:30 en la sala García Lorca de la Real Escuela Superior de Arte Dramático, donde la representación de esta pieza, plagada de un profundo misticismo, fue retomada por la alumna, Mathilde Rambourg de 3º de Dirección y varios alumnos que cursan igual grado en las diferentes disciplinas que es esta escuela se cursan. Juntos trabajaron en una puesta en escena renovada bajo la visión de esta estudiante que hizo gala de ser conocedora de gran cantidad de recursos narrativos teatrales, que no por disímiles, entraban en contradicción. El texto original desentrañado con la acertada colaboración de Javier Hernando Herráez, fue la base de un trabajo que logró sacar el inmenso caudal expresivo de esta obra.
     La historia aparentemente clásica en la temática, donde el personaje de, La mozuela, es instada por su tía y forzada por su madre para que acepte a un hombre, no por amor, sino por beneficios materiales, será la que rija toda la trama. Esta situación entrará en pugna con los sentimientos de atracción instintiva de la joven hacia al personaje de, El afilador, que se siente arrastrado hacia esta de igual forma. Aparentemente no se nos descubre nada novedoso, ella, la novedad, se encuentra en el halo mágico y salvaje que pocos como Valle Inclán saben impregnar en el teatro. El espacio escénico ecléctico elegido, donde la intemporalidad no daba posibilidades de ubicar la trama en un contexto específico, permitía ampliar el diapasón de universalidad de la obra. 
     El vestuario también de diferentes estilos, se fundía en una estética que solo describía una cosa, facetas del comportamiento humano. La utilización de un espacio sonoro, ejecutado en vivo por el músico, Facundo Devitto Mokotoff, conformó una atmósfera entre salvaje y urbana que potenció una interpretación en la que la variedad estilística también fue protagonista. La tía celestinesca, La raposa, recordaba a las vampiresas del cine y fue eficazmente encarnada por un hombre, el actor Javier Carramiñana. Las interpretaciones protagonistas a cargo de Pablo de la Chica y Elena Esparcia Pinar, en el papel de El afilador y de La mozuela, respectivamente, respondieron con creces al planteamiento psico-físico de la puesta. En el rol de la madre, La ventera, la actriz Haizea Águila Mingues, realizó un trabajo corporal que nos hacía recordar a una marioneta del teatro Bunrraku japonés con el que nos dio una visión novedosa de un personaje que normalmente es presentado en clave tradicional. La iluminación como elemento narrativo y potenciador de clímax funcionó en todo momento.
     Al término del fatal desenlace de la trama, las elecciones de dirección, escenográficas, escénicas e interpretativas, levantaron como activados por un resorte, a un público eufórico que se reconoció en todo momento en esa historia primitiva y ritual.

Habaguanex

Armonía teatral




La Hostería de la PostaDe: Carlo Goldoni. Dirección: José Gómez. Elenco: Javier Lago, Ana Mayo, Borja Luna, Antonio la Fuente, Julian Ortega, Chema Rodríguez. Vestuario: Vicenta Rodríguez. Escenografía: José Gómez. Iluminación: José Gómez y Pedro Casas. Cartel: Paloma Rodera. Sala García Lorca. RESAD.

De forma general la armonía es el equilibrio de las proporciones entre las distintas partes de un todo, y su resultado siempre connota belleza. En música, la armonía es la disciplina que estudia la percepción del sonido en disposición vertical o simultánea en forma de acordes y la relación que se establece con los de su entorno próximo. Si creáramos una analogía con el arte teatral, en él, los acordes o partes serían la dirección, interpretación y cómo no la parte técnico- artística. En ella deberían converger de forma equilibrada todos estos factores. Y esto fue precisamente lo que tuvo lugar en la representación de la obra, La Hostería de la Posta de Carlo Goldoni, llevada a escena en la sala Valle Inclán de la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid, el día 20 de abril del presente año, por un grupo de actores y personal artístico por la batuta del estudiante de 3º de Dirección de Escena, José Gómez. 
     La corta pieza del siglo XVIII, bajo clave de comedia, donde su autor se aleja del teatro erudito de su época y de la propia improvisación de la Commedia dell ́Arte que en su día cultivo, cuenta una historia amorosa de enredo en la que un único personaje femenino experimenta desde la transgresión a la imposición matrimonial, hasta el descubrimiento en sí misma de una emancipación como mujer al final del periplo. El escenario concebido para esta puesta fue único y conformado por un espacio prácticamente vacío con solo seis sillas colocadas en diagonal muy cerca del telón de fondo. En ellas los actores esperaban en pose sus correspondientes turnos para interpretar. Estos, en la inmovilidad, trasmitían sus energías, que se percibían conectadas a lo que ocurría en el desarrollo de la obra, aún sin intervenir directamente. Cabe destacar el dominio estilístico del que todos hicieron gala, destacándose el desempeño escénico de Javier Lago y Ana Mayo en los papeles de Conde y Condesa respectivamente. La valía de todo el elenco brilló por derecho, sobresaliendo sobre todo las labores en el dibujo de sus respectivos personajes, Borja Luna, como el Teniente y Chema Rodríguez, como el Camarero. El núcleo de la acción transcurre en el término medio más cercano al espectador, transformable solo por la acción física de los actores y por la utilización de algún elemento de atrezzo. En él y a pesar de la cercanía al público, los actores se desenvolvieron con gran dominio de las tablas con un trabajo de movimientos que se fusionaba con la psicología de los personajes. La ductilidad, tanto física como interpretativa primó en ellos, aportando gran dinamismo y esa capacidad mística de empatía absoluta con los presentes. 
     José Gómez en su desempeño como director, logró un eficaz empaste, en cuanto a la guía actoral se refiere. Su concepción del espectáculo logró mostrarnos una técnica basada en explorar al máximo las capacidades interpretativas, espaciales y simbólicas que emanan de la obra, además de una armonía estilística. El joven director con un lenguaje sutil nos ha llevado por los caminos más contemporáneos que el texto de Goldoni nos presenta. De esta forma el mensaje de la obra alcanza un grado de vigencia que la hace ser recibida de una manera latente y viva. La iluminación fue escueta y simple, si se quiere, pero efectiva y convincente en cualquier caso. El vestuario y la caracterización perfectamente seleccionados y cuidados hasta el más mínimo de los detalles, pasó la prueba del algodón a pesar de la proximidad casi palpable de la mirada de los presentes. Fue sencillamente otro de los elementos cruciales que aportaron esa compresión estilística y esa unidad compositiva a la representación. La Hostería de la Posta, de la RESAD, percibida como pieza artística, logra un equilibrio en todas las partes que la conforman, aflorando en ella esa, “armonía teatral” y perfecta disposición en el conjunto de sus “acordes escénicos”.

Habaguanex

"Hamlet vs Medea". Un resultado académico‏




Hamlet versus MedeaDe:· María Velasco. Idea y dirección: · Diego Domínguez. Elenco: · Yayo Cáceres, · Nuria de Luna, · Richard Collins Moore, · Sol López, · Jorge Mayor, Paula Ruiz López, · Elena Lombao, · Sergio Milán. Escenografía: · Miguel Ruz. Iluminación: · Juanjo Llorens. Sala Valle Inclán. RESAD.

Para casi todos los egresados de cualquier sistema de estudios, desentenderse del cordón umbilical que lo une a los patrones aprendidos y lograr definitivamente perfilar su propio estilo, es casi siempre una tarea ardua. Durante los primeros tiempos el neófito en materia práctica, va recurriendo una y otra vez a ese depósito de conocimientos que ha recibido a partir de la experiencia de otros. Más tarde esas nociones, como el sedimento, deben asentarse para dar paso a algo nuevo y personal. Un ejemplo fehaciente de este fenómeno, está presente en la propuesta teatral que en la sala Valle Inclán de la RESAD, presentaron los noveles María Velasco y Diego Domínguez, dramaturga y director respectivamente. La materia prima en la que confiaron los creadores, evidencian la necesidad de apoyarse en la seguridad que siempre ofrecen, dos de las historias más populares y exitosas del repertorio teatral, la Medea de Eurípides y el siempre bien recibido Hamlet de Shakespeare.
      La relaciones humanas entre mujeres y hombres presentes en ellas, son sin duda la fuente inspirativa de esta revisitación, que se revela en el sonoro y prometedor título de: Hamlet vs Medea. En ella los problemas de género, las divergencias en las concepciones vitales que históricamente han diferenciado a ambos sexos, se ponen de manifiesto. Son una especie de prolongación ancestral que se extiende, casi idéntica y sin solución, hasta nuestros días. Es a partir de esta temática que el soporte textual, concebido por Velasco, recorre un camino que oscila entre lo extremadamente cotidiano, lo escatológico y sobre todo hace un gran esfuerzo por granjearse la empatía del público, tocando temas socialmente cercanos con el empleo del argot informático. Su factura es alta, no cabe duda. En toda la primera parte del espectáculo nos sorprende su capacidad de riesgo y fluidez de ingenio. Nos muestra situaciones interesantes que nos llevan a identificarnos con las tesis que plantea en materia de actualidad, mezcladas con los problemas humanos de siempre. Esos conflictos que los personajes de ambas tragedias nos revelaron en su día, son retomados para contarlos modificados y desde el presente. Pero fue con el avance de la representación cuando precisamente el planteamiento dejó de funcionar y la inquietud en el asiento de los espectadores comenzó a producirse. La reiteración del mismo recurso lingüístico y el abuso de explotar situaciones similares, llegaron a saturarnos. La acumulación a toda costa de lo aprendido, como un inmenso cuaderno de apuntes de clase, hicieron que la novedad conseguida en un principio se esfumara de forma lamentable. Sobre la dirección escénica en manos de Domínguez, cabe decir que no albergamos ninguna duda de que el recientemente egresado de la Real Escuela Superior de Arte Dramático tiene grandes aptitudes. Su propuesta, rica en imaginación, donde las ideas de aquí y de allá se dieron cita, nos pone al tanto para seguir de cerca a este creador. ¿Su desacierto? La acumulación sin orden ni consenso de infinidad de herramientas, seguramente aprendidas durante su experiencia estudiantil. De igual modo, la desigualdad en el trabajo con los actores, también bajo su tutela, donde no todos estaban en la misma clave, son elementos a ser tenidos en cuenta para futuros proyectos. Sin duda esta fue una de las causas fundamentales que no permitieron que la armonía acompañara el desarrollo de la trama. En este sentido, es destacable el desempeño de la experimentada actriz, Sol López, Gertrudis, quien dejó patente su valía interpretativa y vocal y el del actor Yeyo Cáceres, Hamlet, el cual se mostró convincente y equilibrado en su desempeño durante toda la representación con una interpretación creíble y sincera. Otro aspecto destacable que atentó contra la propuesta, es el desacierto de optar por la amplificación artificial en un teatro que posee todas las características acústicas propias para el desempeño natural de la voz. La interferencia de ruidos y sonidos parásitos ajenos a los propósitos de la obra, hicieron desconectar en más de una ocasión la concentración de los espectadores, e incluso la de los propios intérpretes. 
      El espacio funcional y simultáneo, que permitía pasar de una recamara a un comedor con solo cambiar la iluminación, ofreció un tiempo vertiginoso y la posibilidad de realizar elipsis, así como mezclas y cambios entre las historias, pero de igual modo descendió por la cuesta del abarrotamiento. El diseño de luces que desfiló bajo la autoría, de Juanjo Llorens, consiguió que en muchos momentos de la representación, las sombras, no se sabe bien si intencionadamente, fueran las protagonistas.
      Acertar al cien por cien en un proyecto novel, es solo obra de la casualidad o de esa magia que inunda todo lo que toca cuando asistimos a algunas representaciones teatrales. En el caso de Hamlet vs Medeaesto se logró por momentos y seguramente el rodaje y la experiencia, tanto del espectáculo como de sus creadores, serán el factor imprescindible para rozar, sino llegar a la añorada catársis.


Habaguanex

Mondadientes y sueños




El deseo de ser infierno. De: Zo Brinviyer. Dirección: Antonio Laguna. Elenco: Borja Floü, Eli Zapata, Francisco Ortiz, Ángel Peraba, Manuel Moya, Jaime Moreno, Juanma Rocha. Coach: Carlos Silveira. Ayudante de Producción: Gloria Abálate. Escenografía: Alberto Desiles, Beatriz Solís. Vestuario: María Arévalo. Espacio Sonoro: Mario Mocanu. Iluminación: Pau Ferrer. Sala Valle Inclán, RESAD.

Hay una polémica que debería ser reavivada en la hoguera de la asamblea teatral: como mantener la tensión entre dos aspectos de la recepción artística, el intelectual y el emocional. En el caso que nos ocupa, la complicidad intelectual con el público estuvo presente sin duda. Pero un espectador que comprende y se identifica con los personajes queda atrapado. Sucede como si el autor hechizara al público, la emoción hechiza. Y aunque el teatro tenga que cargar y lidiar con ello, es un hecho que la exageración crea una distancia nada favorable. En este aspecto, pudimos sentir que, en algunos momentos, los actores pasaban al terreno de la excesiva afectación. Aunque en otros nos sobrecogieran.
       El texto, de la dramaturga Zo Brinviyer (Madrid, 1982), El deseo de ser infierno, resultó ganador del premio Calderón de la Barca 2010. La pieza recoge la existencia de una institución penal infantil a finales del siglo XIX, en la ciudad francesa de Mettray. Pero esta es solo una de las dimensiones del texto. Uno de los internos del centro penitenciario se encuentra con Calamity Jane y con Billy el Niño, debido a una gira europea del circo de Buffalo Bill.
       Estos ecos del salvaje oeste nos hacen recordar aquel género americano, el western, y algunos filmscélebres del más europeizado spaghuetti western, con el El bueno, el feo y el malo Pat Garret y Billy el Niñocomo bandas sonoras. Digo bandas sonoras porque, literalmente, el telón se levanta con Billy silbando las famosas notas que nos traen a la mente, de forma automática, la imagen de una bola tumbleweed rodando por el desierto. Estos referentes, ya de entrada hacen atrayente el espectáculo. Pero además se nos presenta una historia de violencia, en la que el único modo de proteger el derecho a soñar es caminar por el desierto con un mondadientes en la boca.
       La escena ha sido inteligentemente dispuesta, creando un espacio fijo que sirve para los interiores, la cárcel, lugares de encuentro, etc. Un bello y sencillo lienzo de fondo en el que figura el desierto. Y el piano en un lateral, donde Billy the Kid observa y ameniza con canciones al más puro estilo tasca del far west, mezclado con un aire punk. Este interactúa con el resto, escurriéndose meta teatralmente entre escena y escena como un espectro omnisciente. Tal vez hubiera sido necesario un nexo escénico entre dimensiones, un recurso que marcara el punto de encuentro espacial entre los personajes. Esto daría más sensación de totalidad al montaje, que dura dos horas largas y en algunas ocasiones invita a la distracción.
       No debemos olvidar que estamos ante el proyecto final del estudiante de dirección de la Resad, Antonio Laguna, ante un texto exigente por su elevación poética y su arriesgada propuesta temática. En este sentido, la puesta en escena deEl deseo de ser infierno se revela como feliz comienzo de año 2012, retando al duelo de mantener la solidez escénica en sucesivos montajes. Y dejándonos la promesa de leer y ver más obras como ésta, profesionales y humildes, divinas y entretenidas.
 
Fabricio Barreiro

Desde lo invisible




Rezad, la caridad comienza por casa: Homilía de los milagrosDirección: Andrés del Bosque. Elenco: Mario Martínez, Haizea Águila, Nerea Palomo, entre otros. Sala García Lorca. RESAD.


Lo invisible hecho realidad. Un teatro realizado con lo mínimo, o visto de otra forma, con lo suficiente: El actor, su cuerpo y la comunidad (espectador). Peter Brook decía que la creación teatral es un impulso reflexivo, una acción de precedencias míticas o de hechicería. Un espacio sagrado, donde lo invisible hace presa a nuestros pensamientos y lo absorbe. En si, un reflejo del mundo donde se vive.
El director Andrés del Bosque, citando a Peter Brook, coloca una alfombra al centro de un espacio vacío. Y así lo recibimos apenas entrar en la sala. Un pequeño homenaje a este director Inglés que desde los años cincuenta del siglo pasado trabaja sobre las tablas de diferentes teatros del mundo.
Cuando estamos colocados Andrés del Bosque toma la palabra y tal como un Chaman de cultural primitivas, nos alecciona sobre lo que va a suceder, lo venidero. Pronto nos escuchamos cantando y luego, sin saber cómo, nos vemos bailando una danza Sufí. Aquí comienza el espectáculo, uno donde nosotros somos tan protagonistas como los actores.
Homilía de los milagros es un trabajo que desprende pureza, sencillez y confianza tanto en el cuerpo como en la palabra. El montaje se articula y toma como hilo conductor fragmentos de la Biblia reconocibles por la gran mayoría, pero trabajados desde tres vértices que se fusionan dentro del relato: el actor, el personaje y el narrador. Cada uno inserto en un único individuo que se expone antes de comenzar el relato con sus miedos y esperanzas sobre la acción que realizará.
Este hecho, buscado con sutileza por el director, es una manera suspicaz de hacer participe al público con su empatía. Nos sentimos identificados con el actor y lo comprendemos. Ahora nos presenta su monólogo, lo ayudamos y reímos sus gracias. Todo parece ir bien. Al acabar la presentación, nos mueven, nos hacen bailar y cantar. Ahora tenemos el tiempo de reflexionar lo que nos han narrado. Sentimos la fascinación del rito, del nacimiento del teatro, de lo que muchas veces extrañamos en nuestras salas: La comunión.
El lenguaje, usado para congeniar los diferentes temas con el público fue uno común, sin refinamiento, y en ocasiones duro, pero entendible para todos los ahí presentes. El vestuario, que fue un gran acierto, producía la extrañeza de no contextualizar en una época determinada o en una situación determinada a los personajes. Así podíamos ver desde monjes, en un momento determinado, hasta una prostituta, sin cambiar nada de su vestimenta más que la actitud del cuerpo.
En sí, Homilías de los Milagros, es un montaje que nos transporta a la historia del teatro. Una historia en que todos somos participes y que honra al hombre, la cultura y la vida.

P. Ugrumov

La ley divina




Fatum. Textos de: Sófocles, Pablo Neruda y otros. Dirección: Ana Vázquez de Castro. Elenco: Adán Coronado, Sofía Cruz, Julia Fournier, Pablo Gallego, entre otros Vestuario: Ana Montes. Espacio sonoro: Albano Matos. Sala García Lorca. RESAD.


Nacemos y morimos llorando. Y durante el transito nos encontramos tentados a aceptar alguna verdad en la que sostenernos. Pero caemos y de nada sirven nuestros lamentos. Estamos condenados. Al igual que a todos los que nos precedieron. Al igual que a todos los hombres venideros. 
Fatum, dirigida por Ana Vázquez de Casto, nos presenta una propuesta en que el cuerpo y sus múltiples funciones son el protagonista e hilo conductor del espectáculo. Describiendo y revelando conductas humanas básicas en las que no todos reparamos para cuestionarlas o aceptarlas. Pero que son tan inherentes al hombre como la vida misma.
Dentro de este marco fueron los alumnos de Interpretación Gestual los que se tomaron, literalmente, el escenario y nos enseñaron varias lecciones sobre el compromiso corporal y emocional dentro de la representación. Una propuesta coral donde ninguno destacó sobre el resto y en donde todos buscaron un objetivo común: un exquisito resultado final.
El montaje dividido en varias escenas, en donde podemos destacar la relación del poderoso con el desposeído, la búsqueda y posesión del amor, la codicia y su ignorancia, la lujuria y el desconocimiento hacia el diferente marcaron los puntos más altos dentro de la obra. Todo esto entre cantos realizados por los actores, trabajo de telas y danzas donde se realzaba la figura del cuerpo como medio de codificación de los distintos temas y que se entregaban al público a base de experiencia.
Quince intérpretes, que en todo momento se mantuvieron sobre el escenario, fueron una masa que con desenvoltura se apoderó del espacio y de los diferentes registros que proponía el montaje. A veces, llevando sus cuerpos a los límites más crudos y poco estilizados como en una batalla o a momentos poéticos tan dulces como cuando interpretan a modo de coro un poema de Pablo Neruda.
De esta forma pudimos observar como por momentos ese grupo se transformaba desde pequeñas individualidades a configurar todo un pueblo. Y nosotros mismos estábamos ahí y ellos nos exponían. Cada uno con su destino, cada uno con el camino predeterminado al llanto. Uno que nunca será alegre, pero que al menos nos señala como individuos únicos y maravillosos. Personas cuyas vidas son dignas de ser contadas.

P. Ugrumov

Política y teatro




Los excelentes varoresDe: Max Aub. Dirección: Manuel Bañez. Elenco: Alberto Hold, Juan Carlos Puerta, Jorge Riquelme, Roberto Tejedor, David Savioz. Escenografía: Antonio Jiménez. Coreografía: Xeria Sevillano. Sala García Lorca. RESAD. 

La política está ligada al teatro de una manera indisoluble. La política es, sin duda, gran parte de nuestro discurso diario y de nuestras vidas. Nos lleva a nuevos espacios y nos hace formar nuevas comunidades. Por lo tanto, lícita es la participación de la política dentro de la esfera del teatro como despertador de conciencia, pero uno debe de ser cuidadoso al tratarla y como premisa se debe de tener en cuenta que el discurso no aburra o no pierda a ningún espectador por el camino. Y este es el problema de los grandes temas en el teatro.
Los excelentes varones de Max Aub, es una obra que sucede en la Alemania nazi en donde las libertades y presiones sociales son demasiadas y cada una va destinada a fortalecer el poderío del Reigh. Dos agentes estudian persona a persona buscando a posibles desertores. Pronto se ven envuelto en la conspiración para silenciar a un científico que puede desmantelar sus planes.
El estudiante de dirección Manuel Bañez llevó a escena esta obra con un sentido estético apreciable, rescatando conceptos presentes en el texto y llevándolos a la puesta en escena en forma de movimiento (teatro gestual). La presencia de ese actor, que nunca dijo palabra, y que expresaba con el cuerpo el poder y la violencia, infringida por la policía de la época, fue un acierto del montaje. Aunque desde aspectos técnicos, los movimientos que realizaba se vieron un tanto forzados y sin la cualidad física necesaria para sostener el poder que señalaba. Denotando el cansancio del esfuerzo físico y la resistencia de un cuerpo poco preparado para ese tipo de acciones.
La escenografía a cargo de Antonio Jiménez tuvo el problema de generalizar y no de particularizar el lugar donde se desarrollaba la acción. Un mural repleto de fotos, que recordaba las innumerables masacres que han ocurrido en la historia actual del hombre no se presentó como algo preciso y digno de contar en este momento y lugar, sino como una excusa a la denuncia de cualquier sistema opresor. Dejando así la idea un tanto estéril y poco trabajada.
El texto de Max Aub es un texto complicado para cualquier director. Es un texto donde la palabra se llena de discurso e intención política. Y este es el punto en que se vio más débil el estudiante de dirección. Dotando a los actores de un tono de voz parejo y sin matices donde lo que primaba era la comprensión para el público del discurso empleado. Una lucha dialéctica interesante, pero que terminó siendo monótona por el mal uso de éste.
Por lo tanto, Los excelentes varones de Max Aub, se presentó como una obra con un desarrollo previsible. Y donde el uso estético del cuerpo humano fue lo más destacado. Llegando a regalarnos momentos poéticos y reveladores como cuando el policía, sobre una mesa, juega al golf con un peón como pelota.

P. Ugrumov

Un teatro para nuestra época‏




El vergonzoso en palacio. De: Tirso de Molina. Versión: Yolanda Mancebo y Yolanda Porras. Dirección: Yolanda Porras. Elenco: Ines Recuero, Luis Seguí, Macarena Sanz, Alberto Barahona, David Aguirregomezcorta, Mapi Molina, Inés Bucero, Cristina Gil, Joana Messias, Fernando Delgado, Ainoa Blanco, Antonio Rodríguez, Cristina Bucero, Ivan Serrano. RESAD, Sala García Lorca. 8 de Marzo 2012.

El teatro del Siglo de Oro, en la actualidad, está lleno de prejuicios. Y con ellos se debe de luchar al ir a presenciar una obra de la época: El habla en verso, la visión machista, la xenofobia, los personajes de la monarquía, etc. Pero sólo basta una buena representación de este gigante repertorio para romper con cualquiera de estas ideas.
La oportunidad la tuvo esta vez Yolanda Porras con la dirección y adaptación, en compañía de Yolanda Mancebo, del Vergonzoso en palacio de Tirso de Molina. La obra se vio en todo momento con un ritmo ágil y una puesta en escena sobria, llevada a cabo por un grupo de interpretación de tercer año de la RESAD.
El escenario desprovisto de cualquier elemento de escenografía contó con una estructura practicable en el centro de la escena que recreo los diferentes espacios con la ayuda de la palabra o un elemento significativo. De esta forma vimos como ese lugar se transformaba en un bosque, en una habitación, en un palacio, etc. Dos hileras de sillas a los costados  donde esperaban su turno los actores fue el lugar donde se producía la música que era realizada en directo por los propios intérpretes.
Si pensamos que para los contemporáneos de Tirso el teatro significaba una fiesta, un lugar donde divertirse y donde el teatro era el guía en un día de diversión; sin duda nos quedamos cortos con cualquier propuesta teatral de la actualidad. Sin embargo, este teatro tiene una energía que brota como una necesidad y se hace escuchar. Y por eso fue una fiesta lo que presenciamos dentro de la sala García Lorca (RESAD) durante esas casi dos horas que duraba la representación. Una fiesta que no nos mostró antigüedad.
El verso se transformó en música dentro del espectáculo. Un verso, que por las características del autor, podríamos  denominar como “duro”, pero con gran carga sicológica en la elaboración de los  personajes. Esto, sin duda, ayudó para producir la empatía con el espectador y eso fue uno de los aciertos de la adaptación Yolanda Porras y Yolanda Mancebo que supieron mantener ese carácter y además entregaron más competencias a ciertos personajes que en la obra original no poseían reduciendo por ende la cantidad de actores necesarios.
La dirección de actores nos propuso una puesta en escena alejada de una concepción naturalista donde se jugaba mucho con la imaginación del público. La entrada y salida de los actores en diferentes escenas fue un gran acierto y ayudó a mantener el ritmo de la obra. Los actores se vieron aplicados, pero en un comienzo un tanto “encorsetados” con el verso. Sin embargo, a medida que la obra avanzaba se iban encontrando más cómodos en el registro y en la dicción, que al comienzo de la obra, mostró un nerviosismo propio del principiante.
A pesar de estos pequeños errores, lo que vivimos fue una experiencia encantadora donde la concentración y el trabajo fueron los principales sostenes del espectáculo. El ritmo no decayó en ningún momento y los cambios de actos de inmediato eran amenizados por cantos que como un leit motiv nos anunciaban lo que sucedería a continuación. El público agradeció, sin ninguna duda, con unos calurosos aplausos al acabar la función a estos jóvenes actores que demostraron una vez más que no existe un teatro antiguo para un buen montaje.

P. Ugrumov

Humildad vs Majestuosidad‏




Hamlet vs Medea. De: María Velasco. Dirección: Diego Domínguez. Elenco: Yayo Cáceres, Nuria de Luna, Richard Collins Moore, Sol López, Jorge Mayor, Paula Ruiz López, Elena Lombao, Sergio Milán. Escenografía: Miguel Ruz Iluminación: Juanjo Llorens. Figurinismo: Patricia Novillo-Fretrell. Diseño Sonido: Luis López Segovia. Director Musical: Miguel Magdalena. Coreografía: Maryluz Arcas. Sala Valle Inclán. RESAD.
  
HvsM: Hamlet vs Medea una obra producida dentro de las aulas de la RESAD en la que se pretendió un acercamiento hacia la profesionalidad como resultado final. Una puesta en escena que produjo numerosas expectativas, pero que a final de cuentas entregó disímiles impresiones.
     No hay duda que María Velasco es una de las promesas de la dramaturgia contemporánea del teatro español. Y que poco a poco va consiguiendo notoriedad dentro del medio. Esto se debe a su trabajo y a la búsqueda de un lenguaje que, obra tras obra, va forjando como propio. En HvsM esto se explota con bastante acierto con monólogos ácidos y descripciones cotidianas que en muchas ocasiones se acerca a lo escatológico con un espíritu poético siempre presente.
     La obra nos presenta, en una época actual, a un Hamlet rico y una Medea de un barrio popular español donde cada uno bordea los limites de la locura. Estos personajes, que en muchas escenas pareciera que se interpretan a si mismos, buscan saber cual es su destino. Actúan dentro de lo dramático esperando el momento de que comience la tragedia. Una tragedia donde esperan su expiación.
     La dirección de la obra estuvo a cargo del estudiante de la RESAD Diego Domínguez por el taller de cuarto año de la especialidad de dirección. La puesta en escena, plagada de efectos que buscaban el deslumbramiento del espectador, rozó en todo momento la ambición de demostrar lo aprendido. Olvidando que la imaginación del espectador es algo fundamental para la comunión -para el rito- que se debe de producir dentro del teatro. Así la puesta en escena careció de lo más esperado: un ritmo constante de principio a fin que movilizara al espectador.
     La dirección de actores fue uno de los puntos más altos, pero que se vio limitado por el uso de micrófonos que se acoplaban y producían ruidos no previstos, quitándoles libertad y comodidad dentro de la función. El sonido, trabajado únicamente desde el punto de vista de la dirección, falló en la musicalidad del conjunto del espectáculo. De esta forma el ritmo que debía de mantener en pie las dos historias se vio dificultado, produciendo un rápido agotamiento de los recursos, que concluyo con el decaimiento del resultado final.
     HvsM en su búsqueda del paralelismo y la unión de estas dos grandes figuras del teatro mundial de todos los tiempos, Hamlet y Medea, arrastró consigo una discusión que durante mucho tiempo ha estado presente en el teatro y que no es otra qué para quien se hacen obras: para entendidos o para público común. Muchas de las ficciones que se vivieron en escena se enriquecían con el conocimiento previó de los textos, pero la duda es ¿Funcionaría fuera de un ambiente de pedagogía teatral?
     Quizás lo que le falto a este montaje fue humildad para confiar en una buena historia, quizás se esperaba demasiado de figuras como Hamlet y Medea o quizás siempre se espera algo de los estudiantes que estos nunca alcanzaran, pero sin duda lo que esperamos cada vez que vamos al teatro es sentirnos participes de una acción y que esta nos mueva. 

P. Ugrumov


En nuestra memoria




In memorian. De: Cecilia Guelfi y Alejando R. Sánchez. Dirección: Romina Medina y Aristeo Mora. Elenco: Cristián Vázquez, Alejandro Domínguez, Miguel Sepúlveda, Jesús Melen, Guille de los Santos, Paula Ruiz, Beatriz Fernández, Irene Serrano y Marta Naharro.Escenografía: Pilar Peñalosa. Iluminación: Maite Agorreta. RESAD. Sala Valle-Inclan. 29 de Noviembre 2011.

Un velorio donde ninguno de los presentes conoce al muerto, pero todos tienen la obligación de estar ahí. Con este marco los dramaturgos Cecilia Guelfi y Alejandro R. Sánchez abordan un complicado tema del que salen airosos gracias al ritmo, la hilaridad e incluso a los momentos poéticos que resplandecen en distintos lugares del texto.  
     Al entrar vemos que el espacio ha sido modificado. Algunas mesas y lamparillas se esparcen por el lugar. Estamos en un café concert o un teatro de variedades, vemos a los actores vestidos entre toques circenses, intentando aprenderse un papel y entender sus intenciones. Escuchamos a un prologuista que nos narra una graciosa historia que nos hace el momento más ameno mientras nos sentamos. La propuesta del espacio es agradable. La cuarta pared nunca se produjo. La metateatralidad: Una representación dentro de la representación, nace desde el primer minuto y se construye en distintos espacios repartidos por la sala. Desde este importante efecto se desarrolla la correcta dirección de Romina Medina y de Aristeo Mora, y que nos lleva del personaje al actor en distintos y logrados momentos claves de la obra.
     La dirección y el elenco pareciera que se entendieron de inmediato y de un modo adecuado. Las actuaciones correctas y sólo forzadas en unos pocos momentos no afectaron en demasía el tono general del montaje.
       La escenografía, sin embargo, fue el mayor acierto. Un espacio que en el papel parece frío –un velatorio- lo transformaron en algo festivo. El decorado, como por ejemplo un ataúd, lo dotaron del extrañamiento necesario que nos prohibió entrar en el psicologuismo de los personajes o en la veracidad de la acción. Concibieron tanto el patio de butacas como el escenario como un único espacio, entregándonos esa sensación de que nosotros también somos cómplices del engaño que se desarrolla en la trama de la obra.
     Por lo tanto, “In Memorian” es una obra que se mantiene erguida en todo momento conquistando nuestra atención. Conduciéndonos por un agradable camino que nos señala nuestro comportamiento, nuestro mundo, el teatro, y todo el juego que hay en el.

P. Ugrumov

En contra del tiempo



Reanimador (Herbert West). De: H.P. Lovecraf. Dirección: Germán Collado. Dramaturgia: Germán Collado y J.C. Beas. Elenco:Antonio Luque, Cristina González; Gorkia Martín y Juan Uriel. Escenografía e Iluminación: Ana Montes. Vestuario: Sergio Guerra. Sala Valle Inclán. RESAD.

Llevar a escena una dramaturgia basada en un relato de terror de H. P. Lovecraft, es cuanto menos arriesgado, pero no por ello poco acertado. El relato narra los resultados de las investigaciones del Dr. Herbert West sobre la muerte y la reanimación del cuerpo humano, desde sus tiempos de estudiante en la ficticia Universidad Miskatonic, hasta poco después de la Primera Guerra Mundial.
Este relato, llevado a la pantalla en tres ocasiones y ahora al escenario teatral, nos cuestiona el significado de lo trascendente, el paso de la vida a la muerte, o más bien al contrario, de la muerte a la vida;  a una vida dónde están los desposeídos de alma. La lucha de una parte de la ciencia contra la muerte del cuerpo. Vemos cómo son  llevadas a cabo en escena varias reanimaciones de cuerpos muertos, y a un científico ladrón de cadáveres torturado por la evolución de sus investigaciones. Un drama desprovisto de humor con ingredientes de sangre que aún rozaba el pudor escénico.
Toda la excentricidad que requiere el personaje protagonista se ve rodeada de unos espacios escénicos dónde parcelados adecuadamente podrían aumentar esa excentricidad, o envolverle de un aura casi cotidiano en un matrimonio corriente. Pero la diferencia de registro del personaje científico en estos espacios (aunque bien diferenciados estéticamente en su conjunto), no lo estuvo tanto en su registro interpretativo. El ayudante sostuvo su papel hasta el final, entre otras cosas porque fue asesinado. La actriz que encarnaba a la esposa del científico, estuvo más brillante en su interpretación de zombi que en el de esposa, aunque tampoco estuviera nada mal. Una mezcla de un realismo fantástico con otra suerte de realismo verista. Lo tradicional en ella, frente a lo atávico y lo siniestro de él.
Vestuario austero, elegante y frio. Una escenografía única cargada de elementos en una multiplicidad de espacios. Si algo sobraba, sería alguna escena  donde mantenía encarcelado a sus rehenes muertos, que hubiesen creado más inquietud desde la extraescena. Una atmósfera gris con luz blanca, y un conseguido cementerio iluminado al borde derecho del escenario, daban ese ambiente mortuorio del terror. Una especie de gran salón con ningún elemento de Ikea.
Lo narrativo y lo visual unidos creaban -no en pocas ocasiones- una fusión, destacando lo visual o lo estético por encima sin duda alguna de lo narrativo, que explicado a comienzo de la obra en una conversación filosófica y metafísica entre Herbert y su ayudante, quedaba claro cuál era el objeto de tales estudios, es decir, el principio químico que separa la vida de la muerte, por lo que el resto era puramente visual y entendible sin necesidad de dramas, por otro lado, nada exagerados y dando prioridad al leitmotiv, o lo que es lo mismo, la reanimación de cadáveres con el supuesto objetivo de desafiar las leyes naturales.
En definitiva, una arriesgada y conseguida puesta en escena de un joven director dentro de un género teatralmente complejo. Un final algo desconcertante dejó al público en silencio durante unos segundos hasta que se iniciaron los aplausos. Lo que parece avalar que ir en contra del tiempo es aún, desconcertante para nuestro imaginario.

Juana Galgo Vereda

viernes, 22 de junio de 2012

Portazo a Goldoni




La hostería de la Posta. De: Carlo Goldoni. Dirección: José Gómez. Elenco: Antonio de la Fuente, Javier Lago, Borja Luna, Ana Mayo, Julián Ortega, Chema Rodríguez. Vestuario: Vicenta. Sala Garcia Lorca. RESAD.

El que fuera considerado el fundador de la Comedia Italiana moderna, Carlo Goldoni, ha llevado a los escenarios sus obras durante casi tres siglos, como todo buen clásico. Hoy, la Escuela de Arte Dramático cede una de sus salas para que el joven director  José Gómez nos lleve a conocer su propuesta sobre una pieza de este autor que entre muchos temas nos habla sobre la honestidad del amor en la mujer y sus obligaciones. Son múltiples los temas que podemos extraer de la obra. Sobre todo una fotografía de la alta sociedad veneciana del siglo dieciocho.
Dejando al margen una trama simple, encontramos sencillez en los elementos necesarios para que la obra sea representada: una austeridad de escenografía en escena -sin necesidad de cambio de decorado- y también del propio enredo de la obra. No podemos decir lo mismo del vestuario fiel e historicista, o bien; de una lámpara de araña como símbolo de la suntuosidad de esta clase alta. Seis sillas sobre el escenario. Seis representantes que sentados toda la obra, esperaban su momento de gloria con cierta presencia escénica propia de su clase social elevada.
Una mezcla de lenguajes y códigos, entre naturalismo, farsa y comedia del arte que en momentos rompía y en momentos trasladaba a lugares ajenos a nuestra concepción actual del poder y de la vida. Nos recuerda, constantemente, nuestro lugar como espectadores, mirando lo ridículos que eran los señores y señoras de esta condición. La comedia del arte y naturalismo son difíciles de fusionar.
Lo mejor los actores cómicos, que frente al público hicieron reír con descaro a más de un espectador. La técnica del director enfocada en las capacidades interpretativas y espaciales que emergen de la obra alcanzó en su mayor parte una frescura con algún momento de distanciamiento, con los apartes dichos a público directamente. Este elemento en mi humilde opinión fue el portazo de la protagonista. Una transgresión. Un estoy harta. Una pataleta. Este final dejó al público eminentemente crítico y profesional con lecturas más o menos enfrentadas y es que fue un poco desproporcionado dentro de tanta proporción. Un gesto poco creíble en ese contexto. Y es que Nora… sólo hay una.
Un espectáculo bien armado y digno para unos, algo burgués y anticuado para otros.

Juana Galgo Vereda