miércoles, 26 de enero de 2011

Poema A La Memoria Desgraciada Del Joven Literato D. Mariano José De Larra de José Zorrilla


Larra se suicidó el 13 de Febrero de 1837; al día siguiente fue su cadáver conducido al cementerio de la Puerta de Fuencarral. Al entierro asistió una gran parte de la intelectualidad
madrileña, entre ellos Nicomedes Pastor Díaz, que será quien describa con mayor fidelidad el
suceso. Su crónica de aquel día y extravagante momento formará parte del prólogo con el que
Zorrilla encabezará su primer tomo de Poesías, publicado ya ese mismo año.

Era una tarde de febrero. Un carro fúnebre caminaba por las calles de Madrid. Seguíanle en
silenciosa procesión centenares de jóvenes con semblante melancólico, con ojos aterrados.
[…] Entonces, de en medio de nosotros, y como si saliera de bajo aquel sepulcro, vimos brotar
y aparecer un joven, casi un niño, para todos desconocido. Alzó su pálido semblante, clavó en
aquella tumba y en el cielo una mirada sublime, y dejando oír una voz que por primera vez
sonaba en nuestros oídos, leyó en cortados y trémulos acentos los versos […] que el señor
Roca tuvo que arrancar de su mano, porque desfallecido a la fuerza de su emoción, el mismo
autor no pudo concluirlos. Nuestro asombro fue igual a nuestro entusiasmo […] bendijimos a la
Providencia que tan ostensiblemente hacía aparecer un genio sobre la tumba de otro, y los mismos que en fúnebre pompa habíamos conducido al ilustre Larra a la mansión de los muertos, salimos de aquel recinto llevando en triunfo a otro poeta al mundo de los vivos y proclamando con entusiasmo el nombre de Zorrilla.


POEMA

Ese vago clamor que rasga el viento
es la voz funeral de una campana;
vano remedo del postrer lamento
de un cadáver sombrío y macilento
que en sucio polvo dormirá mañana.

Acabó su misión sobre la tierra,
y dejó su existencia carcomida,
como una virgen al placer perdida
cuelga el profano velo en el altar.
Miró en el tiempo el porvenir vacío,
vacío ya de ensueños y de gloria,
y se entregó a ese sueño sin memoria,
¡que nos lleva a otro mundo a despertar!

Era una flor que marchitó el estío,
era una fuente que agotó el verano:
ya no se siente su murmullo vano,
ya está quemado el tallo de la flor.
Todavía su aroma se percibe,
y ese verde color de la llanura,
ese manto de yerba y de frescura
hijos son del arroyo creador.

Que el poeta, en su misión
sobre la tierra que habita,
es una planta maldita
con frutos de bendición.

Duerme en paz en la tumba solitaria
donde no llegue a tu cegado oído
más que la triste y funeral plegaria
que otro poeta cantará por ti.
Ésta será una ofrenda de cariño
más grata, sí, que la oración de un hombre,
pura como la lágrima de un niño,
¡memoria del poeta que perdí!

Si existe un remoto cielo
de los poetas mansión,
y sólo le queda al suelo
ese retrato de hielo,
fetidez y corrupción;
¡digno presente por cierto
se deja a la amarga vida!
¡Abandonar un desierto
y darle a la despedida
la fea prenda de un muerto!

*

Poeta, si en el no ser
hay un recuerdo de ayer,
una vida como aquí
detrás de ese firmamento…
conságrame un pensamiento
como el que tengo de ti.

Carta a José Zorrilla:

Muy señor mío: he tomado la dirección de El Español, periódico cuyas columnas surtía Larra con sus artículos: pues la muerte se llevó al crítico dejándonos al poeta, entiendo que éste debe de suceder a aquél en la redacción de El Español. Sírvase usted, pues, pasar por esta su casa, calle de la Reina, esquina a la de las Torres, para acordar las bases de su contrato. Suyo, afectísimo,
J.G. de Villalta

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