sábado, 3 de marzo de 2012

La función de la crítica / La crítica de la función - Juan Ignacio García Garzón

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sábado, 25 de febrero de 2012

RAMÓN PÉREZ DE AYALA. "Ramón Pérez de Ayala en dos entrevistas de hacia 1920" José María Martínez Cachero




Pérez de Ayala empezó como crítico teatral comentando en la revista «Europa» (marzo de 1910) el drama Casandra, arreglo de la novela del mismo título debida a Benito Pérez Galdós. Su segunda crítica, cinco años después, apareció en el semanario «España» e iba dedicada al enjuiciamiento de El collar de estrellas, pieza original de Jacinto Benavente. Desde entonces y hasta el estreno de La honra de los hombres (2-V-1919) siguió Pérez de Ayala, atenta y rigurosamente, la actividad dramática de Jacinto Benavente, ocupándose en sus artículos así de las obras recientes, de; La ciudad alegre y confiada(1916), El mal que nos hacen (1917) o Los cachorros (1918)-, como de otras bastante anteriores -por ejemplo, La princesa Bebé (1904)-
     Da cuenta Ayala de la reacción favorable o desfavorable, del público; reconoce que Benavente, «escritor ilustre y popular», está dotado de «industrioso y habilísimo ingenio»; sitúa la producción benaventina en «una zona epicena, de transición, en donde el clima se muda arbitrariamente del calor al frío y del frío al calor, sin alcanzar nunca grandes extremos»; y considera que el talento de su autor se distingue por la elegancia -«cierta reducción de las proporciones y pulimento de las formas» - y por la versatilidad -variedad de especies dramáticas cultivadas-.
     Existían por entonces unánime asentimiento y exaltada estimación de los valores del teatro de Benavente; acaso el público y los críticos se vieran coaccionados en sus opiniones y reseñas por semejante estado de cosas. Respecto del primero se preguntaba Ayala: «¿No será quizás que el público, prevenido por la mucha nombradía del autor y temeroso de pasar plaza de ignorante, no se atreve a confesar que le fastidian un poco [las obras de Benavente]?»; en cuanto a los críticos, Ayala, uno de ellos, alude a «la coacción intelectual mediante la cual con gesto compulsivo se nos conmina a que aceptemos este teatro antiteatral como canon sumo de todos los teatros añejos, hodiernos y venturos». Prueba de ello pudieran ser ese insistente comunicante anónimo que hasta amenaza a Pérez de Ayala, o el colega que le aconseja públicamente abandone su tarea crítica.
     No existe animosidad alguna en Ayala respecto de Jacinto Benavente, y si ha salido a la palestra como voz discrepante tampoco lo ha hecho para darse a ver o señalarse distinto frente al coro unánime. Otras son, y más importantes, las miras de nuestro crítico, nunca negador absoluto y empecinado de los méritos benaventinos pues elogia Señora ama como «genuina obra dramática, de las del canon eterno» y no duda en proclamar algunas positivas (aunque para él, secundarias) cualidades de Benavente -«abundancia de verbo, elegancia de giro, riqueza de metáfora y agudeza finísima» en La ciudad alegre y confiada-, o en afirmar, un sí es no es burlonamente, que «todas ellas [las obras de Benavente] son más o menos hábiles, ingeniosas, amenas, profundas». Urge, sin embargo, hablar con claridad y exigencia.


     Decir, por ejemplo, que las dotes que posee el dramaturgo Jacinto Benavente y que fuera «obcecación o sandez» no reconocerle han sido y están siendo mal usadas ya que se ponen «al servicio de un concepto equivocado del arte dramático», concepto que lleva en la práctica a cultivar «una manera de teatro imitada de las categorías inferiores y más efímeras del teatro extranjero» ; un teatro (el de Benavente) que «no procede inmediatamente de la vida» , un teatro, por último, en el que «no hay situaciones dramáticas (...), no hay personas dramáticas, no hay caracteres.
     La no gratuita ni malévola impugnación ayalina del teatro benaventino debió de sonar como un fuerte mazazo dentro de un recinto estrecho y en conforme silencio; produjo sus más y sus menos de aceptación, complacencia e indignación. Y es que (piensa Ayala) «cuando la verdad desnuda sale por entero del pozo en donde por pudor está casi siempre escondida, se nos figura enorme, cuando no ridícula, y, a veces, hasta monstruosa». Se amplió así la nombradía de Ramón Pérez de Ayala, hasta entonces sostenida por sus versos y sus narraciones, de lo cual dan fe las entrevistas y entrevistadores asunto de este trabajo.


RAMÓN PÉREZ DE AYALA. Manifiesto dirigido a los intelectuales







Cuando la historia de un pueblo fluye dentro de su normalidad cotidiana, parece lícito que cada cual viva atento sólo a su oficio y entregado a su vocación. Pero cuando llegan tiempos de crisis profunda, en que, rota o caduca toda normalidad, van a decidirse los nuevos destinos nacionales, es obligatorio para todos salir de su profesión y ponerse sin reservas al servicio de la necesidad pública. Es tan notorio, tan evidente, hallarse hoy España en una situación extrema de esta índole, que estorbaría encarecerlo con procedimientos de inoportuna grandilocuencia. En los meses, casi diríamos en las semanas, que sobrevienen, tienen los españoles que tomar sobre sí, quieran o no, la responsabilidad de una de esas grandes decisiones colectivas en que los pueblos crean irrevocablemente su propio futuro. Esta convicción nos impulsa a dirigirnos hoy a nuestros conciudadanos, especialmente a los que se dedican a profesiones afines con las nuestras. No hemos sido nunca hombres políticos, pero nos hemos presentado en las filas de la contienda pública siempre que el tamaño del peligro lo hacía inexcusable. Ahora son superlativas la urgencia y la gravedad de la circunstancia. Esto, y no pretensión alguna de entender mejor que cualesquiera otros españoles los asuntos nacionales, nos mueve a iniciar con máxima actividad una amplia campaña política. Debieran ser personas mejor dotadas que nosotros para empresas de esta índole quienes iniciasen y dirigiesen la labor. Pero hemos esperado en vano su llamamiento, y como el caso no permite demora ni evasiva, nos vemos forzados a hacerlo nosotros, muy a sabiendas de nuestras limitaciones.
El Estado español tradicional llega ahora al grado postrero de su descomposición. No procede ésta de que encontrase frente a sí la hostilidad de fuerzas poderosas, sino que sucumbe corrompido por sus propios vicios sustantivos. La Monarquía de Sagunto no ha sabido convertirse en una institución nacionalizada, es decir, en un sistema de Poder público que se supeditase a las exigencias profundas de la nación y viviese solidarizado con ellas, sino que ha sido una asociación de grupos particulares, que vivió parasitariamente sobre el organismo español, usando del Poder público para la defensa de los intereses parciales que representaba. Nunca se ha sacrificado aceptando con generosidad las necesidades vitales de nuestro pueblo, sino que, por el contrario, ha impedido siempre su marcha natural por las rutas históricas, fomentando sus defectos inveterados y desalentando toda buena inspiración. De aquí que día por día se haya ido quedando sola la Monarquía y concluyese por mostrar a la intemperie su verdadero carácter, que no es el de un Estado nacional, sino el de un Poder público convertido fraudulentamente en parcialidad y en facción.
Nosotros creemos que ese viejo Estado tiene que ser sustituido por otro auténticamente nacional. Esta palabra «nacional» no es vana; antes bien, designa una manera de entender la vida pública, que lo acontecido en el mundo durante los últimos años de nuevo corrobora. Ensayos como el fascismo y el bolchevismo marcan la vía por donde los pueblos van a parar en callejones sin salida: por eso apenas nacidos padecen ya la falta de claras perspectivas. Se quiso en ambos olvidar que, hoy más que nunca, un pueblo es una gigantesca empresa histórica, la cual sólo puede llevarse a cabo o sostenerse mediante la entusiasta y libre colaboración de todos los ciudadanos unidos bajo una disciplina, más de espontáneo fervor que de rigor impuesto. La tarea enorme e inaplazable de remozamiento técnico, económico, social e intelectual que España tiene ante sí no se puede acometer si no se logra que cada español dé su máximo rendimiento vital. Pero esto no es posible si no se instaura un Estado que, por la amplitud de su base jurídica y administrativa, permita a todos los ciudadanos solidarizarse con él y participar en su alta gestión. Por eso creemos que la Monarquía de Sagunto ha de ser sustituida por una República que despierte en todos los españoles, a un tiempo, dinamismo y disciplina, llamándolos a la soberana empresa de resucitar la historia de España, renovando la vida peninsular en todas sus dimensiones, atrayendo todas las capacidades, imponiendo un orden de limpia y enérgica ley, dando a la Justicia plena transparencia, exigiendo mucho a cada ciudadano, trabajo, destreza, eficacia, formalidad y la resolución de levantar nuestro país hasta la plena altitud de los tiempos.
Pero es ilusorio imaginar que la Monarquía va a ceder galantemente el paso a un sistema de Poder público tan opuesto a sus malos usos, a sus privilegios y egoísmos. Sólo se rendirá ante una formidable presión de la opinión pública. Es, pues, urgentísimo organizar esa presión, haciendo que sobre el capricho monárquico pese con suma energía la voluntad republicana de nuestro pueblo. Esta es la labor ingente que el momento reclama. Nosotros nos ponemos a su servicio. No se trata de formar un partido político. No es razón de partir, sino de unificar. Nos proponemos suscitar una amplísima agrupación al servicio de la República, cuyos esfuerzos tenderán a lo siguiente:

1.: Movilizar a todos los españoles de oficio intelectual para que formen un copioso contingente de propagandistas y defensores de la República española. Llamaremos a todo el profesorado y Magisterio, a los escritores y artistas, a los médicos, a los ingenieros, arquitectos y técnicos de toda clase, a los abogados, notarios y demás hombres de ley. Muy especialmente necesitamos la colaboración de la juventud. Tratándose de decidir el futuro de España, es imprescindible la presencia activa y sincera de una generación en cuya sangre fermenta sustancia del porvenir. De corazón ampliaríamos a los sacerdotes y religiosos este llamamiento, que, a fuer de nacional, preferiría no excluir a nadie, pero nos cohíbe la presunción de que nuestras personas carecen de influjo suficiente sobre esas respetables clases sociales.
Como la agrupación al servicio de la República no va a modelarse un partido, sino a hacer una leva general de fuerzas que combatan a la Monarquía, no es inconveniente para alistarse en ella hallarse adscrito a los partidos o grupos que afirman la República, con los cuales procuraremos mantener contacto permanente.

2.: Con este organismo de avanzada bien disciplinado y extendido sobre toda España actuaremos apasionadamente sobre el resto del cuerpo nacional, exaltando la grande promesa histórica que es la República española y preparando su triunfo en unas elecciones constituyentes ejecutadas con las máximas garantías de pulcritud civil.

3.: Pero, al mismo tiempo, nuestra Agrupación irá organizando, desde la capital hasta la aldea y el caserío, la nueva vida pública de España en todos sus haces, a fin de lograr la sólida instauración y el ejemplar funcionamiento del nuevo Estado republicano.

Importa mucho que España cuente pronto con un Estado eficazmente constituido, que sea como una buena máquina en punto, porque, bajo las inquietudes políticas de estos años, late algo todavía más hondo y decisivo: el despertar de nuestro pueblo a una existencia más enérgica, su renaciente afán de hacerse respetar e intervenir en la historia del mundo. Se oye con frecuencia, más allá de nuestras fronteras, proclamar como el nuevo hecho de grandes proporciones que apunta en el horizonte y modificará el porvenir, el germinante resurgir ibérico a ambos lados del Atlántico. Nos alienta tan magnífico agüero, pero su realización supone que las almas españolas queden liberadas de la domesticidad y el envilecimiento en que las ha mantenido la Monarquía. Incapaz de altas empresas y de construir un orden que, a la vez, impere y dignifique. La República será el símbolo de que los españoles se han resuelto por fin a tomar briosamente un sus manos propias su propio e intransferible destino.


Gregorio Marañón, Ramón Pérez de Ayala y José Ortega y Gasset - El Sol, 10 de febrero de 1931

RAMÓN PÉREZ DE AYALA. "Contraste y perspectivismo en Ramón Pérez de Ayala" de Mariano Baquero Goyanes

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RAMÓN PÉREZ DE AYALA. Panteísmo asturiano.







¿Hay un alma española? ¿Hay una vida intelectual con caracteres propios, con unidad total y genérica sobre sus diferencias específicas? ¿Existe una suerte de grupo étnico, espiritual, neto, típico de España? Yo, enemigo de las afirmaciones rotundas y dogmáticas, no daré respuesta definitiva a tales preguntas, mas tengo para mí que no hay semejante persona psíquica española, y que esto de darle alma de una pieza a la nación, es tan aventurado como colgarle al Estado una religión positiva y única. Que las almas tienen misteriosas afinidades y parentesco, está fuera de duda; pero sus íntimos entronques, al igual del pueblo hebreo, extiéndense por el mundo todo, salvan fronteras internacionales, prescinden de políticas divisiones, que es puro convencionalismo. Para mí sería un dolor muy grande que hubiera alma española. No podría resignarme a disfrutar una parte alícuota de ese gran baldío comunal, que es el espíritu de muchas regiones.
Pueblo español, territorio español, lengua española, Nación y Estado españoles, por lo tanto; todo eso, sí. Pero alma española es imposible hallarla ni aun escudriñando lo que de semejante o parejo haya en las diferentes almas regionales. Cuando varias fuerzas oblicuas se encuentran, dan una resultante neutral; cuando chocan dos fuerzas iguales y opuestas, se anulan. Dejad que estas fuerzas parciales, desperdigadas acá y acullá, sigan su natural impulso y dirección peculiar; no tratéis de parangonarla, porque entrechocándose, se aniquilarían. Quizá el día de mañana, en virtud de inescrutables leyes históricas, se aunen en un haz de rayos que surjan de un foco con luz propia. Hasta entonces sólo es dado al observador sincero, concienzudo, desapasionado, comprobar la existencia de una gama psicológica colectiva, no de matices, sino de tonos enteros, definidos. Y no creo que se pase nadie de lince por distinguir colores diferentes dentro de los límites geográficos de nuestra España, ni peque de osado quien la divida en tres zonas: la roja, la amarilla, la verde. Tú, desconocido lector, ya sabes desde luego a qué parajes abarca cada uno de estos tres colores. Sabes que la España roja es la España meridional, la de los claveles regados con la sangre de los toros (Rubén Darío), la de los pañuelos de Manila, la del cante jondo y atavismos sangrientos, la de sangre mora {1. Es la que han visto Dumas, Theo y Amicis.}. Sabes que la España amarilla es la meseta central, la de pardas infinitudes áridas, la de eternos mares de espigas, la de adusta despotiquez, la de los místicos, la de los grandes capitanes, la del recio espíritu rancio. Sabes, por fin, que la España verde es la mía, la vertiente de las estribaciones pirenáicas que da al Cantábrico turbulento y rebelde. Pero sabes más. Sabes que arañando un poco en estos colores asoma el negro, porque hay otra España, la España negra vista por Emilio Verhaeren, ese alucinado flamenco. Mauricio Barrés ha escrito un libro en que se habla de nuestro país: se intitula De la sangre, de la voluptuosidad y de la muerte. Su autor ha visto el rojo, ha visto el negro, ha visto el amarillo y ha visto la voluptuosidad, cuyo color ignoro (y conste que he leído a Verlaine y Rimbaud). Mauricio Barrés no ha visto, en cambio, la España septentrional. Y mira por dónde, desconocido lector, yo, que abomino de las abstracciones doctrinales, he venido a caer en peligrosas generalizaciones. No des, por tanto, importancia mayor a mis palabras, y escúchame, si te place, a título de camarada que platica, no de maestro que dice.
Tu, mi querido lector (pues ya te profeso gran cariño si has sido capaz de leerme hasta aquí), has oído hablar de Taine. Yo, que le admiro casi tanto como Fray Candil, opino que en sus indagaciones críticas de carácter histórico, literario y sociológico, júntase la extraordinaria perspicacia observadora con un raro sentido filosófico y especulativo. Sólo él ha fundido en un todo completo y armónico el análisis minucioso con la síntesis total y sistemática. Su teoría de la faculté maitrene, de la raza, del momento, delmedio, de las dependencias y condiciones, depurada de exageraciones accidentales y de influencias momentáneas, ha quedado como método de investigación ineludible en trabajos de la índole de este mío. Bien quisiera hablarte, al tenor del alma asturiana, de todas esas cosas de raza, momento, &c., &c.; pero cualquiera se atreve en unas cuantas cuartillas. Altamira dice que somos libio-iberos, dolicocéfalos moderados, morenos, ortognatas y de cara ovalada. La brillante tarea de sacar deducciones de tan importantes noticias se la dejo a uno de esos señores sabios, pacientes y laboriosos. Yo sólo te hablaré del medio físico, y eso con grandes reservas, hijas de mi experiencia limitada.
Los asturianos dicen que Asturias es la Suiza de España. Yo, que sólo he visto a Suiza en estampas, me inhibo en este juicio, pero bien sabe Dios que Asturias me parece bella sobre toda ponderación. Cuanto la Naturaleza ha creado de abrupto y salvaje, de noble y prócer, de apacible y manso, de sugestivo y misterioso, encuéntrase allí repartido por mano pródiga y sabia. Hay picachos gigantes, de peña viva y formas quiméricas, que escalan el cielo como titanes, hienden las nubes con sus armas monolíticas y se pierden más allá del toldo gris del firmamento. Hay graves montañas azulinas, canas, con la nieve de muchos años, que cierran el horizonte, soñadoras en la lejanía. Hay valles deleitosos y virgilianos. Hay praderías de velludo verdor perenne, tendidas entre lindes de álamos, de robles, de nogales, entre sebes de zarzamoras, entre setos de laureles, entre bardales de madreselva. Hay ocultos regatos que runrunean decires incógnitos. Hay puras fontanas que vierten su chorro cristalino por una hoja de castaño. Hay bosques centenarios, de temerosas espesuras, llenos de recogimiento religioso, de leyenda, de encantamiento. Y hay fragancia, blanda música de esquila y melancólicos cantos campesinos, temblando a todas horas en el aire. Las casucas humildes asoman de un lado y otro entre la umbría, con su tono pardo de lino viejo, como vedija polvorienta de un gran rebaño esparcido, y a las veces el humo azuloso y diáfano sube hasta el cielo en derechura inflexible de transporte místico.
El panteísmo oriental, la aniquilación del hombre ante la naturaleza solemne, el budismo, el nirvana, explícase claramente por la influencia del medio físico. Del mismo modo la mitología escandinava, las religiones del Norte, pesimistas, dolorosas: leed a Carlyle, leed a Schopenhauer. Pues igual en Asturias. Es un medio ensoñador en que los seres todos se animan con espíritu propio, consciente y divino. En las noches encalmadas articúlanse los rumores vagos en lenguaje musical. Las nubes rojizas y amarillentas del crepúsculo se amontonan como aquel rebaño de vacas de los Vedas. Las castañas rugosas y viejas, de cráneo pelado y barbas de raíces, recuerdan a aquellos ancianos y patriarcas de los primitivos pobladores que cantaban himnos a la luz de la luna. Las vacas del país, casi siempre rojas o amarillas, de cornamenta amplia y grandes ubres, son resignadas y tristes, sesudas, pensadoras: Clarín nos ha hablado de la cordera, la vaca matrona, doctoral como una obra de Horacio. No creo pecar de hiperbólico, lector, si te afirmo que hay caballos asturianos, de alma asturiana, inconfundibles con sus semejantes; son los caballos de los curas de aldea, de los médicos de pueblo, animales llenos de apariencia, peludos, encanecidos, desengañados, que parecen sonreír amargamente con su belfo inferior caído bajo los dientes de color ocre. Y perros asturianos, famélicos y huesudos, como los perros del Señor en las encáusticas de Gadi y Memmi; esos perros de las alquerías, doctores en ciencias misteriosas, que tumbados bajo el hórreo ladran soñolientamente sin dignarse mirar al transeúnte, y por las noches aúllan venteando a la muerte. Por doquiera asoma un hondo sentimiento de pesimismo panteísta, romántico, opuesto a la clásica serenidad del mediodía.
Colocad a un hombre en ese medio, y tendréis al paisano de Asturias. Un detestable poeta del siglo XVIII, que figura en la colección de autores de Rivadeneyra, D. Francisco Gregorio de Salas, escribió:
El asturiano, cerdoso,
bajo, rechoncho y cuadrado,
forcejudo y mal formado,
es un mixto de hombre y oso;
su carácter es honrado,
hombre de bien, mas sin maña,
todo lo emprende con saña,
y son, según les inclina
su afecto a mozos de esquina,
las acémilas de España.

El sentido de esta ripiosa décima es uno de tantos lugares comunes del gran rebaño de las ideas-panurgo que corren de boca en boca sin haber trashumado por el cerebro. El individuo que en su adolescencia fue arrancado del terruño y trasplantado a diferente paraje, ¿puede ser un dato, un hecho, un indicio siquiera, para inquirir la psicología de su país natal? El campesino asturiano, el aldeano de Asturias, ni es cerdoso, ni rechoncho y cuadrado, ni está falto de maña, ni lo emprende todo con saña. El labriego de por allá es generalmente fornido y bien proporcionado de miembros, grave, meditabundo, tristón, con cierta amargura ingénita en su mocedad. Al llegar a viejos hácense maliciosos, socarrones, marrulleros, con un saco de picardías punzantes, nacidas como braza y maleza en el suelo fecundo de la tristeza regional. El Sancho Panza manchego reía con el vientre, entre regüeldo y regüeldo. Si hubiera un Sancho Panza del Norte, reiría con los ojos, aquellos ojos picaruelos y sagaces que supieron llorar la muerte de una res. Porque, por encima de todo, el labriego asturiano es panteísta, íntimamente religioso para con la madre tierra, es su esclavo, no con la servidumbre necesaria del siervo de la gleba, sino con el renunciamiento humano del amante a su querida. Ha escuchado las voces misteriosas que brotan del campo; ha sentido el cansancio de la vida cotidiana, y ha saciado la gran pesadumbre de su alma en esos cantos tan dulces, tan vagorosos, tan irónicos como los de Heine. Y de esta poderosa savia del viejo tronco asturiano, han nacido las más bellas floraciones del pensamiento artístico contemporáneo, y esos sabrosos frutos de exótico agridulce, que se dice humorismo. Han nacido Campoamor, Clarín, Palacio Valdés.
Ramón Pérez de Ayala

sábado, 4 de febrero de 2012