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sábado, 23 de junio de 2012

Los niños bailaban






Materia Prima. De: La Tristura. Elenco: Ginebra Ferreira, Gonzalo Herrero, Siro Ouro y Candela Recio. 20, 21 y 22 de enero. Teatro Pradillo.


Amanecer: Ha pasado más de un lustro desde que empezaran a dar forma a su intensa voz personal. A buscar un camino propio dentro de un panorama teatral agitado. Itsaso Arana, Pablo Fidalgo, Violeta Gil y Celso Giménez: La Tristura. Pero no hagamos historias. Materia Prima, su último espectáculo, se estrenó en la primavera de dos mil once y se ha podido ver en el Teatro Pradillo durante este fin de semana. Un remake, interpretado por niños nacidos en el año dos mil uno, de Actos de Juventud, obra estrenada en Escena Contemporánea, dos mil diez. El texto, las acciones y la duración del espectáculo han sido adaptados a las nuevas circunstancias; aunque la obra no se presente claramente autónoma.
     Mediodía: Los textos decididamente poéticos y de imágenes elocuentes, constituyen una de las apuestas más firmes por la renovación dramatúrgica actual. Articulados en forma de poemas casi autónomos, se nos presentan en escena como un libro en tres dimensiones. La Tristura nos habla de la juventud, la herencia y el futuro desde una óptica personal y melancólica. Parten de lo real para adentrarse en lo misterioso del día a día. Esta rica experiencia personal se diluye en este montaje al no realizar el mismo trabajo con los nuevos intérpretes, que, en algunas ocasiones, los re-presentan.
     En Materia Prima, los textos dichos se alternan con los proyectados y los que aún se conservan del espectáculo anterior, a pesar de su belleza, no acaban de encajar en la voz de un niño. En cambio, en una segunda parte, los parlamentos creados desde una realidad más cercana a los intérpretes, adquieren una dimensión y un mundo propio más acorde con la propuesta; los niños fantasean con crear su compañía, y por tanto, van dando forma a su
propia voz. En ellos depositamos el futuro como un día se depositó en nosotros.
     Atardecer: En clara sintonía con eso que se ha venido a llamar teatro posdramático, la puesta en escena se articula a partir de acciones perfomáticas y cotidianas. El juego es una de las partes fundamentales de la propuesta: jugar al balón, una guerra de almohadas -una de las imágenes más bellas y crueles del montaje-, o embadurnarse con chocolate blanco y negro: una ficción solvente que en manos de los niños se convierte en algo muy real.
     El espacio se compone de una cama a la derecha del escenario y de varios elementos que serán activados por los actores, con una iluminación muy cuidada. Al final del espectáculo, se colocará una mesa donde se llevará a cabo un banquete de zumo y fresas con nata devoradas con avidez. Y es ahí, al abandonar los micrófonos, cuando se genera un código interpretativo nuevo como una manera eficaz y sugerente de solventar la proyección de la voz.
     Noche: Los actores, Ginebra Ferreira, Gonzalo Herrero, Siro Ouro y Candela Recio, dan un toque naif e inocente a la puesta en escena, realizando un interesante trabajo y vehiculizando el discurso de la misma. Sólo una niña puede decir la palabra alienígena sin que suene ridícula y crear con ella un mundo. El espacio sonoro está casi siempre presente, intercalado con algunas canciones de sobra conocidas, pero que apenas forman parte del imaginario infantil.
     El público, mayoritariamente adulto, se enfrenta en el trascurso de la obra con sus promesas no cumplidas, recordadas por el que tiene la certeza de que está creciendo. Al final aplaudió, mientras ellos, los pequeños, bailaban.

Irene Ochoa

El peso de los nombres



Hamlet versus MedeaDe:· María Velasco. Idea y dirección: · Diego Domínguez. Elenco: · Yayo Cáceres, · Nuria de Luna, · Richard Collins Moore, · Sol López, · Jorge Mayor, Paula Ruiz López, · Elena Lombao, · Sergio Milán. Escenografía: · Miguel Ruz.Iluminación: · Juanjo Llorens. Sala Valle Inclán. RESAD.

Si Shakespeare levantara la cabeza no pararía de querellarse por sus derechos de autor. Y es que bajo la etiqueta de teatro posdramático se han sucedido espectáculos que se acercan a textos y héroes clásicos desde las más diversas ópticas; versiones, reescrituras o llamadores de musas, como es el caso de Hamlet versus Medea escrita por la burgalesa María Velasco y llevada a  escena por Diego Domínguez.
El texto se articula a partir de largos monólogos cargados de ironía, ocurrencias pop y suaves píldoras de reivindicación política, por medio de los cuales se nos muestran la vida y los conflictos de estos dos héroes trágicos en la actualidad. A través de una visión personal y de escenas casi autónomas se narran las diferentes relaciones familiares: madre e hijo, hombre y mujer.
Diego Domínguez plantea un espacio sobrio, de colores neutros, donde adquieren importancia la cuidada iluminación y los juegos escenográficos: bajadas y subidas de telones, una  lámpara e, incluso, una lavadora de la que nacerá Hamlet. El aire de pastiche es reforzado por una puesta en escena que alterna registros como el clown y el musical.
Demasiadas palabras, lastradas por la actividad cotidiana: comer, fornicar o visitar el retrete, hacen que el público pierda el sentido del relato; además, el peso de los grandes nombres, una y otra vez revisitados, consigue que el espectáculo no alcance todo su vuelo y los personajes no se muestren claramente autónomos.
La interpretación actoral está marcada por un elenco desigual, no beneficiado por el uso de micrófonos, del que destacan Sol López en el papel de Gerturdis, madre del Príncipe Danés, y Richard Collins Moore que en un inicio muy prometedor recita los monólogos de Shakespeare como un spoken word. A veces ocurre que los personajes secundarios se convierten en protagonistas.
Hamlet versus Medea es una obra donde se reflejan las nuevas prácticas de la escena y que intenta no perder de vista el legado de teatral; aunque, en ocasiones, el mito y sus nombres pesan demasiado.

Irene Ochoa

El por qué de la crítica de teatros




Había una vez una vieja gorda que comía pipas a la puerta de su casa y toda la gente que pasaba por la acera, disimuladamente, se reía de ella; porque según decían, no servía para nada. Pero un día se quedó encajada en la silla y a partir de ese momento, caminaba con una silla plegable pegada a su trasero. Y la gente empezó a no ponerse la mano en la boca para mofarse de su aspecto.
Si iba a los toros, la vieja, llevaba su propio asiento y si iba al teatro, su butaca, y si hacía cola en la pescadería conseguía que no se la cansarán las piernas. Como siempre la veían sentada, sus vecinas creían que se pasaba el día entero tumbada a la bartola, cuchicheaban a sus espaldas y se metían con ella porque pensaban que era una inútil.
Un día, un hombre que acaba de llegar al pueblo, se ofreció a desencajarla, pero ella se negó con rotundidad. Nadie se atrevió a preguntarle por qué, porque quizá sería algo embarazoso y no querían que les avergonzase. Se inventaron que la vieja era mala y se pasaba el día conjurando en contra de ellos.
Más tarde, mientras esperaba su turno en los ultramarinos, un niño pelirrojo le preguntó; señora, ¿por qué no quiere levantarse?; y, rápidamente, su madre le llamó la atención y pidió dos latas de sardinas para la cena de la noche. Pero la señora, vieja y gorda y con una silla en su trasero, arrancó lentamente a reír y luego dijo; porque he aprendido. ¿Aprendido?, ¿aprendido, a qué?, dijo la mujer extrañada pagando las conservas, -más de tres perras gordas por cada una-. He aprendido a mirar, dijo la vieja, a preguntarme el porqué de las cosas, igual que su muchacho. ¿Y eso para qué sirve?, respondió el hijo impaciente. Y la vieja contestó: sirve para que los demás también comiencen a hacerse preguntas.
Y entonces la gente comenzó a preguntarse muchas cosas y volvieron al tendero loco y le obligaron a que comprase mejores castañas, no trajese las manzanas podridas de gusanos o bajase los precios del atún en aceite. Ahora, los vecinos del pueblo sabían qué les gustaba y sabían porqué les gustaba y apreciaban los pescados frescos, antes que las truchas de criadero, y nunca más se rieron de la vieja pelleja con una asiento pegado a su trasero, sino que se reunían en torno a ella para que les enseñase a mirar. Y la mujer, sin resquemor alguno, les enseñó. Y todos fueron muchos más felices y a partir de aquel instante aprendieron cosas nuevas cada día.

Irene Ochoa

viernes, 22 de junio de 2012

Tienen la última palabra



En la vida todo es verdad y todo mentira. De: Pedro Calderón de la Barca. Versión y dirección: Ernesto Caballero. Elenco: Carmen del Valle, Ramón Barea, Karina Garantivá, José Luis Esteban, Iñaki Rikarte, Jorge Machín, Paco Ochoa, Jorge Basanta, Jesús Barranco, Carles Moreu, Miranda Gas, Sandra Arpa, Diana Bernedo, Marta Aledo, Georgina de Yebra, Borja Luna, Paco Déniz. Teatro Clásico. Madrid. 

En la vida todo es verdad y todo mentira, obra con la que Calderón obsequió a Felipe IV en 1659, no importa otra realidad más que la creada en el escenario y, luego, si quiere, que el público establezca las analogías necesarias, que haberlas haylas. Ejemplos de buen y mal gobierno; es preferible indultar al culpable, que castigar al inocente, etcétera, etcétera. Como la época lo requería, también hay pequeñas píldoras de alabanzas al rey; nada importante.
    Imaginarán por el título que el tema es absolutamente barroco, no se equivocan; recordemos Lo fingido verdadero de Lope de Vega, por no ir más lejos, o La vida es sueño del propio Calderón; más que prima, hermana de este texto: comparten temas, imágenes y referencias. La dramaturgia del poeta no es fácil de seguir para el público neófito en estas lides, aunque, en general, y gracias a la versión, se puede seguir el argumento con relativa facilidad. ¿Es toda la vida una apariencia?
      La puesta en escena que firma Ernesto Caballero, nuevo director del Centro Dramático Nacional, fija su mirada acertadamente en el juego teatral, en la convención y en el mundo que se genera encima de las tablas. Crea diferentes universos para cada una de las jornadas, baste como ejemplo la segunda, cuando el escenario se transforma, con aires de aristocracia inglesa y juegos de polo, en un espacio onírico donde trascurre un año, en un solo día; ¿es todo esto posible? En teatro, por suerte, sí.
Como se componen los coros, como se cantan algunos de los parlamentos o como aparece la música en directo; son, en general, aciertos de la puesta en escena. No estamos tan de acuerdo con los abusados efectos sonoros, la proyección de determinados actores o el excesivo eclecticismo estético; pero no es algo que ensombrezca un buen texto, llevado a escena de forma notable.
     La metateatralidad: introducida en el prólogo, para el espectador menos atento, recorre toda la obra. Tampoco se deja de lado la comicidad; ejecutada con acierto por dos personajes paletos. Quizá lo menos reseñables sea el decir del verso, aunque en esto haya muchas escuelas, excesivamente prosificado y con diferencias notables entre actores. Destaca la interpretación de Ramón Barea e Iñaki Rikarte; por encima del resto.
     La escenografía, diseñada por José Luis Raymond, con guiños a la tramoya del siglo áureo, camina a favor de la lectura del texto de forma impecable: telones y puertas, además de pocos y sintetizados elementos. La iluminación ayuda a crear la atmósfera, junto a un vestuario muy teatral, de forma cuidada y sutil.
     El público aplaudió, aunque en la puerta se escuchasen cuchicheos a favor de todos los bandos: me gusta/no me gusta. Al final, el que salió ganando fue el teatro. ¿Tiene sentido seguir montando autores del Siglo de Oro español? Ustedes deciden si quieren olvidar la verdadera naturaleza del hecho escénico, desgraciadamente vapuleada por algunos de nuestros contemporáneos. Tienen la última palabra.

Irene Ochoa

Teatro en los camerinos



Un hueco. Creación: Aramburu/ Cano/ Gómez / Hener. Dirección: Pablo Osuna.Elenco: Jesús Gago, José Gómez, Alejandro Leonardo. Sala Kubik Fabrik. Madrid.

Durante la última década, el teatro argentino -al menos parte- ha tenido gran repercusión en el país con la piel de toro. Su éxito se debe a una mezcla de humor negro e irónico con dosis de extraña cotidianidad. En muchas ocasiones  la frescura de los textos nace de los juegos de improvisación. Lo que se origina encima del escenario se convierte en una excepción original y entretenida.
Un hueco, de creación argentina (Aramburu, Cano, Gómez, Hener), se suma a la lista de textos que ocurren en un espacio no convencional, la trastienda de un velatorio instalada en el polideportivo de una pequeña localidad. Tres amigos se reúnen en los vestuarios para dar el último adiós a Santiago, compañero de la infancia. Uno de ellos, emigrante en la gran ciudad, y al que hace tiempo que no ven; los otros dos, residentes en el pueblo que les vio nacer y sostienen el peso de una rutina asfixiante: trabajo, cervezas y juegos de ordenador. El texto cuenta con resortes dramáticos que hacen avanzar la acción, pero que no tiene desarrollo final; los reconocibles Macguffin de Hitchcock resultan ajenos al espectador de teatro, acostumbrado a sacar consecuencias de cualquier suceso.
Pablo Osuna, director del montaje español, traslada la acción a la península y convierte Kubik Fabrik -teatro donde hemos podido ver la obra- en capilla ardiente. El público, mientras espera para ocupar sus asientos, asiste a un ágape, ginebra y corona de muertos incluida. Más tarde, convertido en un voyeur de excelencia, se acomodará en sus butacas instaladas en los camerinos -espacio no convencional-. La escenografía y la iluminación no son realistas, son las reales. Sin efectos ni artificios. Los cacharros y achiperres propios del espacio convierten la puesta en escena en juego actoral, con el público en primera línea de fuego.
La interpretación es el pilar que sostiene el buen funcionamiento del montaje. Los tres jóvenes actores demuestran su valía y buen hacer encima del escenario. Unos movimientos más limpios, debido al reducido espacio, ayudarían a transmitir de forma más clara la emoción al público. Jesús Gago da vida al provinciano, reconvertido en madrileño, que no quiere enfrentarse con la realidad que dejó atrás. Alejandro Leonardo encarna al amigo ingenuo y José Gómez, interpretando a un mecánico de gran carga dramática, resuelve con talento los altibajos emocionales de su personaje.
Tiene la representación teatral más de un parecido razonable con una capilla ardiente y no es porque muchos se empeñen en darle puntilla -¡pobres ingenuos!-, sino por lo que ambos tienen de encuentro. El público aplaudió y disfrutó con la ceremonia. Dando fe, una vez más, de la vitalidad del teatro. Animalillo que respira con la misma fuerza de siempre.


Irene Ochoa

El otro teatro




Tres Años. De Chejov. Adaptación y dirección: Juan Pastor. Elenco: Raúl Fernández, María Pastor, José Maya, Alicia González, José Bustos. Vestuario: Teresa Valentín. Teatro Guindalera. Madrid


Los pequeños espacios intentan mantenerse a flote para no ser arrastrados por la crisis y, mientras tanto -bien aferrados al tronco del árbol del teatro-, hacen lo mejor que saben hacer. Baste como ejemplo el Teatro Guindalera. A pesar de seguir buscando nuevos cauces de financiación, en su sede de la Calle Martínez Izquierdo, se puede disfrutar de la interesante propuesta de Tres años, adaptación de la novela breve de Chéjov. ¡Y todo gracias a la fidelidad de su público!
El texto, una reflexión sobre las decisiones tomadas en el trascurso de la vida,  ha sido trasladado a la España de los años treinta; aunque sea ésta, una historia sin fronteras. Es difícil tomar un camino y nunca sabremos si el elegido es el correcto -si acaso existe-. No se desanimen. La libertad radica en las pequeñas decisiones. La pieza muestra un acertado equilibrio entre la comicidad y el drama con final abierto; enriqueciéndose con otras obras del autor ruso y la creación actoral.
        El adaptador y director del montaje, Juan Pastor, ha sabido dar forma al humor chejoviano sin convertirlo en una astracanada; simple y efectivo. La sencillez de la puesta en escena está sustentada en el juego escénico, la convención y la metateatralidad: todo eso que llaman teatro. El uso de herramientas como el distanciamiento subjetivo (los personajes se desdoblan en narradores) crean un ritmo ágil, con continuos guiños al patio de butacas y cargado de musicalidad: los personajes comparten réplicas, los silencios aparecen cuando deben e, incluso, se canta (¿conocen Al mundo le falta un tornillo de Gardel?)
Una tarima de madera define el espacio y los personajes esperan – a vista, sin trampa ni cartón- su turno para actuar. La escenografía está compuesta por muebles tapados con telas y descubiertos a su tiempo, un biombo, un piano y poco más. La iluminación acompaña a la fábula caracterizando el tiempo y el espacio. No hacen falta grandes parafernalias para disfrutar de un buen espectáculo. El peso de la puesta en escena recae en la interpretación, dando sentido al subtexto de Chéjov con acciones muy cuidadas: dar cuerda a un reloj, remover la taza de té o bailar con una sombrilla. Raúl Fernández, espléndido, rellena de pequeños matices al protagonista de la obra. María Pastor consigue trasladar emociones a partir de gestos nimios, pero tampoco se quedan atrás José Maya, ni Alicia González, ni José Bustos (encargado del piano).
El mundo escénico de Tres años se hace real delante de nuestros ojos. A lo largo de la hora y tres cuartos, el público rio y se emocionó cuando tocaba, cosa que agradeció enrojeciendo sus manos de tanto aplauso. Ya lo saben, ahora que la palabra crisis lo inunda todo, no se olviden del otro teatro. El teatro hecho por quien conoce el oficio, de pequeño formato y que es capaz de ponernos la piel de gallina.


Irene Ochoa

martes, 27 de marzo de 2012

Me gusta el teatro




Me gusta el teatro. Me gusta el teatro porque al teatro va mucha gente y a mi me gusta la gente, porque la gente da codazos y a la gente le huele el sobaco y se cuela en la taquilla y siempre intenta ir gratis y tose y come caramelos que hacen mucho ruido.
Me gusta el teatro porque en el teatro siempre hace mucho frío o mucho calor y nunca sabes dónde dejar la chaqueta, porque la gente se cuela en la fila del ropero y siempre faltan perchas. A mi me gusta el teatro aunque haya teatros que no tengan ropero.
Me gusta el teatro porque la gente habla mucho a la entrada y a la salida y se dan ramos de flores y yo siempre me quedo solo. Porque hay que aprender que no se puede ir solo al teatro; porque si vas solo, sentirás en tus carnes el verdadero sentido de la palabra soledad. A mi me gusta el teatro porque a los actores les aplauden mucho aunque lo hayan hecho muy mal y en los estrenos la gente se levanta y dice: ¡Bravo!
A mi me gusta el teatro porque me gusta que me duela el culo, el hueso del culo, y al estar sentado dos horas, me levanto y aplaudo. Aplaudo mucho. A mi me gusta el teatro porque me gusta aplaudir y porque a veces echan mucho humo y a mi me gusta toser porque soy asmático y siempre hay señores vestidos de negro fumando en la puerta.
Y me gusta el teatro porque nunca me invitan al teatro y porque no me invitan al teatro tengo que comer macarrones siete veces a la semana. Y a mi me gustan los macarrones. Aunque no me gustan los macarrones tanto como el teatro.
Y me gusta el teatro porque me gustan que me cuenten mentiras y me gusta creer en las mentiras. Me gusta porque hay gente que se cree importante por ir al teatro y a mi me gusta que la gente se crea importante, si ellos quieren sentirse importantes.
Y me gusta porque a la gente también le gusta el teatro, aunque no se note. Y me gusta porque el teatro siempre está en crisis y cuando hay crisis está en mucha más crisis, porque la gente del teatro siempre tiene que ser la más en algo.
Y me gusta el teatro porque el teatro es un capricho.
Y me gusta el teatro a pesar de todo esto.

Irene Ochoa

domingo, 25 de marzo de 2012

Manifiesto antiguo para un teatro nuevo. Día Internacional del Teatro, 2012.



El Teatro. El Mundillo del Teatro. Los teatreros. La farándula. Etcétera. Etcétera. Y llegan los cómicos, cargados de bártulos para actuar en provincias, y dicen que quieren tener un día, ¡un día! Descargan su roñosa furgoneta en la plaza del pueblo, ocupan con sus armatostes todos los bancos y braman: ¡El Día Internacional del Teatro! ¡Larga vida al Teatro! ¡Teatro, Teatro, Teatro! ¡Abrase visto!, igualito que si fuesen veteranos de guerra, ¿no les dará vergüenza? Después de esto, bien puedo caerme muerto, pues no hay ninguna cosa -por increíble que parezca- que me quede por ver. Y empiezan a poner tablones, sacan una tela roja y yo me pregunto: ¿no será mejor que venga un baile?, una verbena de esas de por la noche para agarrarse a las chavalitas y no esta panda de desarrapados. Incluso han traído un perro que merodea por aquí. Se me acerca uno y me pregunta que dónde hay un bar: en casa de la Remedios, pero no es para forasteros. Así que mejor me voy, por no aguantarlos, y ya esta noche regreso con un kilo de tomates bien maduros que se están pudriendo en el huerto.

-      ¡Paca! ¡Paca! Vamos a la plaza, ¡qué han venido los titiriteros!
-    Pero… ¿este año los vas a querer ir a ver? Mira que yo no quiero que me dejes en ridículo delante de la vecindad.
-    Que sí, mujer, que este año me voy a acercar; que se han pasado la tarde montando un estaribel que tiene hasta luces. Como cuando viene la feria.
-      ¿A dónde vas con ese canasto?
-      Un presente que les llevo, mujer. Venga. Tira. Que llegamos tarde.

Se ha reunido todo el pueblo. No entra ni el zumbido de una mosca. ¡Menuda convocatoria!, y la mujer me dice que me calle, que no la dejo escuchar. Ahora va y sale uno con una flauta ni sabrá… oye… oye que no lo hace nada mal. Y viene otro y… ¡ay!, qué historia más bonita, qué risa, qué personaje. Pues no parece que todo esto es igualito a lo que me pasa a mí. ¡Bravo! ¡Bravo!
-     
       ¡Qué bonito es el Teatro, Paca! ¡Qué bonito!
-      Pues yo te lo había dicho.

No uno. No uno, Paca. Sino todos los días. De pueblo en pueblo, trabajando, haciendo de reír. Estos si saben poner a la gente a gusto, aunque sea por una hora. Todos los vecinos juntos, atentos a todo eso que pasa allá arriba. Mejor que los veteranos de guerra. Y han venido hasta con un perro. ¡Bravo! ¡Bravo! ¡Qué bonito esto del Teatro, Paca! ¡Qué bonito!


Irene Ochoa

miércoles, 21 de marzo de 2012

El síndrome de relevo


De: Lucía Vilanova. Dirección: Salva Bolta. Escenografía: Paco Azorín. Vestuario: Ikerne Giménez. Iluminación: Luis Perdiguero. Diseño de sonido y música original: Luis Miguel Cobo. Vídeo: Emilio Valenzuela, Eduardo Moreno. Elenco: David Castillo, Carmen Conesa, Adolfo Fernández, Teresa Lozano, Macarena Sanz, Samuel Viyuela, Ileana Wilson. Teatro Valle-Inclán. Sala Francisco Nieva. Centro Dramático Nacional. Del 11 de noviembre al 23 de diciembre de 2011.

El Centro Dramático Nacional ha empezado a programar obras de dramaturgos españoles que realizan un riguroso y comprometido trabajo con el teatro. En esta temporada, la última programada por Gerardo Vera, podremos disfrutar de Roger Bernat, Guillen Clua o, como es el caso que nos ocupa, Lucía Vilanova, que se ha estrenado en el Teatro Nacional con Münchhausen, texto galardonado en el año 2007 con el Premio Assitej de teatro para la infancia y la juventud.
La obra nos cuenta la historia de Nick, niño que sufre el Síndrome de Münchaussen a lo largo de varios años. Su madre, interpretada por la actriz Carmen Conesa, le causa enfermedades para que permanezca bajo su atención. El texto se desarrolla con facilidad si se conocen algunos de los síntomas de la dolencia y se obvian las coletillas que repiten, una y otra vez, algunos de los personajes.
La puesta en escena que firma Salva Bolta adolece de algunos elementos superfluos como el abuso de los audiovisuales o el excesivo esteticismo, aunque se fija, acertadamente, en la interpretación actoral.
El espacio escénico del espectáculo es limpio, de colores neutros, y matizado en por ecléctico vestuario: vestido de los años cincuenta para la madre y caracterización gótica para la hermana de Nick, Sofía, interpretada con acierto por una espontánea y fresca Macarena Sanz. Samuel Viyuela pone la voz al hermano muerto de Nick, personaje con fuerza y poco explotado por la autora.  David Castillo, el Jonathan de la serie televisiva Aída, da movimiento al protagonista de forma sorprendente, a pesar de la dificultad del papel. Una espectacular abuela, interpretada por la interesante veterana de las tablas Teresa Lozano; la criada, personaje ágil y de escasa carga dramática, defendida por Ileana Wilson y el padre, Adolfo Fernández, bien interpretado a pesar de su escasa presencia, completan el reparto. Carmen Conesa, la madre, realiza una de las interpretaciones menos destacables de su amplia trayectoria.
La escenografía, en dos niveles, ideada por Paco Azorín resulta atractiva y aséptica: juegos de telones, una cama con dosel y muebles elegidos cuidadosamente, como la llamativa cuna con dos mecedoras que aparece abriendo la obra y encuentra su reflejo en otra reproducción corpórea colgada en el techo. Debido al escaso peso simbólico, uno se pregunta, sobre la necesidad de un presupuesto tan elevado en los montajes de esta institución pública.
Al final, el público aplaudió el buen hacer de la dramaturga asturiana, dando un toque a la nueva directiva del Centro Dramático Nacional para que mantenga esta vía abierta y programe autores contemporáneos españoles de forma menos prejuiciada.

Irene Ochoa

domingo, 4 de marzo de 2012

RAFAEL CANSINOS ASSENS. Biografía.




Rafael Cansinos Assens



Para visitar la cronología de Cansinos Assens, aquí.
Biografía: aquí, y allí. Poemas: acá.

RAFAEL CANSINOS ASSENS. "Un concepto de teatro"



"(...) estancamiento de nuestra escena en el naturalismo. Así para Rafael Cansinos Assens la cultura racional que ofrece el naturalismo llega a desnaturalizar el teatro de su carácter de mistificación y delirio orgiástico, infiíndiéndole cualidades racionales de verosimilitud, hasta convertir la obra escénica en libro:

"El teatro de la naturaleza, aunque parezca una reacción al origen instintivo, en realidad no es sino una rebelión contra lo falso de la escena, un conato racional y lógico. Pero cuando se intenta trasladar el teatro a la zona de la verdad, lo que se hace es negarlo y condenarlo. Porque la esencia del teatro es la ilusión. De esta suerte, el teatro se convierte en un género literario híbrido, que no tiene la belleza tranquila del libro ni la virtud dinámica y patética de los verdaderos espectáculos.""


Fragmento del artículo La crisis teatral de los años 20, de Mar Rebollo Calzada.

RAFAEL CANSINOS ASSENS. "La huelga de los poetas" (introducción y primeras páginas)

 -pincha en la imagen para acceder-

Fragmentos introducción:
"Las empresas periodísticas finiseculares tenían dos opciones de contratación: ofrecían a los trabajadores firmar sus colaboraciones y no percibir ningún ingreso, porque ya la firma era suficiente pago, o hacer trabajo de reportero y obtener un sueldo miserable. Cansinos sólo tuvo a su alcance la segunda opción, única posibilidad de salir de la vorágine bohemia en la que estaba entrando en ese periodo juvenil de su vida. Lo más habitual es que este tipo de escritor-periodista novel se adocenase en la mesas de redacción y  abandonase tarde o temprano el sueño literario. Pero no ocurrió con Cansinos, que reivindicó siempre su condición de poeta frente a la de periodista, simple medio de subsistencia para él, y que se convertiría en uno de los escritores más fecundos del periodo (...) La huelga de los poetas deja constancia del final de la relación de Cansinos con el periodismo, entonces como hoy arma de manipulación en manos de los poderosos, y muchas pistas de los motivos de su paulatino apartamiento de las tertulias y de la actividad literaria pública, de la que esperó un reconocimiento que nunca acababa de llegarle, cuando «debería
pesar algo más en la balanza del destino». Falleció en 1964, pero ya en 1918 había publicado su testamento literario, El divino fracaso, que Jorge Luis Borges resumió en 1925 como «la perfecta confesión de todo escritor» . Muchos años después, un Borges ya en la cumbre de su fama, dijo que «Cansinos comprendió que el fracaso es más rico que el éxito». Y, sin embargo, ahora parece que le ha llegado el momento de tener también su página en la Historia, con mayúscula, de la Literatura Española, después de muchísimos años en «ese paraíso encantado de los poetas muertos"

sábado, 3 de marzo de 2012

RAFAEL CANSINOS ASSENS. La libertad (ambiente teatro) / Una mujer sin importancia (derechos - O. Wilde)



RAFAEL CANSINOS ASSENS. Muerte de Valle-Inclán

RAFAEL CANSINOS ASSENS. El imán del teatro / Estrenos / Crítica




RAFAEL CANSINOS ASSENS. La Jolie Vampa / Olimpia d´Avigny


RAFAEL CANSINOS ASSENS. Su idea de teatro.







Fragmento del artículo de Dru Dougherty y María Francisca Vilches de Frutos: Carnaval y teatro: de Cansinos-Asséns a Valle-lnclán, pasando por el teatro comercial. El resto del artículo se puede leer aquí.

Resumen: 
 
El concepto de teatro de Cansinos iba contra la corriente aristotélica del momento que veía en el teatro una “escuela de costumbres”. Para Cansinos Assens tanto las ideas como la moralidad eran ajenas al teatro genuino: cuya esencia consiste en conmover a una masa, como en los antiguos ritos.  Como fenómeno orgiástico el teatro comparte rasgos en común con el carnaval: “son dos término afines, uno y otro se derivan (…) de una misma voluntad de exaltación (…) comunión de los sentimientos simpáticos que avivan la plenitud humana (…) anhelo de superar la realidad mediante la máscara elegida”.
Cansinos Assens pensaba que vivía los últimos momentos del teatro como “efusión simpática”, debido a que se extinguía por el influjo del teatro racionalista de Occidente.  Refugiado en los libros el teatro daba señales, no de vida, sino de extinción: “el teatro desaparecerá como desaparecieron los antiguos misterios y como está en vísperas de desvanecerse el carnaval”, por culpa de la razón crítica, “lo propio del espectáculo escénico es abolir esta facultad crítica, elevar el índice de los entusiasmos generosos y forzar el asentimiento unánime. Cuando la obra escénica no logra este fin, es porque se la ha desnaturalizado, se la ha equiparado al libro, se la ha convertido en una novela declamada”
Cansinos se refugia en el carnaval, al que considera de ímpetu “delirante y orgiástico” (carencias de la sociedad), “un gran teatro libre” que supone un ataque contra los instintos que reprime la sociedad española. “Esos hombres que se embadurnan con las heces del carnaval, son los clientes del teatro, sus adoradores y sostenes”, en cambio, sus enemigos, son aquellos partidarios del teatro de ideas o del teatro realista.
Cansinos,  apartándose de la crítica de su día, nombra al teatro como “un carnaval diminuto en que el hombre aprende a burlar las condiciones fatales de su existencia”. 
Tanto el carnaval como el teatro tienen una tendencia a "contrahacer la realidad" (nombrarla y crearla de nuevo)

RAFAEL CANSINOS ASSENS. Crítico militante

-pincha en la imagen para acceder al artículo de J. M. Martínez Cachero: Rafael Cansinos-Assens, crítico militante-


Fragmentos: 


"No fue Cansinos universitario (ni siquiera acabó el bachillerato), pero nunca se produjo a lo bohemio ignorante que se paga de su nulo saber;  «la bohemia -escribiría- es un estado aventurero y precario, propio para los falsos artistas que sólo aspiran a los júbilos materiales del triunfo. Pero el joven que tenga una seria intención, emancipada de la premura del tiempo, ignorante de lo que es triunfar, únicamente ávida de cumplirse aunque sea en el secreto, debe cimentar su porvenir sobre la ancha base de un trabajo honesto». Como gran trabajador, trabajador honesto y a su aire, se nos presenta Cansinos Assens."

"Pertenece Cansinos a la promoción de críticos literarios que sigue cronológicamente a la de «Clarín», Valera y doña Emilia Pardo Bazán; algunos de sus coetáneos compañeros de «sacerdocio» se llaman: Eduardo Gómez de Baquero, Andrés González Blanco, Julio Casares, Enrique Díez-Canedo, José Francés o el venezolano Rufino Blanco Fombona"

"Quedan así enfrentadas dos modalidades a la sazón existentes: la nueva y la vieja crítica, una que abre horizontes y otra que se complace en la seca literalidad de lo escrito. Tal las entiende Cansinos Assens, adherido fervorosamente a la primera de ellas, practicante de «la crítica literaria en la amplitud a que la han elevado los nuevos críticos modernistas, como criticismo más bien que como crítica, en el sentido de fructuosas peregrinaciones al través de los libros», y resuelto enemigo de la segunda, por entonces personificada en Julio Casares, en su escandalizadora Crítica profana -1916-: «Cuando la crítica se ha hecho interpretativa y lírica y rebuscadora de bellezas, viene Casares a resucitar el antiguo espíritu de negra intransigencia, el sectarismo gramatical de aquella antigua crítica que era una suerte de Santo Oficio para los escritores que, al crear belleza o pensamiento, tropezaban en la piedra de estorbo de la palabra. Nada más fácil que ejercer esa crítica de gerundios y galicismos».
     Indudablemente el Modernismo estimulaba la práctica de una crítica subjetivísima, basada en personales e instantáneas impresiones del crítico-lector para cuya formulación brindaba una cierta abundancia de expresiones y vocablos hasta la fecha no usados en ese menester. Había, desde luego, el riesgo de la vaguedad palabrera, el peligro de la digresión lírica lejos y fuera del volumen materia de comentario. Poco más tarde, Casares se defendería atacando del siguiente modo: «Al reclamar objetividad en la crítica, quiero decir que no me satisfacen esos lirismos floreados, esas fosforescencias subjetivas, esas vacías sonoridades verbales, cercanas muchas veces (dicho sea con perdón) al camelo vulgar, que obran como vapor de cloroformo sobre la inteligencia de los lectores y que, a beneficio de su vaguedad cautelosa, son aplicables a todos los libros y no son aplicables a ninguno. Prefiero la impugnación franca y concreta, que revela estudio de la obra y aprecio de autor, al más selecto ramillete de generalidades laudatorias»."

"Habida cuenta de la modalidad a que Cansinos se acoge teórica y prácticamente no debe extrañar su entendimiento del crítico como «un creador que discierne» como «un lírico que expresa sus emociones íntimas» (…) operando sobre la obra ajena, «extrae [de ella] una belleza nueva [...], alargando la línea de las intenciones, abriendo los cálices que el poeta de torpe vuelo [...] dejó cerrados, expresando en una voz franca lo que en la obra son infantiles balbuceos, confiriendo, en fin, a la creación artística su plena pubertad».No resulta, por tanto, la crítica un quehacer secundario, ni quien la ejerce es un peón de segunda fila en la república de las letras.
¿Qué normas presidirán la actuación de la persona voluntariamente metida a crítico? Aparte de las consabidas de afición, documentación y sensibilidad, Cansinos Assens enuncia las siguientes: «Debe hacer su examen de conciencia ante la belleza universal [...], insensible al elogio y a la censura, él, que censura y elogia. Debe revestirse de una incontaminada inviolabilidad [...]. Debe asumir la serenidad de los cánones [...]. Debe estar lejos de todos (…) temeroso de ser tachado de arbitrario e injusto, temeroso de ser ciego para la más pobre belleza, (…) conciliar su criterio absoluto con las realidades relativas, torturado como el poeta que busca la más difícil rima y no quiere defraudar su inspiración». (…) De todas las amarguras que puede sufrir un crítico, la más grande es este temor a no ser comprensivo; y de todos los reproches que puedan hacérsele, el más terrible es éste de no haber comprendido una obra de arte [...]. No haber comprendido una intención artística, no haber sido más perspicaz y fino."

"(…) ha recibido el libro titulado Los problemas de España, obra de don Javier Gómez de la Serna, y consciente de su obligación de crítico se justifica por anticipado declarando: «¿Qué podría decir yo de un libro grave y profundo como éste, sereno espejo para las ideas; yo, que sólo amo las formas bellas y engañosas? Por un esteticismo consciente y definitivo, ha ya tiempo que encontré la fórmula de mi antiintelectualismo y limité mi contemplación al aspecto bello y formal de las cosas. En un libro, como en un discurso, me interesa su aspecto literario, ornamental y extático. ¡Salve a la belleza serena y plácida, sin ideas, que fluye tan serenamente hacia el olvido, seguida de un cortejo de veladas imágenes!»."

"(...) [refiriéndose a la crítica de Cansinos] empleo de términos insólitos en el ámbito de la crítica; lo que se ganaba, a veces, en color y alegría era muy posible se perdiera, porque el procedimiento engendra viciosa hojarasca, en justeza y precisión [ver crítica a Unamuno] (...)
Párrafos largos, sin apenas punto y aparte, con andadura oratoria; y, también, divagaciones cuya relación con el tema entonces tratado resulta escasísima por no decir nula. A veces, ocupándose de novelas y novelistas, Cansinos Asséns «argumentiza» demasiado, quiero decir: alarga con manifiesto exceso la referencia al asunto de su obra, lo que casi nunca es necesario para un más cabal entendimiento de ella.Gusta nuestro crítico de relacionar entre sí autores contemporáneos, ya buscándoles parecidos de matiz, ya haciéndoles convivir en una misma tendencia o escuela; en la serie La nueva literatura quedan testimonios fehacientes de esta costumbre que exige a quien la practica fina percepción y no pequeño conocimiento, y pide a su lector requisitos por el estilo: «El crítico, como el poeta, procede por analogías, y el nombre de un escritor evocado a propósito de otro suele ser en sus labios una metáfora, como la del poeta que compara el cielo con el mar [...]. Por lo demás, hay también parangones impuestos por la época»."

"(…) un crítico que fue, ante todo, un literato pleno si por literato debemos entender el que vive la literatura. Merecía ser examinado en sus caídas y en sus excelencias; merece que se le tenga en cuenta a la hora de estudiar la crítica inmediata posterior a «Clarín»; no merece, desde luego, el olvido en que su nombre yace."




RAFAEL CANSINOS ASSENS. Artículos sobre Cansinos Assens

-pincha en la imagen para acceder al artículo de Luis Miguel Vicente García: La novela de un literato de Cansinos Assens: de la anécdota a la narrativa de colmena-

-pincha en la imagen para acceder al artículo de Jorge Schwartz: Cansinos Assens y Borges: ¿un vínculo (anti)vanguardista?-

-pincha en la imagen para acceder al artículo de Solange García-Moll: Visión y revisión de Rafael Cansinos-Assens en El movimiento V.P-

domingo, 29 de enero de 2012

MARIANO JOSÉ DE LARRA. Críticas.



El sí de las niñas de Leandro Fernández de Moratín



Larra comienza su texto igual que un artículo de reflexión social. Basándose en el argumento de la obra crítica ferozmente los vicios de la educación; aunque de forma velada: sus coetáneos han dejado esos vicios en el pasado. “Han desaparecido muchos de los vicios radicales de la educación (…) Rancias costumbres, hijas de una religión mal entendida (…) el espíritu opresor que ahogó en España (…) el vuelo de las ideas”. Crítica al gobierno, hablando de tiempo pasados, no pueden tener ideas diferentes a suyas (el lector es capaz de identificarlo con el tiempo actual). El estilo de Larra es claro, pero no por ello menos literario, utiliza largas frases subordinadas y sutiles metáforas que aclaran su análisis.
El primer párrafo, de extensión considerable -el texto se compone de tres-, le sirve como introducción y tesis. Establece una reflexión en torno a la sociedad de su tiempo y la herencia que arrastra: los abuelos no pudieron sentir, por lo que no dejan sentir a sus nietos. Alabanza a las nuevas generaciones en búsqueda de libertad. Esta reflexión le lleva a hablar de El sí de las niña. Al principio, el teatro es una simple excusa para la reflexión; luego, se convierte en el principal protagonista.
Alabanza a la obra: “gran composición”. La compara con otras composiciones de grandes autores, Moliere; El sí de las niñas es una composición de época, local, no como El avaro. Es la mejor obra de Moratín y le asegura la inmortalidad; es el punto más alto al que puede llegar el maestro. El sí de las niñas, para Larra, es una obra perfecta.
Crítica literaria: se centra en el texto y su estructura: toda la obra está contenida en el tercer acto. Engrandece al escritor a partir de la obra y su composición. Sigue recogiendo y desarrollando ideas apuntadas con anterioridad: diferencias entre Moratín y Molière: el español da más importancia a las situaciones de sus héroes, quizá sea por el carácter de la época en la que ha vivido. Nunca se separa de las circunstancias sociotemporales.
Cualquier comentario particular sobre la obra le permite establecer una conexión más general y de carácter sociopolitico, utiliza las virtudes de la representación para posicionarse políticamente. Comparte las ideas que Moratín desarrolla en El sí de las niñas, debido a su educación ilustrada -¡crítica amante!, (en nomenclatura de Ortega)-. Además, en determinados momentos, tiñe su cita con lúcidos aforismos: “en el mundo está el llanto siempre al lado de la risa”
En el último párrafo y medio, se centra en la escenificación, que ha sido digna de aplauso (no nos habla de la escenografía, ni de la figura del director: recordemos que es a finales del S.XIX cuando ésta empieza a cobrar real importancia). Fija su atención en la reacción del público: no solo ha llorado el bello sexo, “nosotros, los hombres, también hemos llorado”. Moratín transita, sabiamente, entre la comedia y el melodrama. Defiende el texto dramático, denostando las adaptaciones o versiones que lo pervierten: “felizmente la memoria no se puede prohibir”.
El último párrafo le utiliza para hablar de la interpretación actoral: crítica la declamación: “hubiese sido mejor si la señorita Pinto no hubiese chillado tanto”. Alaba la búsqueda de verosimilitud y, en general, la interpretación de todos los actores, aunque no permite que bajen la guardia: como ha comprobado que pueden ser buenos, hay que ser severos cuando no lo sean.

Julia de Eugène Scribe.






A pesar de firmar la traducción de la obra, bajo el seudónimo de Ramón Arriala, Larra señala la falta de innovación de esta obra: comedia correcta que sigue los parámetros dictados por la historia o la Academia.
Comienza su crítica con una reflexión general: “todo en la vida es fórmula”, una frase que le sirve para argumentar su texto. Pone las bases del mundo a partir del cual justificará su análisis. Utiliza la enumeración evocadora de imágenes, basadas en el mundo militar; estas imágenes apoyan, sutilmente y de forma sensorial, el inicio del artículo. Usa las frases interrogativas para generar tensión y crear la musicalidad interna del texto. Comparte con el lector su reflexión, invitándole a sacar sus propias conclusiones: “¿Qué es un abogado (…) Qué es un médico (…) Qué es la vida toda (…)?”
Desarrolla una frase general hasta llegar a la particularidad del mundo del teatro: en la aplicación de la fórmula de una comedia está el talento. Las novedades siempre son pequeñísimas. Al principio, la crítica se muestra más ambigua; según se desarrolla el texto el lector obtiene más pistas sobre el posicionamiento del crítico, aunque nunca de forma explícita: Julia es una obra que se adapta a la regla.
“Nada más parecido a un hombre que otro hombre, nada más semejante a un pueblo que otro pueblo (…) nada, en fin, más igual a una comedia que otra comedia”. La comedia está compuesta por personajes tipo, los mismos de otras. “Julia interesa cuanto interesa”.
Establece un decálogo sobre la escritura de una comedia “correcta”: “(…) si ha de haber viejos, ridículos y regañones (…) unas cuantas gracias de más o menos buen gusto (…) algún toquecillo de sensibilidad en la situación de la dama” ¿La comedia es buena, simplemente, porque es una comedia? El teatro debe buscar avanzar, reciclarse y mostrar el espíritu de su tiempo;  aunque esté bien hecho.
Desarrolla el argumento de Julia; compronando que se cumplen las reglas más canónicas, (anteriormente citadas). La crítica se argumenta en sí misma, en su propia realidad. Habla individualmente de los personajes. “Hay gracias delicadas y sensibilidad”. Su traducción se ajusta a las reglas (al contrario que en Siempre, también de Scribe, donde la traducción del propio Larra es de “mano maestra”); incluso el público y su aplauso se ajusta a las pautas marcadas. La representación: de fórmula, buena y mala.
Al final, Larra se vuelve más crítico. Acaba su texto con una anécdota madrileña, una fábula con moraleja, que da la clave sobre la impresión que le causo la puesta en escena: “No hacemos la comedia -dicen como el loco- porque no la hagas, no la temas”.
Un texto de apariencia tibia, que crítica la tibieza de la obra y de su representación.



Conseguir con el desprecio lo que no pudo el amor (refundición de El poder de la amistad y venganza sin castigo de Agustín Moreto)




Por su brevedad y excesiva descripción está crítica es la más contemporánea. El texto se compone de tres párrafos, cortos. En el primero desarrolla el argumento, la trama y relaciones de los personajes. El asunto de esta comedia se basa en otra: “Por lo demás, creemos que El desdén es muy superior a La venganza sin castigo”.
El segundo párrafo corresponde al segundo acto: un baile “lindamente compuesto y ejecutado”. Desliza un comentario crítico, alaba a dos de los intérpretes, y asegura que la comedia se ha puesto en escena con “gran esmero y bien servida de decoraciones”. “El público aplaudió como era de esperar”.
La obra ha pasado sin pena ni gloria por los escenarios madrileños, sentimiento reflejado en la crítica.

La familia del boticario de Félix Augusté Duvert y Víctor Varin


Utiliza frases interrogativas, al inicio de la crítica, para situar al lector. El primer párrafo se desarrollará, de aquí en adelante, como reflexión que atraviesa todo el texto: “¿(…) habíamos acabado de ver salidas y actores nuevos porque estamos a fines de mayo? ¿Cuándo acabaremos de conocer a nuestra gente (…)?”.
Para ejemplificar críticamente esta situación, se vale de una anécdota, de tono jocoso, que le ocurrió a cierto sujeto de Ubeda. El público alaba a los nuevos actores: “El publico es de la misma opinión y yo también; vayan saliendo actores sin cuidado, que conforme ellos vayan saliendo, nosotros los iremos alabando”. Alabar en el sentido de jactarse de acciones vergonzosas. Fina ironía.
Centra su texto en los actores, en el papel que han realizado las nuevas incorporaciones venidas de provincias y que no han sabido interpretar como se esperaba. Quizá estas actrices serían buenas para otros personajes: “(…) podrían ser una adquisición buena para el teatro si se las aplica a ciertos papeles (…) de tercer orden, que a veces, pueden ser interesantes”
En el penúltimo párrafo se centra en la representación, señalando la “divertida calva del señor boticario” que todo lo inundaba, haciendo un juego irónico y exagerado: satírico. No está de acuerdo con que los actores, como él había escrito con anterioridad, se cubran “ni aun la más pequeña porción de su fisonomía”. Le culpa, por no haberlo leído y taparse, igualmente; ridiculizando sus razones de peso.
En esta crítica fija su mirada en las nuevas caras de los actores, que no le han gustado, como elemento más reseñable. Apenas nos da datos sobre la representación o el texto. “Con respecto al Califa, nos contentaremos con decir que si nos ofrecieran una plaza de califa en Bagdad con la condición precisa de volverla a oír cantar, mejor querríamos quedarnos Fígaro para toda la vida”. “La señora Serrano hizo lo que pudo, pero fue una lástima que no pudiera hacer nada” Rescata a Alard.
La crítica se cierra en sí misma hablando de los actores. La obra no merece mayor atención.