sábado, 23 de junio de 2012

Dramaterapia teatral‏



Noches blancas. De: Fiódor Dostoyevski. Dirección: Ángel Gutiérrez. Elenco: María Muñoz y Carlos Herencia. Diseño de luces e iluminación: Francisco Caballero. Sonido: Alberto Mayoral. Teatro de Cámara Chéjov. 

La Dramaterapia surgió a principios de los años sesenta. Se puede comprender esta como la aplicación de una estructura dramática con un fin terapéutico. Se trata de la ordenación de los acontecimientos de una trama a través de la representación de un conflicto con sucesos y personajes. A partir de estos elementos, se produce una interacción entre los intérpretes, que en el desarrollo de la experiencia y para resolver el conflicto deberán ir transformándose. Un fenómeno similar es precisamente el que aconteció en la sala del teatro de cámara Antón Chéjov, sito en la calle San Jorge y San Damián, del barrio capitalino de Lavapiés el pasado 18 de marzo. En ella los asistentes a la representación experimentamos una terapia transformadora, viviendo hondos momentos junto a los protagonistas de, Noches blancas, de Fiódor Dovstoyevski. Estas iluminaron el cielo de Madrid con la compañía dirigida por el maestro Ángel Gutiérrez, cuya adaptación dramatúrgica es fruto de su intelecto. Fue una puesta en escena carente de alardes escenográficos y técnicos. Solo la potencia del texto, unas ricas interpretaciones y una dirección escénica experimentada, se convirtieron en los responsables de la magia que allí aconteció.
     La poderosa trama dramática plagada de romanticismo, transcurre en las mencionadas cuatro noches blancas que viven sus personajes. Este fenómeno del solsticio de verano fue el escenario en el que dos jóvenes se conocieron en un mirador a las orillas del río Nevá, de San Petersburgo. En esta historia, numerosos son los resortes emocionales y sintónicos que toman protagonismo. La soledad, la esperanza en la correspondencia de un amor, el enamoramiento sorpresivo, el desencanto y el apasionado e inesperado desenlace, serán los elementos que guiarán la historia. Unas interpretaciones a cargo de María Muñoz y Ángel Herencia, en los personajes de Nastenka y El soñador, respectivamente, fueron las responsables de introducir al público asistente en la trama. La actriz, supo transmitir la inmadurez de la joven soñadora de las primera noches, la joven destrozada en la última y la impulsiva mujer al amanecer. Su paleta interpretativa le permitió dibujar un personaje lleno de matices con transiciones emocionales de gran credibilidad. Herencia por su parte, lució por derecho. Pareció que el actor se hubiese imbuido en el espíritu de romanticismo ruso y supo irradiar con su arte, los sentimientos más puros de su personaje llegando a tocar la fibra más sensible de los presentes. Con su dolor pudimos vibrar y sentimos como nuestros cada uno de sus pálpitos y lágrimas, experimentando una Dramaterapia en toda regla.
     La dirección escénica tuvo como siempre en el maestro Ángel Gutiérrez a un absoluto conocedor de la escena con un acierto indiscutible en el terreno de la dirección de actores. Nos regaló una vez más una puesta capaz de devolver el sentido mítico y ritual que en los orígenes caracterizó al teatro.
      Todo este caudal de sentimientos transcurrió en una atmósfera simbólica; creada con solo una farola colocada en segundo plano a la derecha del espectador, una barandilla, de la cual se contemplaba en paisaje pluvial y un banco en el extremo izquierdo. ¿El resto..? La música de la ópera de Gioachino Rossini, El Barbero de Sevilla, pero sobre todo, magia y rito. Una iluminación sencilla pero acertada apoyó en todo momento un espectáculo de gran profesionalismo, en una sala humilde, donde queda demostrado, que una catedral no lo es por su tamaño, sino por el tesoro o reliquia que atesora en su sagrario.

Habaguanex

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