viernes, 22 de junio de 2012

Teatro despierto


Los hijos se han dormido. Texto y dirección: Daniel Veronese. Elenco: Claudio Da Passano, María Figueras, Berta Gagliano, Ana Garibaldi, Fernán Miras, Osmar Núñez, María Onetto, Carlos Portaluppi, Roly Serrano y Marcelo Subiotto. Escenografía: Alberto Negrín. Iluminación: D. Veronese y Sebastian Blutrach. Teatro San Martin.

Chejov escribía, según sus propias declaraciones, “comedias”, pero que se convertían en  profundos dramas al pasar por las manos del director. Aun así, sus piezas  no pararon de montarse asiduamente por compañías de todo el mundo hasta nuestros tiempos. Los conflictos que presenta  son humanos, universales y por ende contemporáneos.
     Hallar la sutilidad del humor,  evidenciar la ironía enclavada en el subtexto, la esencia de la aristocracia rusa, y conseguir plasmarlo ajustadamente en la puesta en escena, es una tarea ardua en la que muchos fracasan. Sin embrago Daniel Veronese, pope del teatro porteño, supera con destreza el desafío, haciéndolo por su supuesto, a su manera. El actor, dramaturgo y titiritero, que empezara su carrera allá por los noventa con sus originales montajes del Periférico de Objetos, se ha ido decantando por la dirección  de escena, natural y exitosamente. Suele tener varias obras simultáneamente en la cartelera de Buenos Aires y el público que acude a verlas sabe que son garantía de calidad. Presenta en esta ocasión en el Complejo Teatral San Martin Los hijos se han dormido. Luego de sus experiencias con versiones sobre Ibsen y Chejov, montajes que participaron de innumerables festivales internacionales, Veronese pone en escena una nueva y libre adaptación de La gaviota de Chejov.

¿Dónde radica su acierto?

     El director omite algunos personajes secundarios, retoca el diálogo, corta soliloquios y párrafos explicativos, pero la trama de la obra original es fácilmente reconocible, con todos sus conflictos. Amores equivocados, incomunicación, pérdidas, historias de personas que parecen deprimentes. El hallazgo sin embargo está en encontrar en estos personajes esa energía vital que a pesar de todo les permite seguir viviendo, y que se traduce en un ritmo ágil y entretenido que traiciona esa idea de atmósfera chejoviana en la que parece que no pasa nada. Veronese evidencia el subtexto de tal forma que las acciones internas de los personajes son vertiginosas, los arcos de los personajes ricos y llenos de matices, los caracteres estridentes. La incomunicación se desprende de esa hiperactividad de los personajes que deviene en un reflejo fiel de la sociedad contemporánea. Hemos de reconocer que el elenco que encarna a estos seres no puede ser mejor, y que el director exprime a cada uno de ellos, siempre apuntando hacia la verdad. La interpretación ahonda en las singularidades de cada personaje, pero el código es homogéneo. Se puede afirmar que ningún actor está mejor que otro y que todos están afinados en la armonía de la obra. No hay artificios ni adornos, no hay caprichos de director. La escenografía es un espacio único con dos puertas y una ventana hacia un lugar aludido, de donde los personajes entran y salen modificados. La iluminación y el vestuario, como en todas las obras de Veronese son sencillos y funcionales. La apuesta del montaje descansa en los actores, en su maravillosa interpretación, y en esa fina mirada de un director que apuesta al teatro por encima de todas las teorías dichas y redichas y que traiciona hasta al autor en pos de que el espectador no se duerma. Y es que, él mismo afirma que si Chejov viviera hoy modificaría el mismo sus textos y seguramente tiene razón.

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